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    En el actual escenario, las capacidades de organización y de agenciamiento histórico del movimiento popular en Chile, más allá de los estándares que ofrezca el mercado, dependen casi exclusivamente de las propias capacidades de acción colectiva de los grupos populares. Se podrán buscar apoyos y aliados fuera del campo propio, pero éstos son débiles (por ejemplo las ONG’s, o los partidos políticos).



    La pregunta entonces es dónde están hoy día esas capacidades, o antes aún, quiénes están usando esas capacidades de acción colectiva y de cambio. Me parece que hoy por hoy son grupos diversos, con alcances también diversos. El más significativo, probablemente ha sido el movimiento mapuche, en nuevas lógicas de acción, y también relativamente circunscrito a la zona sur del país; los pobladores, pero no con la capacidad de acción y movilización de los años 80, sino que más dispersos en colectivos, redes, asociaciones juveniles y culturales, o en reivindicaciones específicas (los deudores habitacionales).
    Significativamente en los últimos dos años, comienzan a levantar cabeza, dos nuevos sectores: el de los jóvenes secundarios y el de los trabajadores subcontratados. Sus movilizaciones son de diversa naturaleza y alcance, pueden tomar forma masiva aunque sin continuidad en el tiempo (u operando con tiempos largos, los secundarios), o formas acotadas y radicales (la huelga de los forestales en la provincia de Arauco y la muerte el obrero Cisternas es expresiva a este respecto).
    El principal recurso del que pueden echar mano y echan mano los actuales movimientos es su propia experiencia de oposición y resistencia así como su propia memoria histórica de luchas y asociación.
    La memoria histórica en Chile se revela como un recurso fundamental de los nuevos movimientos sociales, en el sentido que la experiencia histórica reciente de los últimos 30 años es el principal capital social y simbólico de los movimientos y sus prácticas asociativas. Los mapuches lo saben y hablan a nombre de una historia de usurpaciones de tierras y derechos; los trabajadores lo saben en un país de largas tradiciones de luchas obreras; los pobladores lo saben porque ellos mismos construyeron los barrios pobres de las grandes ciudades del país; los estudiantes secundarios lo saben o lo intuyen porque perciben las diferencias y no ignoran los rendimientos de la vieja educación pública.
    Los movimientos sociales en el MERCOSUR,
    pistas para la integración

    La experiencia en el Programa MERCOSUR Social y Solidario indica que siendo estrictamente necesario favorecer la relación y el intercambio con los movimientos sociales y populares de los países vecinos, esta no es una tarea fácil. En efecto, la actividad de los movimientos sociales en los países vecinos ha sido extraordinariamente movilizadora para muchos chilenos. Nos miramos en ellos como en un espejo que quisiéramos nos retratara mejor. Disfrutamos y nos solidarizamos con el movimiento piquetero, sus cortes de rutas y sus asambleas; ponemos fundadas esperanzas en el movimiento indígena y campesino boliviano y ya quisiéramos vernos implicados en una “constituyente”; admiramos al Movimientos Sin Tierra (MST) brasileño en su capacidad no sólo para tomar tierras sino para construir nuevas relaciones sociales en el campo.
    Sin embargo, no basta, necesitamos dar un salto cualitativo, que va más allá de solidarizarnos con sus luchas y desearnos éxitos en nuestras tácticas y estrategias. Me parece que necesitamos dar un salto que implique algo así como “compartirnos” en términos de saberes y de horizontes políticos, con el objeto de articular plataformas de luchas compartidas. Pero, incluso más, con el objeto de ir configurando una nueva cultura política latinoamericana.
    E sto puede sonar a grande, incluso a grandilocuente, pero cuando se ha vivido más de una derrota, no queda más que sacar fuerza de flaquezas. Lo diré de otro modo, cuando en 1989 caía el muro de Berlín y declinaba la revolución sandinista, se cerraba un ciclo histórico y se abría un campo de interrogantes para las fuerzas progresistas latinoamericanas.
    Pero, la verdad completa, no sólo se cerraba un ciclo histórico –en el sentido de un saber político (la clase obrera, la alianza obrero campesina y el partido de vanguardia) y los socialismos. Sino que al mismo tiempo venían germinando nuevas formas de asociación y acción política, que se hicieron visibles en Chiapas, en enero de 1994, y aún antes, aunque con menos difusión y proyección, en Santiago del Entero, en diciembre de 1993.
    Lo que quiero decir, es que en América Latina, hace ya bastante tiempo, que han surgido nuevos actores sociales y políticos –que hemos denominado los nuevos movimientos sociales- que son portadores de nuevas prácticas y nuevos saberes. Y las Ciencias Sociales, como las militancias, vamos con bastante retraso procesando estas nuevas experiencias.
    Por otra parte, estos nuevos movimientos, estos nuevos saberes interrogan todas las formas tradicionales de la política (superestructurales, estatales, parlamentaristas, vanguardistas, hoy en día mediáticas) que como ha indicado Marcos, son formas que además, hoy dan cuenta de una profunda crisis de representación.
    Pues bien, junto con compartirnos en los saberes, requerimos también hacerlo en el campo político, en el sentido de las luchas que queremos compartir. En realidad, la integración latinoamericana, desde los movimientos sociales, no puede ser otra cosa que luchas y saberes compartidos.
    Compartir luchas puede ser practicado y leído de diversas formas, como un nuevo tipo de retórica, romántica, pero inviable, que se da mucho entre nosotros. Me parece que debiéramos ser capaces de compartir luchas bajo algún tipo de forma política. Ya hemos avanzado en esta línea, cuando participamos en foros latinoamericanos o se constituyen redes, pero tal vez es el tiempo de acuerdos programáticos o plataformas de luchas que queremos compartir en el ámbito global y regional.

