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    Las graves restricciones que afectan al derecho a la libre información y expresión en Chile se originan, fundamentalmente, por la combinación de dos factores. Uno de carácter estructural: la extrema concentración de la propiedad de los medios masivos de comunicación social en manos de sectores conservadores. Y otro de tipo actitudinal: el desarrollo de una feroz autocensura.

    Una de las cosas más nocivas de la autocensura vigente en nuestro país es la falta de conciencia que tenemos de ella. No la percibimos porque nos hemos ido acostumbrando a su silenciosa presencia. O, peor aún, la justificamos como un fenómeno de naturaleza económica y social. Si determinados temas, noticias u opiniones no aparecen en los medios –nos decimos- es porque no le interesan a la gente y, por tanto, al medio no le conviene económicamente publicarlos o exhibirlos.

    Así, los medios consuman su victoria política y cultural. No solo impiden que los temas, noticias u opiniones que afecten al modelo neoliberal vigente, sean percibidos y analizados; sino que, además, logran que el conjunto de la sociedad no se dé cuenta o justifique aquello.

    La autocensura se constituye, de este modo, en uno de los factores políticos cruciales para la preservación del modelo económico y social. De partida, los medios reiteran, implícita o explícitamente, que el nuestro es el único modelo posible en la actualidad y que es el que está vigente en todo el mundo globalizado. Poco importa que esto constituya una grotesca distorsión de la realidad. ¡Qué tiene que ver el modelo mercantil de salud, educación y previsión chileno; con los modelos públicos europeos o de muchos países latinoamericanos! ¡Qué tiene que ver el “plan laboral” chileno que restringe severamente los derechos a la sindicalización, negociación colectiva y huelga; con los de aquellos países! ¡Qué tiene que ver el Transantiago con los sistemas públicos de locomoción colectiva europeos que brindan una excelente calidad de vida a sus usuarios todos los días!

    La virtualmente “orwelliana” reiteración de aquello hace que la generalidad de nuestra población (¡incluyendo los intelectuales!) se suma en una completa resignación y sumisión política. Más aún cuando la generalidad de los medios presenta todos los meses un conjunto de indicadores (casi todos macroeconómicos y provenientes de instituciones o medios de comunicación internacionales conservadores) que “demuestran” el notable éxito del modelo económico chileno, comparado con el resto del mundo y, particularmente, con los demás países latinoamericanos.

    Para fortalecer el “pensamiento único” los medios de comunicación hegemónicos no solo omiten sistemáticamente determinados contenidos; sino que además se cuidan mucho que el material que presentan sea lo más anodino posible. Esto es, que desincentive una labor de análisis y síntesis del lector, auditor o telespectador. Para esto se presentan las noticias lo más fragmentadas posibles y sin contextualización histórica.

    Se entrevista a los titulares de los poderes públicos o fácticos, sin indagar sobre sus eventuales contradicciones actuales o históricas. Hasta en la priorización y secuencia de los temas y noticias –particularmente en televisión- se da una uniformidad abrumadora.

    Por otro lado, los escasísimos debates que se exhiben en radio y televisión se circunscriben –por lo general- a personeros políticos que están esencialmente de acuerdo en la mantención –con pequeños matices- del actual modelo económico neoliberal.

    Pero, sin duda, donde la autocensura llega a un grado extremo es en el medio más relevante para la conformación de la opinión pública: la televisión. En este medio se excluyen los reportajes a fondo y los debates entre partidarios y opositores al modelo, sobre los diversos temas que más podrían ponerlo en cuestión: Desigualdad en la distribución del ingreso; duración efectiva de la jornada de trabajo; salarios y condiciones laborales de los trabajadores temporeros; decadencia de las PYMES a favor de las grandes empresas; desigualdad en los sistemas de salud, educación y previsión; etc.

    En ella se excluyen también las voces de los dirigentes de los sectores populares: sindicatos, juntas de vecinos, centros de madres y juveniles, organizaciones indígenas, etc. Como asimismo, las opiniones de políticos, académicos e intelectuales que cuestionan el neoliberalismo vigente. De igual manera, los canales de televisión excluyen sistemáticamente de su programación la generalidad del cine chileno del exilio y los documentales con una mirada crítica de nuestra historia reciente.

    Por otro lado, los canales alienan a los telespectadores con programas de farándula; “reality-shows”; teleseries sin contexto histórico y sin conflictos sociales o políticos; matinales llenos de frivolidades; exceso de programas futbolísticos; etc. Todo esto se ve reforzado por un bombardeo publicitario donde lo que menos importa es informar realmente al consumidor; ya que está destinado e exacerbar el materialismo y el consumismo, disminuyendo todavía más cualquier noción de crítica y solidaridad social. Como una suerte de compensación espiritual, los canales acogen la promoción de instituciones de beneficencia, lo que culmina anualmente con la Teletón.

    La idea es contribuir a la formación de personas con cero espíritu crítico y plenamente adaptadas al sistema social vigente; y que canalicen sus energías exclusivamente a favor de sus intereses individuales; conservando, sí, alguna disposición caritativa por los menos favorecidos, que haga un poco más llevadera esta virtual ley de la selva en que se ha convertido la sociedad chilena.

    Felipe Portales

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