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    El 29 de octubre, la Asamblea General de Naciones Unidas declarará, una vez más, su condena al criminal bloqueo que sufre Cuba desde hace casi medio siglo. Los 184 países que, el año pasado, votaron a favor del proyecto de resolución presentada por Cuba, serán más este año. Más allá de que, tal votación, carece de carácter imperativo, la sanción moral que recibe cada vez el gobierno de Washington, va haciendo mella en la conciencia de los estadounidenses.

    Pongamos por caso las dos elecciones de George W. Bush. Ambas declaradas fraudulentas, sin que el candidato-presidente pudiese justificarlas, fueron resultado del manejo doloso de la mafia anticubana asentada en Miami. Acudir al voto de esa red delictiva es la jugada vergonzante de los candidatos presidenciales republicanos y demócratas. Lo fue desde los tiempos de John F. Kennedy, a principios de los años ’60.

    El norteamericano promedio lo supo siempre; ahora hace conciencia y lo repudia. Del mismo modo, no puede explicarse las razones que mantienen el bloqueo contra una isla que no puede visitar, a la que está prohibido enviar dinero, donde el Pentágono mantiene un fuerte que siempre se justificó como avanzada para garantizar la seguridad norteamericana pero que sólo ha servido como cárcel donde se cometen las mayores vilezas contra los prisioneros.

    La historia de la ignominia

    La intención inicial fue derrocar rápidamente a ese grupo rebelde de barbudos al que, en principio, se creyó manejable a través del halago y el soborno. La vergonzosa derrota que sufrieron los gusanos (cubanos del auto-exilio) apoyados por la marina y la aviación norteamericanas, en Playa Girón, les obligó a cambiar sus tácticas.

    El bloqueo, que en principio fue una táctica de aislamiento para facilitar el triunfo de los invasores, se convirtió en arma para estrangular a la naciente revolución. Así se prohibió la venta de parque automotor, de materiales de construcción, de vestimenta y calzado, de libros y papelería, hasta llegar a los medicamentos.

    A cada prohibición, se levantaba más enhiesta la bandera del orgullo nacional. Cuba respondía aprendiendo a vivir para el futuro. La solidaridad internacional se multiplicaba aunque, por cierto, era más declarativa que material. Era una estrella brillando en la Sierra Maestra. Eran Charles Wright Mills diciendo “Escucha, yanqui” y Jean Paul Sartre describiendo “Huracán sobre el Azúcar”.

    El bloqueo a Latinoamérica

    No fue como lo planearon. No podían asfixiar a la Cuba de Fidel, del Che, de Camilo. Para estrangular a la isla, debían acogotar toda América Latina. El programa se llamó “Alianza para el Progreso” que tuvo un propósito bien definido: separar a Cuba del concierto latinoamericano ofreciendo a nuestros países una ayuda que se convirtió en pequeñas donaciones para sembrar de letrinas el continente, como lo advirtió el Comandante Che Guevara, en la reunión de Punta del Este, Uruguay, el año 1961.

    Quedamos, así, desmembrados de la isla que era ejemplo para las luchas por nuestra verdadera liberación. Pero también quedamos aislados, unos de otros, condenando al fracaso cualquier intento de intercambio entre nuestras naciones en beneficio de un comercio bilateral con Estados Unidos de Norteamérica.

    Un solo país mantuvo relaciones con Cuba, desde ese momento. Todos los demás rompieron vínculos con la isla antillana, con la nación revolucionaria. Había que pasar por México para ir a La Habana; allí, en el aeropuerto, agentes de la CIA norteamericana fotografiaban a los viajeros y un sello resaltante en el pasaporte, denunciaba al portador como reo del delito de visitar Cuba. En Bolivia, las libretas de viaje tenían impresa la advertencia de que, ese documento, no podía usarse para viajar a Cuba.

    Sin embargo, hay que puntualizar que, por sobre las diferencias ideológicas y políticas de los distintos gobiernos bolivianos, nuestra delegación votó siempre a favor de la resolución cubana y en contra del bloqueo.

    Un bloque por la dignidad

    Frente al ignominioso bloqueo de Washington, que hace oídos sordos a la demanda de la asamblea general de la ONU, cabe la formación de un bloque latinoamericano para contrarrestarlo. Elevemos constantemente nuestro intercambio comercial con Cuba, en base a nuestros productos que necesite Cuba. Hagamos, de la solidaridad, una constante en la política de nuestras naciones para con la perla antillana. Comencemos ahora, cuando el embate de los fenómenos atmosféricos, ha devastado una parte importante de ese país. Allí pudo asegurarse la vida de todos y cada uno de sus habitantes. Allí, los becarios bolivianos, como los estudiantes de América Latina y el mundo entero, fueron los primeros a quienes se garantizó la seguridad. Pero los daños materiales son tantos y tan graves, que es necesaria cualquier ayuda que pueda llevar o enviar cada uno de nosotros. Al odio de la Casa Blanca contra un país que nunca se doblegó a sus imposiciones, contrarrestemos con nuestra ayuda, con un apoyo cierto y no sólo de palabra.

    Al voto contra el bloqueo en la Asamblea General de la ONU, sumemos el envío de recursos para reconstruir las zonas devastadas por los sucesivos huracanes que este año golpearon a la isla de Cuba.

    Antonio Peredo Leigue
    Rebelión

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