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    Una vez más, nuestro país se enfrenta a una nueva campaña electoral, esta vez, para renovar concejales y alcaldes. Como siempre, las promesas se lanzan por doquier, encontrándose a la orden del día el ofrecimiento de las mismas cosas que ya se habían prometido en elecciones anteriores, pero que nunca se cumplieron. Un ritual demasiado repetitivo, algo así como encerrado en un círculo vicioso, al no lograr los respectivos procesos electorales transformarse en vehículos impulsores de los verdaderos cambios que necesita el país.

    Ya antes del inicio oficial de la campaña, el tartufismo político empezó a enseñorearse en los partidos políticos y en los miles de ciudadanos aspirantes a concejales y alcaldes (más de seis mil). En su búsqueda afanada de votos, algunos se disfrazan como amigos del pueblo, otros aseguran ser independientes o autónomos; y no faltan aquellos que afirman estar “utilizando al sistema” para, desde adentro, dar la lucha por los cambios que se necesitan. Dentro de esta gran fauna, pese a sus supuestas diferencias, coinciden en un punto común: juran y rejuran un gran amor a su ciudad y su gente, aunque algunos nunca vivieron en la comunidad que aspiran a representar.

    En la noche de inicio de la campaña, la parafernalia y el circo dieron para todos los gustos. Una fémina no encontró nada mejor que exhibirse en baby doll, en plena plaza pública. Quizás pensó que, si en Italia la Cicciolina tuvo éxito en su campaña parlamentaria, dejando sus pechos al descubierto, aquí en Chile con expediente parecido podría lograr resultado idéntico. Sin embargo, acá, un poco más de recato y pudor la hicieron cubrirse con una mínima y sugestiva prenda femenina para dejar que la imaginación hiciera el resto. A otro candidato, se le ocurrió mandarse una vigilia de 24 horas sin dormir, para dedicarse por completo a la gente de su querida comuna, que dicho sea de paso, de la noche a la mañana, dejó de ser “La Florida”, reemplazada ahora por la de “Santiago”; curiosidades del travestismo de la política chilena. Hubieron otros que prefirieron exhibir su poca agraciada humanidad en una cicletada, equilibrándose con dificultad sobre dos ruedas, acostumbrados quizás a las cuatro de sus lujosos coches. Los menos ocurrentes prefirieron seguir con sus “puerta a puerta”, toda una lata para aquellos ciudadanos que tienen la mala suerte de ser importunados por visitas cada vez menos deseadas. Por cierto, no faltaron aquellas presentaciones acompañadas de aquellas horribles batucadas que lo único que hacen es meter boche, y de ahí más nada. En fin, un pan y circo, un verdadero mosaico de puras imbecilidades.

    A decir verdad, la farandulización y banalización de la política, no es nada nuevo en Chile. Basta recordar lo que ocurrió en la elección pasada, cuando un candidato a concejal, que casi nadie conocía, no encontró nada mejor, que aparecer retratado en “cueros” en sus afiches. Y le dio resultado… ¡Salió elegido!… Claro, no por sus ideas, sino por sus “pelotas”.

    Otro dato curioso, es que casi ningún afiche señala el partido político al cual el candidato pertenece, seguramente concientes del desprestigio que ello le pueda causar para sus pretensiones de ser elegidos. Un trasfondo que deja al desnudo lo desprestigiados que se encuentran los partidos políticos; mejor ni mencionarlos, los pueden desfavorecer, jugarle una mala pasada a los candidatos. En fin, un suma y sigue de ejemplos de cómo se ha instalado el circo político en nuestro país, en donde por encontrarse las ideas ausentes, éstas son llenadas por eventos picantes y chabacanos, palmaria muestra del estado de banalización y degradación a que ha llegado la política chilena.

    Para no ser menos, el conductor de un programa de televisión, entusiasmado concluía que esta campaña electoral se había vuelto más creativa. Ante tan sesuda reflexión, me quedé ¡plop!, una opinión que de ningún modo me calza porque, para mi gusto, los ejemplos reseñados, más que ser creativos, responden a la forma más rasca e imbécil en que se puede hacer la política.

    Todo esto explica, de algún modo, el porqué hay cerca de tres millones y medio de chilenos que estando habilitados, no se han inscrito en los registros electorales, y varios cientos de miles que cada vez más no están ni ahí con la política, y otros varios cientos de miles más que votan en blanco o anulan su voto. De seguir así esta tendencia, sumando y sumando, los que no marcan ninguna preferencia en la papeleta de votos, pronto pasarán a constituir la mayoría absoluta del total de los potenciales votantes. Una cifra alarmante que deja por los suelos aquella pretendida imagen que se nos quiere encarnar, respecto de unas pretendidas bondades de la ejemplar democracia chilena.

