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    La tensión desatada entre Arabia Saudí e Irán a causa de la ejecución del clérigo chií Nimr Baqr Al Nimr agudiza una división entre los países musulmanes identificados con las dos principales facciones religiosas del islam. Una ruptura que influirá en los conflictos abiertos en la región del Medio Oriente y en el juego geoestratégico internacional.

    Lo explica, en esta entrevista para El Ciudadano, el analista internacional y experto en Medio Oriente, Renato Vélez.

    iran

    FOTO: Reuters

    El quiebre diplomático se produjo entre dos países que se identifican con dos grandes facciones del islam. ¿Hasta qué punto esta decapitación y la ruptura entre Riad y Teherán se pueden entender como un conflicto religioso?

    No se trata de un conflicto religioso. En mayor medida, es un conflicto político y tiene sus orígenes no entre el conflicto entre suníes y chiíes, que es una cuestión mucho más antigua, sino que es un tema mucho más concreto. Hasta 1979 había tres países no árabes que mantenían una relación privilegiada con Estados Unidos: Israel, Turquía y el Irán de la dictadura del sha. En 1979, con la revolución iraní, se produjo el alza del precio del crudo que desencadenó la segunda crisis del petróleo. En ese minuto, el país persa se posicionó como una potencia contra-hegemónica en la región. Ahí se produjo un cambio: Irán pasó de mantener un alineamiento con Estados Unidos a oponérsele, y se erigió como una potencia regional que le disputa espacios a otras potencias.

    A raíz de la crisis del petróleo, los países productores de crudo cobraron más protagonismo y fue en ese contexto que Arabia Saudí emergió como el otro polo importante en la región. Es un país que ya desde que se creó, en los años 30, había tenido una relación privilegiada con Estados Unidos porque toda su infraestructura petrolera fue construida por los norteamericanos y la empresa Arabian American Oil Company (Aramco), propiedad de Standard Oil Company.

    A nivel interno, por un lado, Arabia Saudí se identifica con el islam wahabita, que es la rama más ultraconservadora del islam sunita; por otro lado, está Irán con la chiíta. Cada uno trata de ejercer su influencia en la región usando el elemento religioso. Sin embargo, no es una pugna religiosa, sino claramente política y de influencias estratégicas.

    ¿Qué puede suponer para los conflictos que están abiertos o latentes en la región del Medio Oriente esta ruptura entre los dos países?

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    Eso es una manifestación diplomática de un quiebre que ya existe a nivel político. En Siria, Irán junto con Hezbollah y Rusia, apoyan al gobierno de Bashar Al Assad, por un lado; y por el otro, Arabia Saudí junto con Catar y Turquía apoyan a los rebeldes sirios. Además, Riad apoya al Frente Islámico, una coalición de grupos wahabitas o cercanos al islam wahabita que la prensa occidental presenta como rebeldes moderados. Por ejemplo, hay uno de estos grupos el denominado Ejército Islámico, cuyo líder fue asesinado hace poco por las fuerzas aéreas rusas y que antes de eso había hecho un llamado a eliminar a los alauitas y a los cristianos.

    Además, no se puede obviar que Arabia Saudí, junto con Catar, también dan apoyo, aunque más soterrado, a Estado Islámico a través de individuos poderosos de ambos países que entregan importantes sumas de dinero o armas al EI.

    En Yemen también hay disputa entre Riad y sus aliados y las facciones de los hutíes, un movimiento del islam chií que sostiene prácticas diferentes respecto los chiíes iraníes. Aquí el conflicto pasa por el miedo de Arabia Saudita a perder el control del Yemen.

    ¿Y en Irak y Líbano?

    En el caso de Iraq el interés de Arabia Saudí es de patrocinar a las milicias y tribus suníes. Por su parte, Irán patrocina y apoya al gobierno iraquí para que se aleje de Estados Unidos y Riad. Sobre el terreno, apoya a las milicias de la Unidad de Movilización Popular, compuestas por organizaciones básicamente chiitas pero aunque también incluye milicias cristianas y algunas sunitas.

