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    Antes de comenzar a trabajar en el Enjoy de Viña del Mar, Omar Ramírez había entrado una sola vez al salón de juegos del casino. Esa noche se encontraba junto a su pareja en una fiesta en la misma ciudad. En un minuto de la madrugada, quisieron ir a conocer por dentro uno de los edificios patrimoniales más famosos de la comuna, inaugurado el último día de 1930.

    “Se nos ocurrió con mi polola de ese entonces disfrazarnos de terno e ir a dar una vuelta. No recorrimos mucho. La primera vez no sabría decirte la impresión que me dio; me sentía muy ajeno”, dice Omar.

    Observó a personas ensimismadas en sus juegos de cartas; también a hombres y mujeres con los ojos pegados en la pantalla de una máquina multicolor. La realidad que alcanzó a percibir ese día no tuvo ninguna relación con la que vivió unos años después. Ahora reconoce que “el casino genera las condiciones para que tú pierdas la noción del tiempo. Estaba iluminado día y noche”.

    Desde 2008, Ramírez comenzó a formar parte del equipo de crupieres del casino. En adelante, entonces, empezó a ver en directo la manera en que algunas personas perdían tremendas sumas de dinero en cosa de segundos. Y se acostumbró a que eso pasara.

    Jugar, jugar, jugar

    “Sí, es posible reconocer a un ludópata. Me pasó varias veces que llegaba el primer día de turno, un viernes, y veía a una persona jugando. Trabajaba todo el fin de semana y al final, el último turno del domingo, veía a la misma persona, con la misma ropa, con un rostro totalmente deformado por un fin de semana de juego”, cuenta Ramírez.

    El relato comienza a caracterizar uno de los principales trastornos al que se ven expuestos los clientes de estos salones de juego: la ludopatía. Esta enfermedad nace a partir de una idea que está presente en ciertas personalidades.

    “Hay una necesidad de experimentar ciertos tipos de situaciones que generan una reacción en el sujeto. Eso le sucede a los ludópatas o a los adictos”, dice Francisco Maffioletti, académico de la Facultad de Psicología de la Universidad Diego Portales (UDP). El experto, además, define a los casinos como lugares que “sirven para tener sensaciones vinculadas al riesgo”.

    En esa lógica, la persona que padece de este trastorno siente el deseo adicional de incrementar las cantidades de su apuesta. “Es lo mismo que le pasa al alcohólico, que se produce una habituación; con dos copetes no te pasa tanto, después necesitas ir poniéndole más”, agrega el académico.

    Normalmente esta forma de apostar con desenfreno no trae consecuencias en los lugares en que se generan –es decir, al interior de los casinos–; acorde a lo que explica Maffioletti, los efectos son el resultado de una sumatoria que incluye problemas familiares, personales, laborales y económicos.

    Casino Enjoy de Viña del Mar

    Omar Ramírez, el ex crupier, estaba en las inmediaciones del casino de Viña del Mar el 27 de febrero de 2010, cuando la zona central del país fue sacudida por un terremoto grado 8,3 en la escala de Richter. Segundos antes del sismo, dirigía una partida de Hold’em Poker en la que uno de los jugadores ya tenía asegurada su apuesta.

    Pero el suelo se movió y los pedazos de la techumbre falsa comenzaron a caer.

    “De repente empieza a temblar más fuerte. Las personas que estaban jugando se van. Reaccioné poniéndome debajo de un marco grande estructural del salón. Mis compañeros que estaban alrededor se fueron; yo me quedé cerca de la mesa, atento a las fichas. Estaba en eso cuando la persona que había ganado el juego de mano llegó a cobrarme la plata. Me dijo oye yo te había ganado; quiero mi plata. Yo lo quedé mirando y le dije tome caballero, ahí están sus fichas, pero acaba de haber un terremoto. Ahí te das cuenta que hay gente que tiene problemas”, relata Ramírez.

    El tránsito de ese tipo de jugadores, que se ciegan ante el trajinar de las fichas, era diario y a toda hora. En otra oportunidad, a Omar le tocó atender a un hombre pasados los 40 años, que concurría a las dependencias del casino vestido con un atuendo deportivo. “Yo lo veía jugando mucha plata. Me tocó después, cuando ya no trabajaba ahí, verlo como entrenador de un equipo de fútbol de Primera División. Yo puedo decir que él sí era un ludópata”, sostiene.