    Ahora bien, la presente nota no tenía la intención de hablar sobre las banalidades de la política chilena, sino investigarla, analizarla y reflexionarla desde sus más recónditas profundidades. Estando en estos afanes, llegó a mis manos el ensayo “La democracia agoniza voto a voto”, de Enrique Lira Astorga, un autor que no conocía. Nada más leerlo concluí que no tenía nada más que escribir sobre el tema, porque allí se encontraba todo lo que yo tenía más o menos presupuestado escribir, aquello que ya se encontraba, en su línea más gruesa, alojado en mi cabeza.

    En efecto, en este ensayo, su autor, nos entrega un sólido y lúcido trabajo en donde investiga y reflexiona acerca del significado que tienen, en las actuales condiciones políticas, los temas que conforman la tríada “la democracia”, “las elecciones” y “el voto” . Y si bien, su sujeto temático es abordado al calor de la realidad política chilena, sus implicancias y derivaciones, por extensión, pueden ser reflexionadas también al calor de las realidades políticas del resto de los países de nuestra región.

    En mi opinión, la importancia de este ensayo resulta del todo evidente, más sobretodo, cuando en periodos electorales, los medios de comunicación, partidos políticos y candidatos y, aún, los mismos electores, opinan, y discuten sobre estos temas, por lo general, de una forma muy superficial, sin entrar a considerar, -y muchas veces sin sospechar-, el verdadero trasfondo que se esconde tras el significado de estos temas y eventos.

    Su autor pone el dedo en la llaga al investigarlos, reflexionarlos y analizarlos acuciosamente, dentro de una visión omniabarcadora que va desde lo general, hasta sus más menudos detalles. En efecto, desde sus profundidades les hace aflorar razones y causas del porqué, en las actuales condiciones y circunstancias, por una parte, la democracia ha perdido todo su significado valórico fundacional y, por otra, el sistema electoral se ha convertido en un verdadero corsé que impide reflejar, en su exacta dimensión, la verdadera y real pluralidad de pensamientos e ideologías, y peor aún, da cuenta de la nula democracia participativa, aquella que tome en cuenta al pueblo como agente activo y principal respecto de aquellas materias decisorias que directamente más le afectan.

    Mención aparte merecen sus reflexiones y conclusiones acerca de la importancia que, en las actuales condiciones políticas e institucionales, tiene el voto, la papeleta aquella en la cual depositamos nuestra creencia de que, bajo el sólo mérito de atravesarla con una raya vertical, estaríamos ejerciendo supuestos derechos de poder y soberanía, pretensiones las cuales son violentamente desmentidas por los hechos políticos, tal cual se suceden y acontecen posterior a los actos eleccionarios.

    En momentos que la mayoría de los ensayos se muestran demasiado acomodaticios con el stablishmen cultural imperante, remitiéndose a hacer referencia a lugares comunes, permitiéndose lanzar sólo tibias críticas, de modo de no perturbar la apacibilidad del estado democrático, aquel que se encuentra marcado a fuego por una Constitución de corte fascista, y con un Estado democrático represor que celosamente la cautela y resguarda, resulta mérito notable encontrarse con un ensayo como el que nos entrega Enrique Astorga haciéndole, de paso, un gran mérito a la propia naturaleza y esencia de su género literario.

    En efecto, todos hablan de la democracia e hinchan el pecho queriendo hacerse pasar por más demócrata que el otro. Sin embargo, parece que nadie se ha dado la molestia –como si lo hace Astorga Lira- para preguntarse, muy seriamente, que es verdaderamente aquello sobre lo que tanto se vanaglorian. Los políticos, por un lado, y los medios de comunicación, por otro, tratan de convencernos lo gratificante que resulta ser demócrata. Los primeros, hacen malabarismos con sus lenguas, y los segundos agotan su tinta para convencerlos del estado feliz en que supuestamente estaríamos viviendo bajo el estado democrático chileno. El autor, en este punto, rompe lanzas y arremete para desmitificar todos estos supuestos, los que majaderamente se han intentado socializar en nuestros imaginarios como si fueran verdades ciertas..

    Sin decirlo directamente el autor, fluye de su libro las siguientes preguntas ¿Se puede ser demócrata en Chile bajo las condiciones políticas, institucionales y electorales que nos rigen?… ¿Qué real significado tiene en Chile hacer una raya vertical en el papel que llaman voto? En mi opinión, entre otras, son estas preguntas a través de las cuales el autor deriva las materias centrales de su libro. Para ello, investiga, critica, analiza y reflexiona, no para llenarnos de una falsa e idílica retórica, sino al contrario, para darnos a conocer derechamente sus muy acertadas opiniones, y mejor aún, sus razonadas conclusiones.

    Por Hernán Montecinos

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