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    El que fue hijo de un humilde labrador de la tierra, Konstantin Tsiolkovsky, siendo ya profesor de matemáticas en 1881,  envió a la Sociedad Físico-Química de Rusia un trabajo científico en el que descubría las propiedades cinéticas de los gases. La respuesta del organismo científico no fue la que aquel joven esperaba: todo aquello era muy interesante, pero ya había sido descubierto un cuarto de siglo antes y por entonces era más que sabido.

    Tsiolkovsky, fue el quinto hermano de una familia rural con 18 hijos, todos ellos a cargo del sustento de su padre guardabosques, no parecía que el pequeño Kostya (17 de septiembre de 1857 – 19 de septiembre de 1935) estuviera destinado a destacar en la vida. De hecho, cuando hacia sus 10 años enfermó gravemente, se creyó que sus años de existencia llegaban a su fin. Sobrevivió a la escarlatina, pero pagó el precio de una sordera que le apartó de la escuela.

    La discapacidad no representó limitación alguna ni la prematura muerte de su madre consiguieron derrotarle: se convirtió en un autodidacta, lo que a sus 16 años impulsó a su padre a enviarle a Moscú para reanudar sus estudios. Una vez en la capital, Konstantin tampoco ingresó en la escuela. En su lugar, se recluyó en la gran biblioteca pública de Chertkovskaya, donde se entregó al estudio de las ciencias.

    Años más tarde recordaría que gastaba casi todo el exiguo subsidio que le enviaba su padre en libros, material y reactivos químicos para experimentar, alimentándose solo de pan negro. Pero el verdadero alimento que obtuvo allí fue para su mente; como a tantos otros en su época, los libros de Julio Verne le inspiraron para imaginar viajes al espacio.

    Al contrario que muchos otros, el campesino hizo algo más que soñar: calculó que el cañón planteado por el escritor francés para propulsar su nave lunar mataría a sus ocupantes a causa de la aceleración. Basándose en la física newtoniana de acción y reacción, definió la que llamó “fórmula de la aviación”, que calculaba el aumento de la velocidad de una nave en función de la variación de la masa de combustible y del impulso del motor. Tsiolkovsky había inventado el cohete. Al menos, sobre el papel.

    Primer proyecto de nave espacial de Konstantin Tsiolkovsky

     

    Ambiciones adelantadas a su tiempo

    Durante el resto de su prolífica carrera, que llegaría más de 400 trabajos escritos, su cénit profesional fue un puesto de profesor de matemáticas en la localidad de Kaluga, a 200 kilómetros de Moscú. Allí su vivienda y centro de operaciones fue una cabaña de madera, donde crió a su familia aislado de una comunidad que le consideraba un inventor loco. Sin embargo, sus principales contribuciones nunca escaparían del papel, a pesar de que el régimen soviético le ensalzó por su condición de genio proletario hecho a sí mismo.

    Así, en el papel se quedaron sus sucesivos diseños de propulsores espaciales y cohetes de tres fases basados en el empleo de hidrógeno y oxígeno líquidos como combustibles, lo mismo que sus propuestas de esclusas estancas, estaciones orbitales, trajes presurizados, invernaderos espaciales y otro sinfín de dispositivos espaciales y aeronáuticos. De poco sirvieron entonces sus múltiples cálculos, como el de la velocidad de escape de la gravedad terrestre.

    Dibujo de personas flotantes mirando estrellas a través de una ventana, del cuaderno de Tsiolkovsky Album of Space Travel. 

    Cuando visitó París en 1895, imaginó un cable conectado al extremo de la torre Eiffel por el que podría ascenderse hasta un castillo celestial. Décadas más tarde, el escritor Arthur C. Clarke desarrollaría la idea del ascensor espacial para convertirla en un proyecto que tal vez nunca vea la luz, pero que resurge periódicamente como una de las grandes ambiciones pendientes de la humanidad.

    Sobre esas ambiciones de Tsiolkovsky, inmensamente adelantadas a su tiempo, ingenieros como Wernher von Braun o Sergei Korolev construyeron la realidad de la conquista del espacio. El genio ruso jamás imaginó que sus ideas se llevarían a la práctica, pero nunca dejó de luchar por ello: “la Tierra es la cuna de la humanidad, pero uno no puede vivir en la cuna para siempre”.

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