    Sin límites

    El domingo 2 de julio, mientras la Selección Chilena de fútbol se enfrentaba a Alemania en la final de la Copa Confederaciones, Osvaldo Campos, veterinario conocido por participar en un programa de televisión sobre cuidado de animales, arremetió contra dos funcionarios del casino Monticello, ubicado en San Francisco de Mostazal, por medio de un arma de fuego. En pocas palabras, los mató ahí mismo y los cuerpos quedaron tendidos y desangrados sobre la alfombra del establecimiento, a centímetros de la mesa de juegos que permanecía con el mazo de cartas; listas para ser repartidas.

    Disparó 24 tiros: otras cuatro víctimas resultaron heridas.

    Campos acumulaba varios días en las dependencias de Monticello. Horas después del ataque se empezaron a saber detalles esclarecedores de su personalidad, como que también contaba con un amplio prontuario policial, que incluía acusaciones por riña en la vía pública, cuasidelito de lesiones, amenazas simples, estafas, amenazas de atentado y otras.

    Daniel Sánchez, psicólogo y académico de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Central, estuvo relacionado hasta 2013 con ese establecimiento controlado por Dreams, grupo de casinos que a su vez es propiedad de los hermanos Claudio y Humberto Fischer Llop, ambos vinculados también a la venta del salmón, trucha y tilapia cultivadas en el sur del país, a través de la empresa AquaChile.

    Casino Monticello, San Francisco de Mostazal. Foto: La Hora

    Sánchez realizaba capacitaciones. “Te hacen creer que eres un cliente VIP cuando en verdad eres uno más. Yo trabajé hasta 2013 en Monticello. En ese año tenían 500 mil personas en su club de amigos. Pero de ese total eran solo 2.000 personas las que generaban el 80% de utilidades. El negocio para ellos son las 2.000 personas que mueven el casino”, afirma.

    Solo en mayo de este año, las 7 sedes de Dreams obtuvieron ganancias brutas por $14.519 millones. En un ejercicio rápido, y tomando en cuenta que desde 2013 a 2017 han transcurrido cuatro años –y que el casino además obtiene dineros por otros conceptos–, se podría concluir que ese pequeño porcentaje de clientes aportó con más de $11 mil millones.

    “Si tú le dices al casino que ponga un letrero diciendo oiga usted es un ludópata; los ludópatas están enfermos, el casino no lo va hacer. Ese es el negocio para ellos. Mientras más dependencia tengas del azar y de la apuesta, más le sirve a un casino. No le sirven personas que no vayan a jugarse la vida”, agrega Sánchez.

    Omar Ramírez, el ex crupier, cuenta que durante su jornada de trabajo llegaban algunos clientes a contarle cuánto dinero llevaban perdido en el juego. Le hablaban de $300 mil y de montos muchísimo mayores. Así y todo, siempre tomó la precaución de no extender una conversación o no crear lazos de confianza. No hubiera sido difícil establecer una suerte de relación: ciertos clientes que atendía en sus turnos lo saludaban incluso fuera del horario de trabajo.

    “Algunas personas te veían en la calle y te saludaban. En el casino lo mismo. Pero después de que los ves perdiendo plata durante cinco horas, esa misma persona, que te saludaba amablemente durante el día, te empezaba a putear. Da para pensar que algo está mal”, cuenta.

    Este trastorno psicológico tiene otra particularidad más allá del cambio de ánimo repentino y la necesidad que se genera por seguir apostando. No tiene tratamiento costeado por el Estado y tampoco existen políticas públicas por parte del Ministerio de Salud para prevenir la ludopatía. En conversación con este medio, desde la entidad de Gobierno aseguran que no se destina ningún tipo de recurso para este concepto.

    El panorama se complejiza cuando se considera el estudio realizado por la Corporación de Juego Responsable (CJR) en conjunto con la Universidad de Santiago, publicado en 2015. En este se informa que un 2,4% de la población chilena presenta cuadros de ludopatía. Aunque la cifra ya es alta, resulta más preocupante cuando se estima que el porcentaje puede ser todavía mayor, pues los encuestados de este estudio eran solo residentes del Gran Santiago y mayores de 18 años (1.032 personas fueron consultadas para la encuesta encargada por la CJR, que reúne a las principales empresas del rubro, como Enjoy y Dreams).