    En el Líbano ya llevan más de un año sin presidente y necesitan una figura de consenso porque el país está dividido en dos: el bloque liderado por Hezbollah y el grupo cristiano Movimiento Patriótico Libre, que son pro-Irán y pro-Siria; y por otro lado, hay el grupo pro-saudita, liderado por el clan Hariri, que proviene del exministro Rafiq Hariri, asesinado en 2004, y que hoy continúa con su hijo Saad Hariri.

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    Bahrein, Sudan y Kuwait siguieron los pasos de Arabia Saudí y también rompieron sus relaciones con Irán. ¿Podrían sumarse más países a ese quiebre? ¿Qué implica a nivel regional ese quiebre?

    Sí, se sumó también Yibuti y los Emiratos, que trataron de limitar al mínimo el personal diplomático de Irán en su país. Sin embargo, esto no va a implicar una tensión más profunda de la que ya existe hoy día.

    Hace un par de semanas hubo una conferencia en Arabia Saudí donde se anunció la formación de una coalición de unos 40 países para supuestamente combatir el terrorismo de Estado Islámico. Sin embargo, muchos de estos países que forman parte de la coalición no tienen mucho peso en el ámbito internacional y regional. Por ejemplo, Yibuti es un país muy chico o Somalia,  un estado fallido. Da la impresión de que existe un consenso entre estos países –y eso es lo que pretende Arabia Saudita–, pero en realidad no es tal.

    Durante el 2015, en el reino de los Saúd se ejecutaron a 158 personas. La ejecución de los 47 del pasado fin de semana se argumentó con una acusación de terrorismo. El corresponsal en Oriente Medio para The Independent, Robert Fisk, comparó las ejecuciones que practica Arabia Saudí con las practicas de EI. ¿Cuál es su mirada sobre eso?

    Hay una afinidad ideológica entre Estado Islámico y Arabia Saudí, más allá del financiamiento que el EI recibe de Riad. Un artículo publicado por David D. Kirkpatrick en el New York Times en 2014 explica que el tipo de islam que el Estado Islámico difunde en sus territorios es justamente el wahabí o es muy cercano a la interpretación wahabita. Además de otras similitudes como que ambos ocupan textos elaborados en Arabia Saudita, tienen una policía religiosa, y practican las decapitaciones y la torturas, entre otras cosas.

    Estados Unidos no rechazó la decapitación y se limitó a señalar que “siempre debe garantizarse y permitirse la expresión pacífica de opiniones divergentes”. Tampoco desde Europa se mojaron demasiado. En cambio sí que desde Occidente muestran gran interés y preocupación para combatir las prácticas de Estado Islámico.

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    La política exterior de Estados Unidos y de Europa siempre ha sido muy hipócrita. Ni siquiera hay que mirar tan lejos para constatar eso. Acá, en América Latina, en la época de Nixon, se suponía que estaban promoviendo la democracia y sin embargo defendían dictaduras como la de Pinochet o la de Videla. En el caso que nos ocupa, lo que importa a Washington y a Europa es que Arabia Saudí se mantenga defendiendo los intereses occidentales en la zona.

    Hay que tener claro que en política internacional lo que vale son los intereses. Esos son los que se defienden. La democracia y los derechos humanos nunca nunca han estado entre los intereses principales de Estados Unidos y de las grandes potencias de Europa como Reino Unido, Francia.

    Fisk también alerta de la posibilidad que este quiebre ponga en riesgo el acuerdo nuclear entre Irán y el grupo 5+1 (EE.UU., Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y China) si estos países siguen avalando las acciones perpetradas por los saudíes. ¿Considera que, efectivamente, eso podría conllevar un riesgo para el acuerdo nuclear?

    Sí, podría haber algún efecto negativo: que se enturbie o se demore. Pero, al final creo que va a salir adelante porque va a favor del interés de todos los que han participado en las negociaciones. La administración Obama ha puesto muchas fichas en que se consiga este acuerdo nuclear con Irán y no lo van a tirar por la borda por las presiones de Arabia Saudí. Habrá que verlo con el tiempo.

    Sin embargo, a quien más le preocupaba el asunto nuclear era a Israel, porque iba a dejar de ser la única potencia nuclear en la zona. Ese es el fondo del asunto nuclear con Irán: reservar para Israel el privilegio de del uso de la energía nuclear en la zona.

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