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    Juan Fernández. Paradójica es la situación de la isla Juan Fernández. Podría quedar aislada si se cumple la advertencia hecha por el empresario Carlos Griffin, dueño de los aviones Lassa, aerolínea que durante cuarenta años transporta a los habitantes de esa comuna hasta el continente. ¿Qué dijo? “Si el Gobierno no entrega en un corto plazo un subsidio similar al que obtiene LanChile por sus viajes a Rapa Nui, la isla no dispondrá más de los aviones para el transporte de los habitantes de la Bahía de Cumberland.

    La alarma llegó hasta la Intendencia Regional de Valparaíso, donde los concejeros regionales hacen esfuerzos por evitar el cumplimiento de la advertencia, pues el inminente colapso de los sistemas de transporte aéreo y marítimo causaría graves daños al desarrollo de la comunidad isleña.
    Griffin explicó que es probable que suspenda los vuelos debido al alza de los combustibles, pues esta actividad comercial es muy cara y no pretende traspasar el valor a los pasajeros pues no sería un negocio rentable. Mientras, en la isla se encuentran seis mil langostas apiladas, a la espera de un transporte marítima que las lleve a Valparaíso.
    Las autoridades locales se han visto superadas por la situación. Enviaron una carta a la Presidenta Bachelet para que el gobierno central intervenga y dé solución a esta crisis. En mayo de este año, el Senado otorgó a Juan Fernández la calidad de territorio especial, cuyo propósito está fijado en el proyecto de ley: definir “una estructura de administración más eficiente, sobre todo en su relación directa con el Gobierno central y planteando que cuenten con estatutos especiales que potencien al máximo la presencia de un fuerte aparato público desconcentrado”.
    ¿Será suficiente? El problema fundamental de este territorio es la falta de comprensión de su calidad oceánica y de su condición de aislamiento terrestre

    ¿QUÉ SABEMOS DE LA ISLA?
    La isla de Robinson Crusoe, en el archipiélago de Juan Fernández, posee algo más de 600 habitantes. Se encuentra a 672 kilómetros de la costa y vive un permanente aislamiento que le impide un seguro abastecimiento de los elementos básicos de alimentación, vestuario y techo. El costoso viaje hacia el continente hace difícil el traslado de insumos. El nexo marítimo que sostiene con Valparaíso no es suficiente y, en el transporte aéreo, existe un riesgo constante tras el precario campo de aterrizaje que se encuentra en la isla.
    Durante años, estos isleños han permanecido aislados bajo la indiferente mirada de los chilenos continentales. No se han realizado inversiones efectivas para regularizar los enlaces y así mejorar las condiciones de vida de sus habitantes. Tampoco existen proyectos concretos para potenciar el turismo en el lugar, de gran belleza natural.
    La Armada suple estas deficiencias de comunicación y abastecimiento, aunque no es parte de su quehacer esencial. Al menos ayuda a hacer más llevadero esta sensación de soledad, la que se agrava cuando existe mal tiempo. Son comunes los apagones por no tener combustibles. El que no llega producto de los temporales. Situación que se repite cada año.
    De ahí la paradoja, considerando que este archipiélago forma parte de la zona económica exclusiva de mar chileno y es Reserva Mundial de la Biosfera por la UNESCO. Galardones que en la práctica, poco han servido para el crecimiento de su comunidad.
    Alejados de las grandes urbes, sin celulares ni bancos; los isleños sobreviven hace más de un siglo y medio en un pedazo de tierra rodeada de agua. Sus habitantes se dedican a la extracción de langosta, verdadero símbolo local. Poseen una escuela básica, una posta de urgencia, un cuartel de policía, unos cuatro hostales y unos seis locales de abarrotes. Sólo cuentan con un médico general de zona y un dentista. Los partos se realizan en Valparaíso, así como las operaciones quirúrgicas y los tratamientos especializados. La escuela sólo alcanza a cubrir las necesidades de educación de 150 niños. Este año el servicio se extendió a segundo medio. El resto de los estudiantes debe viajar todos los años al continente para continuar con su educación. Sus calles son en su mayoría de tierra o barro, dependiendo de la estación del año y, si la tormenta no ha sido muy fuerte y el barco llega a tiempo, podrán contar con luz eléctrica.

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