    “En Chile la salud mental no es considerada una necesidad en la población. La ludopatía no va a ser una política pública, como lo es el alcoholismo, el cigarro o la depresión”, dice el psicólogo Daniel Sánchez.

    La modificación a la ley que no prosperó

    Legalmente, los casinos no tienen ninguna obligación a la hora de advertir acerca de los riesgos a los que están expuestos los apostadores. La Superintendencia de Casinos y Juegos (SCJ), entidad encargada de fiscalizar estos locales, hizo llegar una información a este medio en donde explican la situación.

    “Ni la Ley Nº19.995 así como tampoco sus reglamentos establecen obligaciones a las sociedades operadoras de casinos de juego respecto a la prevención del juego patológico”, declaran.

    Del mismo modo, la institución aclara que estos lugares de entretención no tienen permitido expulsar a un cliente de sus dependencias, a no ser que este demuestre un mal comportamiento o se considere como alguien problemático.

    Al poco rato de su entrada en vigencia –ocurrida en 2005– se constató que la ley Nº19.995 dejaba vacíos, sobre todo respecto de los trastornos psicológicos asociados a la apuesta. Tres años después, en 2008, luego de estudiar la situación sanitaria que se estaba produciendo, el senador Carlos Bianchi (independiente) presentó una moción que pretendía modificar el artículo 8º de esa legislación.

    Una de las principales exigencias planteadas por el parlamentario consideraba que “se hiciera este registro de personas ludópatas para que no puedan ingresar a ningún casino, teniendo la aceptación de la propia persona que se sabía que padecía el trastorno”. El sistema podría haberse parecido a la situación que rige en Gran Bretaña, donde –aparte de existir un registro– los clientes deben hacer ingreso a través de un sistema de huella digital.

    Carlos Bianchi, senador (independiente) que presentó la modificación a la ley de casinos.

    Además, el nuevo texto solicitaba exhibir en las salas de juego “claras y precisas advertencias de los daños, enfermedades o efectos sobre la salud de las personas, que implica la adicción al juego, las cuales deberán ser notoriamente visibles y comprensibles, y contener imágenes o leyendas en idioma español”.

    Bianchi detalla la modificación que propuso en conjunto con Ricardo Núñez, ex senador del Partido Socialista: “Pedimos que cada ciertas horas las máquinas, así como te colocan letras y luces que atraen, pusieran una huincha americana donde dijera usted lleva más de las horas que pensaba; usted ha gastado más de lo que pensaba gastar. Es decir, que te advirtiera en la misma condición de cómo te promueven las apuestas. No con un folletito que terminaba en el tacho de la basura”.

    La acogida a esta iniciativa no solo fue nula por parte de la industria. “Se nos vinieron encima todos los casinos y quienes los fiscalizaban. No tenían ningún ánimo de fortalecer la regulación ni la fiscalización”, afirma Bianchi.

    En 2013, cinco años después del rechazo a esta cruzada por advertir sobre la ludopatía, la Superintendencia de Casinos y Juegos salió al paso y dictó la circular Nº44. En términos sencillos, se establecía “la posibilidad de que los jugadores se autoimpongan una prohibición de ingreso o permanencia en los casinos de juego”.

    Este proceso se conoce hasta el día de hoy como autoexclusión, y permite que un jugador, posterior a reconocerse como ludópata y acompañado de un tercero denominado «apoderado», rellene un formulario que le impida su entrada al establecimiento.

    Sin embargo, la SCJ aclara que “si el autoexcluido insiste en ingresar al casino de juego, la sociedad operadora no puede impedir su ingreso, ya que no puede imponer otras prohibiciones de admisión a las salas de juego distintas a las establecidas por ley”.

    En conclusión, la regulación vigente no solo no le exige a los casinos prevenir de alguna manera el juego patológico, sino que le otorga posibilidad plena al ludópata para que entre a como dé lugar a cualquiera de estos locales.

    Cabe destacar que el proceso de autoexclusión solo se aplica para el establecimiento en el que se realizó el trámite. Es decir, si un cliente que sufre de este trastorno psicológico se pone limitantes para apostar en las dependencias de Viña del Mar, nadie del personal le pondría problemas para ingresar, por ejemplo, a un local en Coquimbo de la misma empresa.

