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    Partir hablando de Laurie Anderson en Santiago de Chile, pero no en el agosto del 2008, sino hace veinte años atrás podría ser una rareza. Situarla en Victoria Subercaseuax número siete, cuarto piso. Es decir en el ex Centro Cultural Mapocho, a un costado del Cerro Santa Lucia, tan lejos de sus habitual New  York, y en el año 1988, podría sonar a disparate. Pero corresponde al primer acercamiento al trabajo de la multi-creadora (cine, fotografía, poesía, música). En ese lugar una alumna de periodismo practicaba en su clase de danza contemporánea con la pieza “O Superman”  del disco “Home of the brave” del año 1986. A pocos metros de allí, un par de meses después en una pieza oscura y abarrotada de humo, cerca de la calle Estados Unidos, un grupo de seres escuchaba parte del “Big Science” o “Mister Heartbreak” sin imaginar que veinte años después “Lori” estaría sonando desde tan cercana distancia.


    Pensar en su figura capital dentro de la música, así a secas, sin ninguno de los apellidos y denominaciones que le asignado, resulta hoy  más válido que nunca. Evocar sus actuaciones callejeras, tocando sobre un bloque de hielo  sacando esos largos electrónicos a su violín de cintas magnéticas, mientras la temperatura deshacía su soporte, no sólo parece una postura contracultural, es  una muestra mínima y primigenia de la permanente búsqueda creativa que Anderson ha ido moldeando a su antojo. Pero esta construcción no sólo tiene que ver con su trabajo, y los armados y desarmados que derivan de él, sino con cómo ha moldeado también a su público. Aquel que fue capaz de ser parte de “United State Live” (que a Chile llegó originalmente en una caja de cuatro cassettes) o seguir los encorvados mensajes que iba dejando esa historia dura y casi eminentemente vocal de “The Ugly one with Jewels” de 1995.


    A estas alturas nadie podría dudar del carácter único y vanguardista -fue necesario utilizar la manoseada palabra- de Laurie Anderson. Por lo mismo poco, o nada nuevo queda por agregar a una de las biografías artísticas más polifacéticas de las últimas décadas, aunque quizás debido a tal extrema originalidad no se pueda decir que haya sido también una de las más influyentes. (¿Cuántos hijos e hijas de Laurie Anderson se nos ocurren?).

    Por ello quizás el gran atractivo de su actuación en Santiago, no se circunscribe exclusivamente a “Homeland”, su nuevo trabajo, sino a los desplazamientos que su brisa puede provocar. Habrá que ver qué nuevas piezas de rompecabezas pone en movimiento y cómo la parodia,  el sarcasmo y el escepticismo sobre la tierra prometida logran traspasar el primer asombro, dejan atrás la anécdota y se instalan en la música con toda su potencia reveladora. Anderson es quizás una de las artistas multimediales más políticas que haya producido la escena estadounidense, creadora de una polifonía lingüística y sonora trascendental.

    En “Homeland” Anderson opta por el inmovilismo y la sobriedad. Algo que ella conoce bien pues le basta su violín, los sintetizadores y el vocoder, aquel aparato que no sólo le permite jugar con las interpretaciones, sino potenciar al máximo su instrumento de mayor poder: la voz. Algo que nos lleva a las claves de su trabajo y que se deben buscar en el relato, en la idea y en el juego.

    Porque a la ciudad de Baudelaire o de Poe, a esos baños de multitud, de habitar en la urbe, Anderson superpone la hoy cínica y maloliente ciudad norteamericana, desde donde surgen las bocas de anónimos protagonistas  que habitan la modulada y sintetizada voz de Laurie.

    En todos sus trabajos de estudio y actuaciones en vivo el gran  peso lo soportan las palabras, tal como en sus otras acciones ceativas, sin abandonar jamás la observación del entorno social y político. Así nos habla de guerras, de tópicos de marketing, de amor urbano, de desamor, de miseria global, de personajes de la televisión, a través de conceptos y frases que son mazazos contra el muro de lo establecido por el imperio.


    Como dice el lugar común tan odiado por Anderson, salvo en su uso crítico, su labor se puede emparentar con la del artista renacentista. Sus inquietudes sobrepasan las fronteras de la música y la empujan hacia otras disciplinas. La acercan al trabajo de figuras icono como William S. Burroughs que optaron por concretar obras distanciadas de las reglas y los academicismos. Y así sus canciones se han vuelto la banda sonora de aquellos seres medio desadaptados, y también de aquellos que ven en su trabajo un paso adelante, porque en sus ideas y conceptos priman a quello de que el “lenguaje es un virus proveniente de otros espacios”, al decir de Burroughs. Ni más ni menos.

    Lugar: Espacio Riesco (Av. El Salto 5000 Huechuraba, Santiago)
    Día: Sábado 30 de agosto
    Horario: 21:00 horas.

    Formación de “Homeland”:
    Laurie Anderson (voz, violín, teclados, samplers)
    Skulli Sverrison (bajo eléctrico)
    Peter Scherer (teclados)
    Eyvind Kang (viola)
    Diseño visual: Willie Williams

    Discografía:

    You are the guy I want to share my money with (1981)

    Big Science                                                              (1982)

    Mister Heartbreak                                                    (1984)

    United States Live (Box set)                                     (1984)

    Home of the Brave (Soundtrack album)                    (1986)

    Strange Angels                 (1989)

    Bright Red                                                               (1994)

    The Ugly one with Jewels (spoken word)                   (1995)

    Talk Normal: The Laurie Anderson Anthology            (2000)

    Life on a String                                                        (2001)

    Live in New York                                                      (2002)

    Texto: Jordi Berenguer y Alessandra Burotto

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