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    La centralización y su antónimo, la anhelada descentralización política de nuestro Chile, representan en su conjunto uno de los temas más recurrentes de nuestro acontecer. La centralización histórica y los intentos descentralizadores y sus resultados han sido, son y con toda seguridad serán tema causal de constante discusión, análisis, critica y debate entre cada chileno y chilena distribuido (a) en este país “tricontinental”; esto al margen del ámbito de acción individual, pues sus alcances son notoriamente transversales.

    En este país tan diverso, desigual y complejo es normal encontrarse a menudo con voces que reclaman por el centralismo concentrado en Santiago de Chile y el consiguiente lugar secundario a nivel político de las restantes “provincias”[1]; estas últimas pidiendo casi desesperadamente un proceso descentralizador más “radical”. Dichos reclamos, lejos de ser voces sin fundamento, son una realidad comprobable. La Región Metropolitana, capital Santiago, concentra como primer indicador un significativo 41% de la población total del país. Ahora bien, si la variable a considerar es el Producto Interno Bruto (PIB), nos encontramos con una situación similar, pues la Región Metropolitana da cuenta del 43% de este indicador, mientras tanto las otras catorce regiones en su conjunto alcanzan un 57%. Ambas variables favorecen a la capital, a pesar de que su región representa tan solo el 3% del territorio y no produce, significativamente ningún producto, transable y no transable; sólo servicios.[2]

    Ahora bien, ¿Qué está sucediendo en las regiones? ¿Se repite en ellas el centralismo político nacional? La respuesta es SÍ. Lo que observamos día a día en nuestras regiones es una verdadera reproducción del centralismo nacional imperante, un verdadero mal que tiene su réplica a nivel Regional. Los personeros respectivos, llámese intendentes, gobernadores, alcaldes, cores, seremis, entre otros; pecan de ser centralistas en su accionar. Quizás esto está en los genes como lo plantea Jorge Múñoz Pérez[3]; quizás sea parte de una concepción incomprensible que los hace planear y planificar todo en torno a un centro en el que invierten los mayores esfuerzos, tiempos y recursos; quizás piensan que una buena manera de hacer políticas públicas es dirigiéndose a sitios donde se concentra el “grueso” de la población; quizás todo se encuentre condicionado (a) por los costos de transacción que hace más fácil tomar decisiones en el lugar central; quizás simplemente esto radica que como personas somos en esencia centralistas o por el mismo hecho de tener un “líder” para todo y que carecemos de colaboración y organización.

    Las anteriores, son en general posibles “excusas” al excesivo y hasta vergonzoso nivel de centralización del que son víctimas chilenos y chilenas alejados (as) de las “grandes” ciudades regionales (capitales). ¿Y qué sucede con la tan bullada descentralización política que estos mismos territorios solicitan? Lo cierto es que suena hasta frustrante señalar que es teoría que no se pone eficazmente en práctica. En este caso, es perfectamente aplicable el dicho “predicas pero no practicas”. Es cierto que, desde el Gobierno Militar y más adelante con el inicio del ciclo Concertacionista, se han venido sucediendo una serie de esfuerzos puntuales en pos de lograr la ansiada descentralización de Chile, no obstante, pese a los esfuerzos, lo que el ciudadano común – habitante de cada región – observa no es precisamente beneficios reales, sino que una cada vez más acentuada centralización liderada por Región Metropolitana.

    Nuestras regiones y sus Gobiernos se han transformado en verdaderas “sucursales” de la “casa matriz” ubicada en la capital. A esto es lo que se le denomina “desconcentración”, en el sentido que desde la casa central (Santiago) se relegan funciones a la periferia (regiones) pero con la siempre fiscalización, control y dependencia del centro. Lo anterior, justamente es abordado por Pablo Monje (2008), académico de la Universidad ARCIS, quién afirma que hacia el año 2008 solamente “tenemos una forma de desconcentración del poder administrativo del país, que se sustenta en una idea matriz del modelo neoliberal, como es el rol subsidiario del Estado.”[4].

    ¿Podremos crecer bajo este modelo? Los resultados indican que NO. “Para optimizar la apuesta por desarrollo y para entregar mayores garantías sociales, es imprescindible sumar y permitir a los más directamente implicados tomar decisiones y actuar en consecuencia. Esta es un concepto y comprensión de país que supera la visión desconfiada y rígida de una administración que se concentra en el poder de la capital.[5]

    Todo parece indicar que nuestras regiones están atrapadas en un círculo vicioso difícil de escapar, donde estas carecen de consecuencia a la hora de tomar decisiones. Me explico. Nuestras regiones día a día reclaman ante el exceso y abuso centralista Santiaguino, no obstante, a la hora de llevar a efecto sus políticas, reproducen esa metodología pero a nivel regional, y para ser más específicos, en las capitales de cada región; con lo que agudizan aún más el descontento de los territorios menos “poderosos”.

    Considerando esta situación, es que se hace imperiosa la necesidad de reajustar, reorientar y re – dinamizar nuestras políticas de descentralización. ¿A qué me refiero con esto? Simple. Necesitamos a la brevedad pasar de una descentralización que podríamos denominar como “primaria” o “básica” a una mucho más “avanzada, compleja e integral”. Lo anterior involucra variadas transformaciones, las que debiesen tener un denominador común, otorgar, dotar y atribuir mayor autonomía política a las regiones, para que su capital humano conocedor de la realidad local sea en complemento con los demás los encargados de forjar el destino, crecimiento y desarrollo regional.

    Las regiones de una vez por todas, sin perder nuestra característica de estado Unitario, debiesen ser consideradas desde el “mundo político” en base a la diversidad y/o heterogeneidad características en ellas. No puede ser que las decisiones sobre necesidades puntuales se estén considerando o descartando a miles de kilómetros de distancia, no se puede aceptar que personajes “X” declaren como inviable proyectos que para las realidades locales tienen un impacto extremadamente positivo, no es posible que producto del accionar burócrata muchas zonas sean marginadas aumentando con ello sus sentimientos de exclusión e independencia.

    Las afirmaciones prtesentadas, son entre muchas otras, reveladoras de una clara realidad, que tal vez puede sonar obvia, pero que como ciudadano habitante de una zona “afectada” por el centralismo me permito afirmar con absoluta seguridad tales aseveraciones.

    Por Cristian Cárdenas Aguilar

    Est. Magister en Economía y Gestión Regional UACH.


    [1] Término típico utilizado por los capitalinos hacia los territorios chilenos localizados fuera de las fronteras de suy región.

    [2] Bravo Galleguillos, Roberto (2008). Como revertimos la alta concentración. Diario Aysén.

    [3] http://www.atinachile.cl/content/view/105711/LA_GENETICA_CENTRALISTA_CHILENA.html

    [4] Monje Reyes, Pablo (2008). Descentralización en Chile y límites del modelo neoliberal. Lunes, septiembre de 2008. http://www.elclarin.cl/index.php?option=com_content&task=view&id=13321&Itemid=127

    [5] SUBDERE. http://www.subdere.gov.cl/1510/article-73207.html


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