    Por si fuera poco, ninguna empresa de casinos tiene la obligación de remitir a la SCJ información respecto de clientes autoexcluidos; nada. Las concesionarias llevan un registro interno que es conocido solo por ellos.

    Según el psicólogo Francisco Maffioletti, la posibilidad de que un jugador opte por un proceso de autoexclusión es bajísima. “Es dispararse en los pies. Ocultan el grado de su patología. Sienten la incomodidad de que si alguien sabe que fue de nuevo al casino lo va a empezar a recriminar. Los ludópatas son bien funcionales. El casino se aprovecha de estos porque también le llevan a otros. Les dinamiza el negocio”, afirma.

    El aprovechamiento que podría traer consecuencias

    Las únicas instrucciones que recibió el ex crupier Omar Ramírez como empleado de Enjoy, respecto de los clientes, fueron los pasos que debía seguir cuando una persona mostraba actitudes violentas. “Me daban un rango de acción para ver qué hacía con él o ella. Si esa persona alzaba la voz reiteradamente o golpeaba la mesa, o insultaba al crupier, yo tenía la facultad de no entregarle más cartas”, dice.

    Si las agresiones continuaban, Omar llamaba al supervisor. El mal comportamiento a veces no significaba que ese cliente fuera expulsado de las instalaciones. “Quizás en un momento después me tocaba estar con esa persona en la mesa”, cuenta.

    Para este reportaje se le consultó a Enjoy acerca de las medidas preventivas que tienen para el público que visita sus dependencias. La empresa hizo llegar un comunicado en el que se informa que, desde 2008, se dispuso del programa “Jugados por ti”, que ofrece a los clientes un servicio de orientación para prevenir conductas riesgosas.

    Para esta iniciativa se formaron consejeros que responden dudas al interior de las salas de apuestas, además de un servicio telefónico para aconsejar en términos psicológicos, legales y financieros. Por último, han establecido un decálogo del juego responsable y cuentan con el sistema de autoexclusión promovido por la SCJ.

    El problema, sin embargo, es que las personas con ludopatía persisten en el vicio. Y si alguien llegara a comprobar ante un tribunal que los casinos identifican claramente a los clientes con estas patologías, y se aprovechan de ellos para seguir aumentando las ganancias, el panorama se oscurecería e incluso podría alcanzar niveles judiciales.

    “Bajo una demanda civil de indemnización de perjuicios podrían eventualmente hacerse cargo (los casinos) de los tratamientos. Creo que son susceptibles a ser demandados si se llega a probar que debiendo haber hecho algo (con los ludópatas), no lo hicieron”, dice el psicólogo Francisco Maffioletti.

    Esta movida implicaría un verdadero boomerang para las concesionarias. “Si un casino tiene antecedentes concretos de una persona que tiene esta patología, o podría llegar a tenerla, y no obstante de aquello ellos no hacen nada, más aún, sacan provecho del juego compulsivo de una persona, a partir de las reglas generales podría dar pie a una responsabilidad civil extracontractual”, explica, por su parte, el abogado Mauricio Daza.

    Una situación así, por cierto, no buscaría tomar como punto de partida la regulación que rige a estas empresas; buscaría, en medio del vacío legal, comprobar una explotación por parte de los casinos con respecto a los clientes con trastornos mentales.

    “Se trata de acreditar a través de testimonios y antecedentes documentales que esta persona tenía esta patología y que, además, el casino estaba en condiciones de saberlo, y a partir de aquello saca un provecho ilícito. Eventualmente se podría obtener algún tipo de indemnización”, complementa el jurista.

    Daza ejemplifica con el caso de Monticello: “fue revelado que varias personas que trabajaban en el lugar habían advertido acerca de la conducta errática de esta persona (Osvaldo Campos). Estaban en condiciones de identificar que el hombre no se comportaba de manera normal en relación al juego”.

    De todas formas, concluye que una acción así “es algo difícil de probar, por eso es importante definir un marco regulatorio que se haga cargo del problema”.

    Omar Ramírez, el ex funcionario de Enjoy, cuenta que –además– estos problemas influyen directamente en los trabajadores. Hay una escena que se repetía a menudo dentro de las instalaciones del Enjoy de Viña del Mar. “Había muchos jugadores que se sentían con la facultad de tratar a las mujeres de manera machista y violenta”, comenta.

