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    La simpleza de las palabras, de un niño de corta edad, pueden ilustrar mucho más que los titulares de los medios de comunicación o que las reflexiones críticas que hacen sesudos oradores y pensadores de Chile. Las permanentes noticias de disparos contra un comunero mapuche en el sur y las fotografías de otros lanzando piedras a Carabineros hicieron que un niño que conozco me dijera: “todavía se pelean por la tierra con los mapuches, pero si la guerra con los españoles terminó hace mucho tiempo”.

    Desde sus pocos años y en base a sus básicos conocimientos escolares, este niño ligó un par de ideas y construyó una visión que si bien mezcla dos momentos de la historia, no se aleja de la triste realidad de muchos habitantes del territorio. Ese simple proceso infantil nos permite ver también que hay muchas cosas siguen aún sin resolverse en el largo espacio que algunos nombran como Chile, y que si bien los actores son distintos, los problemas siguen siendo los mismos. Y que nuevos conflictos nos pueden acechar, tal como lo señala el texto de Luis Advis de la Cantata de la Escuela Santa María de Iquique: “Es Chile un país tan largo, mil cosas pueden pasar si es que no nos preparamos resueltos para luchar”.

    Otro ejemplo que va en la misma dirección lo viví hace una semanas atrás cuando les hice escuchar la canción de Violeta Parra, “Miren cómo sonríen”, a un par de conocidos. La canción, como deben sospechar, tienen su larga data y refleja la visión que la compositora tenía de lo que pasaba en Chile en los años cincuenta. Lo llamativo para los aludidos estuvo en que si uno toma frases textuales de la canción y las ubica hoy como un párrafo de una publicación no habría necesidad de adaptarla. Para muestra un verso de la composición: “Miren como sonríen los presidentes cuando le hacen promesas al inocente, miren como le ofrecen al sindicato este mundo y el otro los candidatos, miren como redoblan los juramentos, pero después del voto, doble tormento”. Por eso la expresión que he elegido como título de este texto “No me hace gracia este país”, no sólo es por la triste historia que arrastramos hace años, sino por el lamentable espectáculo de estos días del 2008. Es decir por lo doloroso que es habitar un territorio, que algunos llaman país, que no es capaz de mirar sus dificultades, que vive hipnotizado por las propuestas de “ídolos” que ofrecen los medios de comunicación (todos, por supuesto, ejemplos a seguir) y por el aletargamiento que le producen los calmantes que les inyectan los políticos y mentirosos de Chile.

    Y no sólo hipnotizados, sino que subyugados. No sólo subyugados, sino que idiotizados por el modelo. No sólo modelo económico, sino que modelo político. En ese juego insoportable que les ofrece la democracia, en esa rutina participativa de la votación, en ese esquema de mentiras y zanahorias que toleran tan ordenadamente. ¿Qué hacer? ¿Cómo enfrentar este inmovilismo? Difícil decirlo, pero quizás habría que pensar que aquellos que, por ejemplo, hicieron la Revolución Francesa eran hombres incrédulos, pero que les quedaba una creencia única y que hoy no se ve: creían en sí mismos. Hoy, en cambio, nuestra sociedad de individuos privatizados y creyentes absolutos en la democracia, enturbiados, adormecidos y aniquilados, con una capacidad colectiva muy baja, es difícil que se puedan cambiar las cosas. Que tenemos entonces: un nihilismo banal de absoluta pasividad y que debemos descubrir entonces, que cuando un puñado de personas tiene voluntad de cambios, no necesita representantes, se representan a sí mismos.

    Por Jordi Berenguer

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