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    El fenómeno de la globalización es, de hecho, “globocolonización”: la imposición del modelo de sociedad anglosajona a los países del mundo. Toda esa asimetría es agravada por el creciente desequilibrio ambiental y por la equivocada búsqueda de la paz a través de la imposición de las armas y no de la promoción de la justicia, como sugirió el profeta Isaías, ocho siglos antes de Cristo.
    Los desafíos que se presentan hoy a la humanidad pueden ser resumidos en 8 puntos:

    1) Reducción inmediata del hambre, de la pobreza y de la desigualdad social. Esas son las verdaderas “armas de destrucción masiva” que sacrifican, según la FAO, al menos 24 mil vidas por día. Entre los factores de muerte precoz, el hambre supera a las enfermedades (cáncer, SIDA, etc.); a los accidentes de tránsito y de trabajo; a la violencia (guerras, terrorismo, asesinatos). En tanto, el planeta produce alimentos suficientes para 11 mil millones de bocas. El problema, pues, no es el exceso de bocas ni la falta de alimentos, sino de justicia, sobre todo de la justa repartición de los bienes de la tierra y de los frutos del trabajo humano.

    2) Respeto a la soberanía y a la autodeterminación de los pueblos. Los organismos multilaterales deben evitar su manipulación por parte de las grandes potencias. Detrás de tratados supuestamente orientados al intercambio entre naciones, se esconden mecanismos crueles de neocolonialismo. Nadie es capaz de imaginar una base cubana en las costas de California, lo que ciertamente provocaría gran revuelo de los medios de comunicación. No obstante, hay una base estadounidense en las costas de Cuba -Guantánamo-, sin que eso cause la reacción indignada de los media internacionales. Una nación como Puerto Rico permanece, desde 1898, bajo tutela “americana”. Bases militares de EE.UU. se reparten por el mundo, en una flagrante ingerencia en la seguridad interna de los países huéspedes y sus vecinos.

    3) Fortalecimiento de la ciudadanía y de la democracia. El conjunto de la población tiene el derecho de organizarse por grupos de intereses, para defender y reivindicar sus derechos. La ciudadanía debe basarse en el pleno reconocimiento de la dignidad de cada ser humano, independientemente de su condición sexual, étnica, religiosa y social. Urge asegurar a todos alimentación, salud y educación; trabajo, cultura y ocio; vivienda y derecho a la felicidad.
    La democracia alcanzará su plenitud cuando equilibre libertad política con justicia social, de modo que todos tengan una renta suficiente que les garantice calidad de vida y plenas condiciones de desarrollo humano.

    4) Protección del medio ambiente. El planeta está en vísperas de agotar su potencial energético, hay una gran amenaza a su biodiversidad, las condiciones climáticas se alteran año a año. Sin un nuevo paradigma de relación entre el ser humano y la naturaleza, la progresiva degradación ambiental podrá aumentar los casos de enfermedades causadas por el desequilibrio ecológico, perjudicando las fuentes de producción de agua potable y de alimentación.

    5) Respeto al pluralismo religioso, a la diversidad de modelos políticos y fin de las discriminaciones sexuales y étnicas. La intolerancia religiosa podrá multiplicar las reacciones típicas de actitudes fundamentalistas. De ahí la importancia de favorecer el diálogo inter-religioso. Los modelos de organización política de nuestras sociedades deben respetar las idiosincrasias de cada pueblo. Los nuevos roles sexuales precisan ser encarados con respeto y las diferencias étnicas, entendidas como factor de enriquecimiento de la convivencia humana.

    6) Solidaridad entre las naciones. Somos todos pasajeros de esta nave espacial llamada planeta Tierra. Los recursos son limitados y deben ser distribuidos con justicia y utilizados con moderación. En tanto, es preciso erradicar la competencia, la opresión y el colonialismo, que tanto perjudican la convivencia entre las naciones. Cuanto antes es urgente fortalecer, en las nuevas generaciones, la conciencia de que somos una sola familia humana, y que la singularidad de cada pueblo no debe ser factor de prejuicio, discriminación, agresión o imposición de modelos extraños a su historia e índole.

    7) Superar la economía de la escasez, que afecta hoy a 2/3 de la humanidad, obligados a sobrevivir en condiciones sub-humanas, y la economía de la abundancia, que propicia a unos pocos países una apropiación indebida y exagerada de riquezas y recursos que, en principio, pertenecen al conjunto de la humanidad. La economía de la suficiencia debe asegurar a cada persona y a cada pueblo condiciones dignas de vida y plena realización de su potencial humano.

    8) Fortalecer la cultura que identifica la naturaleza sagrada de cada persona, su dignidad irreductible y su derecho inalienable a una vida feliz. Cada uno de nosotros es el centro del Universo, y el don de la vida es el valor supremo a ser preservado, perfeccionado y exaltado, evitando toda banalización de la existencia, así como los factores que contribuyen a amenazarla, desvalorizarla y destruirla. Seremos verdaderamente humanos cuando la felicidad sobrepase las condiciones materiales de vida y alcance su vocación hacia la trascendencia, elevando el espíritu humano a los vuelos de la infinitud, anticipados ya sea en el arte, en la mística religiosa y, sobretodo, en el amor.

    (Revista portuguesa “Fraternizar” Nº 161, edición de abril-junio 2006. Traducción: nelson rodríguez s.
    Nelson Rodríguez

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