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    La producción de metanfetaminas en Birmania, país del sureste asiático, se ha multiplicado desde la década de los ’90, al punto que seha convertido en el principal productor de esta droga en el mundo. Se trata de una situación que afecta directamente a su población.

    La nación es la segunda en producción de opio, después de Afganistán, según la Oficina de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) contra la Droga y el Delito.

    Lidera la producción de metanfetaminas mundial, por delante de América Latina. Además, suministra a mercados lejanos como Australia y Japón.

    Combate al narcotráfico

    En el estado de Shan, al norte de Birmania, unas milicias civiles vinculadas a la Iglesia cristiana intentaron liderar la lucha contra la droga para suplir la inacción de las autoridades.

    Utilizan métodos polémicos, como saqueos de cultivos en una región donde se cultiva la adormidera, de donde se extrae el opio, que es la base de la heroína.

    “Hemos recibido amenazas. Simplemente se ha convertido en algo demasiado peligroso para nosotros”, explica el reverendo Zau Man, a la cabeza de la iglesia bautista de Kutkai.

    En las montañas del norte del país asiático se esconden unos laboratorios ultramodernos y una industria que genera miles de millones de euros por año. La principal razón es la ubicación: cerca de China e India, principales productores de materia prima.

    Además, la mayor parte de la droga, en particular el cristal (también conocido como vidrio, hielo o ice), la forma más pura de las metanfetaminas, parte hacia mercados lejanos.

    Conflicto armado

    Birmania arrastra desde su independencia, en 1948, conflictos armados con guerrillas de diversas minorías del país, cuya demanda principal es “una mayor autonomía”.

    Los grupos armados proporcionan la seguridad y la impunidad a los productores de drogas, según International Crisis Group (ICG).

    “El tráfico crea una política económica adversa a la paz y la seguridad. Genera beneficios para grupos armados de todo tipo. Grupos que controlan áreas de producción y rutas de tráfico no tienen incentivos para desmovilizarse”, señala el documento de ICG.

    Sostiene además que el negocio de la droga también reduce los incentivos del Ejército birmano para poner fin al conflicto armado del que se aprovechan milicias aliadas o bajo su control para realizar sus actividades ilícitas.

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