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    La izquierda chilena derrotada por el golpe, desprestigiada a comienzos de los noventas y parte de ella excluida por el sistema político durante la transición, ha tenido en el último tiempo una notable mejoría electoral y necesaria unidad política. Esto, sumado a la convergencia política con sectores críticos de la Concertación y otros movimientos, significarán un gran avance en la reconstrucción de un proyecto político alternativo y a tono con los nuevos gobiernos populares de Latinoamérica.

    En el año 1989 no presentó candidato presidencial, omitiéndose a favor de Patricio Aylwin, ya que las circunstancias eran un poco más que difíciles. La campaña del terror en su contra —y de la Unidad Popular— realizada en los diecisiete años de dictadura y en la campaña del Sí, la división del Socialismo Chileno, las adversas condiciones internacionales con el neoliberalismo en auge y el fracaso de los socialismo reales, fueron algunos de los ingredientes que dejaron a la izquierda sin un proyecto viable y distintivo. Junto a esto, cabe destacar el programa progresista que asumieron las fuerzas del NO provocando su repliegue hacia la Concertación.

    En el año 1993 se presentaron tres candidatos “alternativos” que aspiraban a la presidencia, que disputaban —más o menos— el mismo “mercado” electoral, Manfred Max- Neef (Independiente), Eugenio Pizarro (Sacerdote y candidato PC) y Cristián Reitze (Alianza Verde Humanista). Todos buscaban representar el espacio de “descontentos” producto del gobierno “en la medida de lo posible”, en que la Concertación abandonó su programa de transformación y cambios. Por lo tanto, todos querían re- posicionarse como alternativas, buscando tópicos distintos al quiebre del Sí y el NO que representaban Concertación y Alianza, ya sea por el perfil del candidato PC o por las nuevas problemáticas que presentaban “verdes” y el modelo del desarrollo sustentable.

    En las elecciones de 1999 sucedió algo similar, postuló Gladys Marín (PC) y, con menor protagonismo, Tomas Hirsch (PH) y Sara Larraín (Ambientalista), sin embargo, juntos alcanzaron poco más del 4% de los votos. En esta elección es donde probablemente se inició la reconstrucción de una fuerza política de izquierda, ya que, por un lado, se criticaba al modelo capitalista y, en el caso de la candidata comunista, se re- editaba el programa inconcluso de la Unidad popular. Por el otro, el candidato Humanista, adoptó también una posición crítica al gobierno del a Concertación, de la cuál se había divorciado hace algún tiempo.

    En el año 2004, todas las fuerzas alternativas y de izquierda se aglutinaron en el pacto Juntos Podemos Más, en una sola lista parlamentaria y una única candidatura presidencial, liderada por Tomás Hirsch. Este gesto de unidad fue un gran paso en el proceso de convergencia de la izquierda tradicional, representada en el PC, junto a Humanistas, la Izquierda Cristiana, movimientos organizados, ambientalistas y sociales.

    Sin embargo, a pesar de este proceso de búsquedas y unidad, la izquierda estaba incompleta. El Partido Socialista, el que junto al PC fue el principal partido de la Unidad Popular, integraba la Concertación desde un comienzo, había apoyado a Aylwin y Frei, luego apoyaron a Ricardo Lagos y, lógicamente, a Michele Bachelet, miembro de sus filas.

    Hoy la concertación está en crisis, el autoritarismo avasallador de la camarilla de presidentes y vástagos de las directivas de los partidos provocó las escisiones liberales (CH1) y socialcristiana (PRI). La exclusión de sectores del socialismo chileno de las instancias de decisión, debido a la creciente crítica que vienen realizando desde hace algunos años.

    Estos mismos socialistas son los que, hace días, han firmado una provocadora declaración a veinte años del NO, en conjunto con varios destacados dirigentes de la izquierda extraparlamentaria, lo que podría ser el anuncio de la candidatura del socialista Jorge Arrate, con el apoyo comunista, pero con la oficialidad del socialismo apoyando a otro. Situación que no es nueva, como nos recuerda Luis Corvalán, ex secretario general del PC, que en las elecciones presidenciales de 1952 el Partido Socialista Popular —la facción mayoritaria, tras la división de esos años— pactó con el partido Agrario Laborista para llevar a Ibáñez como candidato, mientras que la facción menor, el Partido Socialista de Chile, apoyaba junto al Partido Comunista la primera candidatura de Salvador Allende.

    Este posible nuevo pacto pone a la izquierda en alza. Porque el padrón electoral chileno es una torta pequeña, de porte invariable, que en cada cumpleaños —ante la imposibilidad de que todos coman por igual— los invitados cuya porción es insuficiente para dejarlos satisfechos, la ceden en favor del más amigo. La izquierda —en este nuevo escenario— en las elecciones del próximo año podría aumentar el caudal de votos logrados en las elecciones anteriores, porque esta vez no hay un Frei imparable, un Lagos progresista, ni el efecto Bachelet.

    Las circunstancias globales son diferentes, afortunadamente favorables. En la política internacional, gobiernos populares y transformadores tiñen a Latinoamérica de esperanza; Venezuela, Ecuador y Bolivia los más emblemáticos. En lo económico, la crisis subprime ha devenido en una crítica a la vigencia del capitalismo como modelo de desarrollo y en la necesidad de uno más justo. La campaña del terror orquestada hasta hoy por la derecha no ha dado resultado, al ser elegido Salvador Allende como el más grande de los chilenos.

    Hace algunos años era posible augurar los buenos tiempos. La situación era tan mala, que no podría sino mejorar. Hoy las rencillas históricas, las legítimas diferencias políticas, ideológicas deben subsumirse —no subordinarse— a un proceso amplio de acumulación de fuerza política y electoral. Están las condiciones, hay que aprovecharlas.

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