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    Siguiendo con nuestro especial que pretende analizar las dos décadas en que Chile fue gobernado por la Concertación de Partidos por la Democracia, presentamos a continuación un texto de Rosario Puga, en el que se evalúan las políticas hacia las mujeres llevadas a cabo durante este período.

    Revisar desde la luchas de las mujeres por sus derechos los 20 años de gobiernos de la Concertación no es fácil. La historia va desde la creación del Sernam, la primera institución para políticas de igualdad de género del estado chileno, hasta la elección de la primera jefa de estado.

    Nadie podría negar que las cosas han cambiado. Tampoco se puede obviar que todo el proceso está cruzado por la definición de una transición basada en la negociación con los poderes fácticos (militares y civiles) que dejó la dictadura. Y con la emergencia al interior del concertacionismo de grupos íntimamente ligados a los grupos económicos.

    También hay que mencionar el tremendo desequilibrio del poder mediático del período. Una derecha en control absoluto de los medios de comunicación ha sido determinante en el desarrollo del debate público. Además, hay que mirar como parte del proceso, el significado de la elección de un gobierno de derecha que, después de 52 años, llega al poder por las urnas.

    El rol de las mujeres y sus organizaciones en la lucha por la democracia fue clave. La demanda desde la resistencia al autoritarismo de democracia en el país y en la casa, reclamaba un cambio que hiciera posible una cultura de igualdad, basada en la politización de temas tradicionalmente considerados privados. De ese impulso vendría la lucha por el divorcio y la visibilización del problema de la violencia contra las mujeres. Pero nada hacia presagiar la profunda raigambre conservadora de nuestra clase política y las dificultades fueron más de las esperadas.

    Aunque la inclusión de los temas de género en el período democrático fue una difícil negociación con la izquierda y con los partidos que encabezaron la transición, para todos quedaba claro que cualquier discurso sobre la ciudadanía debía incluir la dimensión de género, porque la noción de lo político había cambiado.

    Al inicio de la normalización democrática, las mujeres asumieron la lucha contra la impunidad de los crímenes cometidos por la dictadura. Se trataba de una agenda negociada que no debía abrirse y que marcaría una fuerte crisis en la relación entre el mundo político y el social, que a la postre debilitaría la legitimidad de los primeros gobiernos de la Concertación y provocaría una progresiva indiferencia ciudadana sobre el valor de la democracia.

    En ese contexto, a mediados de los ’90, la demanda en torno a la cual se construiría el discurso de las políticas de género era la necesidad de disponer de las mujeres para integrarlas al mercado laboral con jornada completa. Eso exigía la modernidad neoliberal desde diferentes poderes económicos transnacionales, a la que los gobiernos de Frei y Lagos respondieron con el “reconocimiento” normativo del rol productivo de las mujeres. Un reconocimiento sin redistribución, ni de poder ni de recursos. Sin cuestionar la ideología familiarista promovida especialmente por los sectores más conservadores de la iglesia católica, que ejerce una fuerte presión sobre el rol de las mujeres en la familia, donde deben asumir funciones de crianza de los hijos, de salud, entorno educativo y la seguridad, entre otros.

    SE ELIMINAN TEMAS

    Progresivamente se clausura el debate sobre políticas de educación sexual y sobre derechos reproductivos. Se llega a afirmar que el rol de las mujeres en el mundo del trabajo y en la familia debe ser protegido con medidas de flexibilización laboral, que ponen a las mujeres a la cabeza del trabajo precario. Se trata de generar condiciones que les permitan cumplir roles productivos, reproductivos y de conservación de las estructuras nucleares de la sociedad. ¿No será mucho? Las mujeres de los sectores más marginados deben paliar la ausencia de servicios del estado, resultado de la reducción del gasto público en políticas sociales.

    En un momento se conquista la ley de divorcio, se impone la lucha por la anticoncepción de emergencia y se logra formular una política pública sobre violencia intrafamiliar, todos logros en el ámbito de la política pública.

    UN HITO FEMENINO: EL PODER POLÍTICO

    El año 2006 un 47 % las mujeres votan para que otra mujer sea presidenta. Por primera vez el voto femenino para un candidato de la Concertación supera el masculino. La señal está dada. La cuestión de género es una cuestión gravitante pero no es capital político del progresismo porque no le servirá para salvar un quinto gobierno.

    Está claro que en estos 20 años se hizo un hecho la incorporación de las mujeres en la vida pública y que la culminación de ese proceso ha sido la elección de Bachelet, pero ¿Ha sido la matriz de un cambio cultural más profundo?

    Entonces. ¿Ha habido cambios para las mujeres en estos 20 años? Sí, pero no se trata de promover la igualdad en la desigualdad. Hay que entender que las políticas de género promovidas especialmente en el último gobierno no han asumido la necesidad de cambios estructurales.

    Y, aunque la situación de las mujeres ha cambiado, no hay políticas ciudadanas que hayan convertido esas conquistas en cambios políticos profundos. Eso queda reflejado en los estándares de desigualdad con que se cierra el período de la Concertación.

    Los avances se han dado en medio de una colonización de mentalidades, que incorporaron la noción de mercado como principio de las relaciones sociales, en el que cualquier cambio es bueno. El resultado de la última elección presidencial es elocuente sobre la derechización del sentido común, donde han operado estos cambios. Esa ha sido la contradicción que ha cruzado la situación de las mujeres y de los actores sociales en las últimas dos décadas. La misma que ha impulsado la desafectación con la política que marca la mirada ciudadana a la democracia.

    Los problemas de las mujeres no son problemas individuales como la ideología dominante se ha empeñado en hacernos creer y como las ideologías más progresistas, tácitamente, han acordado con su silencio. Las relaciones de género y la política exigen ser revisadas y rearticuladas. Así que las luchas que vienen no se relacionan ni con Bachelet ni con Rosa de Luxemburgo para el 2014, tienen que ver con los imaginarios culturales asociados al poder.

    A la luz de los hechos, se avanzó menos de lo necesario y menos de lo que se podía, pero hubo cambios. Veinte años de Concertación: Ni tanto ni tan poco.

    Por Rosario Puga Moller

    La autora es Periodista, secretaria tesorera de la Corporación La Morada. Actualmente es coordinadora del proyecto RadioEscuela, realizado en conjunto con Oxfam Chile y Corporación La Morada.

    Fotografía: Marcha del 8 de Marzo 2010 en el Paseo Ahumada/Pía Sommer

    Vea la cobertura que hizo de la marcha del 8 de marzo de El Ciudadano TV

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