    No era extraño para Ramírez toparse con alguna compañera de trabajo que recién había sido agredida por un cliente: “las veía llorando en los pasillos por cómo habían sido tratadas”.

    La situación laboral

    Omar ingresó al casino tras postular de manera común y corriente a la academia de crupieres. Relata que durante esos tres meses solo se le realizó un pago por concepto de locomoción. Cuando terminó la instrucción le ofrecieron un contrato a plazo fijo por $150 mil. Serían 30 horas laborales. Él aceptó; el salario no era tan bueno pero se sumarían las propinas entregadas por los jugadores.

    Pero las cosas no fueron como pensaba.

    “La propina se reparte en un pozo acumulado donde se le asigna un valor al punto. Cuando uno entra al casino tienes dos puntos de propina. Cada 300 días trabajados te aumentan dos puntos más. Yo pasé de los dos a los cuatro puntos después de dos años trabajando en el casino. Recién entrando a trabajar uno podía hacerse $180 mil por cuatro días a las semana”, cuenta.

    Asimismo, asevera que los crupieres de más antigüedad terminaban con un total mensual muchísimo mayor. Omar reflexiona que esta forma es una “buena técnica a la hora de querer desmovilizar a un grupo de trabajadores”.

    Enjoy respondió la pregunta de este medio respecto de la forma de repartir las propinas que relató Ramírez para el reportaje. “Con el objetivo de velar por la transparencia y correcto destino de las propinas entregadas por los clientes, la SCJ establece la creación de una Comisión de propinas conformada solo por trabajadores (no participa la empresa), donde son ellos quienes definen la forma en cómo se distribuyen las mismas”, declaran.

    Respecto a los términos contractuales, informan que a todos los crupieres que entran a la academia –la instrucción que toma tres meses– se les hace un contrato a plazo fijo. “No necesariamente se gradúan todos los que ingresan. Tenemos un número importante de postulantes que desisten. Una vez finalizada la academia son contratados indefinidamente”, se lee en la respuesta.

    Esta versión se contradice con la entregada por Ramírez, quien explica lo siguiente: “se hacía contrato por tres meses. Luego de que se acababa el contrato te dejaban en una laguna, tiempo sin goce de sueldo con finiquito cada vez que se terminaba el contrato. Luego de un mes, dependiendo de cuánto durara la laguna, volvías a trabajar como si nada. Te entregaban tu planilla de turno y cualquier día tenías que ir a firmar tu contrato por tres o cuatro meses más. En esa situación se mantenía a muchos trabajadores”.

    A excepción del tópico sobre condiciones laborales –que interpelaba esta vez a la cadena Enjoy–, todas las otras preguntas fueron realizadas a Dreams. Hasta el cierre de esta edición no recibimos respuestas por parte de la empresa.

    Hoy en día, Omar Ramírez está alejado de los juegos de azar. Todavía le impacta recordar la cantidad de dinero que perdían los clientes. “A mí me tocaba ver en tres minutos cómo una sola persona se podía jugar tres veces lo que yo ganaba en un mes. Si eso no significa que hay una precarización del trabajo, no sé qué puede significar”, cuestiona.

    Luego de Viña trabajó como crupier en un casino clandestino. En ese lugar le pagaron mucho mejor: “la cantidad de plata que yo ganaba trabajando en un local clandestino en relación a la que ganaba en uno establecido era una diferencia súper grande”.

    Casi al final de la conversación, concluye que se debería hacer algo con respecto al tema de la ludopatía. Los balazos en el Monticello –por más que Osvaldo Campos haya padecido de otras patologías– comprobaron que las cosas se pueden salir de control; eso expone al público y a los trabajadores.

    Para eso el Gobierno decretó a los casinos como entidades obligadas, lo que aumentará la capacidad de actuar que tendrá particularmente Carabineros de Chile dentro de sus inmediaciones –serán los encargados de fiscalizar las medidas de seguridad adoptadas por las empresas.

    La pregunta es si es que estas decisiones, tomadas luego de lo protagonizado por Campos, se traducirán en un contrapeso para que los jugadores dejen de desarrollar el maldito trastorno: la ludopatía.

    Omar Ramírez dispara: “yo muchas veces decía que el casino era un hospital psiquiátrico, donde los enfermeros o doctores son los trabajadores”.

    Revisa el VIDEO de la conversación con Omar Ramírez a continuación:

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