    (Extracto de la ponencia “Balance de los Movimientos Sociales en el MERCOSUR. Pistas para los procesos de integración regional”, 5 y 6 de noviembre, Programa Mercosur Social y Solidario y Universidad Bolivariana).

    La ponencia completa la puedes leer en www.ongeco.cl/Noticias/noticia181.htmEn el actual escenario, las capacidades de organización y de agenciamiento histórico del movimiento popular en Chile, más allá de los estándares que ofrezca el mercado, dependen casi exclusivamente de las propias capacidades de acción colectiva de los grupos populares. Se podrán buscar apoyos y aliados fuera del campo propio, pero éstos son débiles (por ejemplo las ONG’s, o los partidos políticos).
    La pregunta entonces es dónde están hoy día esas capacidades, o antes aún, quiénes están usando esas capacidades de acción colectiva y de cambio. Me parece que hoy por hoy son grupos diversos, con alcances también diversos. El más significativo, probablemente ha sido el movimiento mapuche, en nuevas lógicas de acción, y también relativamente circunscrito a la zona sur del país; los pobladores, pero no con la capacidad de acción y movilización de los años 80, sino que más dispersos en colectivos, redes, asociaciones juveniles y culturales, o en reivindicaciones específicas (los deudores habitacionales).
    Significativamente en los últimos dos años, comienzan a levantar cabeza, dos nuevos sectores: el de los jóvenes secundarios y el de los trabajadores subcontratados. Sus movilizaciones son de diversa naturaleza y alcance, pueden tomar forma masiva aunque sin continuidad en el tiempo (u operando con tiempos largos, los secundarios), o formas acotadas y radicales (la huelga de los forestales en la provincia de Arauco y la muerte el obrero Cisternas es expresiva a este respecto).
    El principal recurso del que pueden echar mano y echan mano los actuales movimientos es su propia experiencia de oposición y resistencia así como su propia memoria histórica de luchas y asociación.
    La memoria histórica en Chile se revela como un recurso fundamental de los nuevos movimientos sociales, en el sentido que la experiencia histórica reciente de los últimos 30 años es el principal capital social y simbólico de los movimientos y sus prácticas asociativas. Los mapuches lo saben y hablan a nombre de una historia de usurpaciones de tierras y derechos; los trabajadores lo saben en un país de largas tradiciones de luchas obreras; los pobladores lo saben porque ellos mismos construyeron los barrios pobres de las grandes ciudades del país; los estudiantes secundarios lo saben o lo intuyen porque perciben las diferencias y no ignoran los rendimientos de la vieja educación pública.
    Los movimientos sociales en el MERCOSUR,
    pistas para la integración

    La experiencia en el Programa MERCOSUR Social y Solidario indica que siendo estrictamente necesario favorecer la relación y el intercambio con los movimientos sociales y populares de los países vecinos, esta no es una tarea fácil. En efecto, la actividad de los movimientos sociales en los países vecinos ha sido extraordinariamente movilizadora para muchos chilenos. Nos miramos en ellos como en un espejo que quisiéramos nos retratara mejor. Disfrutamos y nos solidarizamos con el movimiento piquetero, sus cortes de rutas y sus asambleas; ponemos fundadas esperanzas en el movimiento indígena y campesino boliviano y ya quisiéramos vernos implicados en una “constituyente”; admiramos al Movimientos Sin Tierra (MST) brasileño en su capacidad no sólo para tomar tierras sino para construir nuevas relaciones sociales en el campo.
    Sin embargo, no basta, necesitamos dar un salto cualitativo, que va más allá de solidarizarnos con sus luchas y desearnos éxitos en nuestras tácticas y estrategias. Me parece que necesitamos dar un salto que implique algo así como “compartirnos” en términos de saberes y de horizontes políticos, con el objeto de articular plataformas de luchas compartidas. Pero, incluso más, con el objeto de ir configurando una nueva cultura política latinoamericana.
    E sto puede sonar a grande, incluso a grandilocuente, pero cuando se ha vivido más de una derrota, no queda más que sacar fuerza de flaquezas. Lo diré de otro modo, cuando en 1989 caía el muro de Berlín y declinaba la revolución sandinista, se cerraba un ciclo histórico y se abría un campo de interrogantes para las fuerzas progresistas latinoamericanas.
    Pero, la verdad completa, no sólo se cerraba un ciclo histórico –en el sentido de un saber político (la clase obrera, la alianza obrero campesina y el partido de vanguardia) y los socialismos. Sino que al mismo tiempo venían germinando nuevas formas de asociación y acción política, que se hicieron visibles en Chiapas, en enero de 1994, y aún antes, aunque con menos difusión y proyección, en Santiago del Entero, en diciembre de 1993.
    Lo que quiero decir, es que en América Latina, hace ya bastante tiempo, que han surgido nuevos actores sociales y políticos –que hemos denominado los nuevos movimientos sociales- que son portadores de nuevas prácticas y nuevos saberes. Y las Ciencias Sociales, como las militancias, vamos con bastante retraso procesando estas nuevas experiencias.
    Por otra parte, estos nuevos movimientos, estos nuevos saberes interrogan todas las formas tradicionales de la política (superestructurales, estatales, parlamentaristas, vanguardistas, hoy en día mediáticas) que como ha indicado Marcos, son formas que además, hoy dan cuenta de una profunda crisis de representación.
    Pues bien, junto con compartirnos en los saberes, requerimos también hacerlo en el campo político, en el sentido de las luchas que queremos compartir. En realidad, la integración latinoamericana, desde los movimientos sociales, no puede ser otra cosa que luchas y saberes compartidos.
    Compartir luchas puede ser practicado y leído de diversas formas, como un nuevo tipo de retórica, romántica, pero inviable, que se da mucho entre nosotros. Me parece que debiéramos ser capaces de compartir luchas bajo algún tipo de forma política. Ya hemos avanzado en esta línea, cuando participamos en foros latinoamericanos o se constituyen redes, pero tal vez es el tiempo de acuerdos programáticos o plataformas de luchas que queremos compartir en el ámbito global y regional.

    (Extracto de la ponencia “Balance de los Movimientos Sociales en el MERCOSUR. Pistas para los procesos de integración regional”, 5 y 6 de noviembre, Programa Mercosur Social y Solidario y Universidad Bolivariana).

    La ponencia completa la puedes leer en www.ongeco.cl/Noticias/noticia181.htm

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