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    Mientras occidente experimenta una renovación política y económica impulsada tanto por el auge del pensamiento liberal como por un fuerte rechazo y desilusión con las ideas progresistas impulsadas por bloques de izquierda que comúnmente resaltan cuan pequeño es el individuo para el Estado, en Oriente, China avanza de forma gradual en la consolidación de su propio modelo de crecimiento y desarrollo social. Claroscuros en el devenir de nuestro tiempo que paso a analizar.

    No conozco un país en el mundo que represente mejor que China el papel que la praxis adquiere en la concepción marxista del mundo, al menos, en un plano económico. Para el gigante asiático, la visión estratégica de la economía no se limita a interpretar la realidad según los cánones tradicionales de la ideología marxista, en efecto, todas sus acciones están encaminadas a transformar radicalmente el escenario geopolítico mundial, incluso si esto significa peregrinar hacia el corazón del capitalismo.

    En pocas décadas, la segunda potencia económica mundial (según PIB nominal) pasó de un sistema de planificación basado en la autogestión de granjas o comunidades agrícolas, a un modelo heterogéneo en el que todas las decisiones siguen siendo adoptadas por el núcleo de un aparato estatal duro y represivo que, no obstante, paulatinamente ha logrado diversificar su economía estableciendo múltiples zonas especiales con mercados abiertos y altamente competitivos. Mercados que protegen la propiedad privada, fomentan el desarrollo tecnológico-industrial e incentivan el emprendimiento y la inversión financiera. El gran salto de China genera, sin embargo, más incertidumbre que admiración.

    Incluso refutando algunos de los criterios más aceptados del pacto de Washington, China ha alcanzado durante las últimas cuatro décadas, niveles impresionantes de crecimiento económico, con una tasa media anual cercana al 9% de su PIB (hay que considerar que en la última década ha ido disminuyendo), convirtiéndose hoy en la principal economía del mundo en términos de paridad de poder adquisitivo o capacidad de compra (PIB PPA).

    China ha irrumpido en los más diversos ámbitos de la economía global adquiriendo un enorme protagonismo en prácticamente todos los mercados existentes. Su estrategia consiste en internarse a gran escala y permanecer expectante hasta que se logren configurar las condiciones que le permitan obtener el máximo beneficio posible en aquellos contextos en los que nadie más se atrevería a intervenir.

    Así, por ejemplo, en medio de la crisis subprime, China encontró la forma de acelerar su expansión en la economía global adquiriendo gran parte de la deuda pública de los países del bloque occidental que se vieron más afectados tras el colapso financiero internacional, esto incluye la compra de Bonos del Tesoro estadounidense.

    En efecto, el régimen de Xi Jinping ha intensificado su presencia en los mercados financieros globales a través de instrumentos tan rentables como sus fondos de inversión. Solo en Europa se estima que China ha comprado o invertido en activos por un valor global cercano a los 318 mil millones de dólares en la última década, inversiones que varían desde infraestructuras criticas en el sur y este de Europa, hasta la adquisición de un gran número de empresas en el oeste, dedicadas en su mayoría al desarrollo de tecnología de punta.

    Del mismo modo, el creciente interés chino por llegar a cada rincón del continente africano -en un futuro, la gran potencia manufacturera del mundo- ha generado que una oleada de empresas chinas inviertan o se instalen en países como Etiopía, Kenia, Tanzania o Ghana, incrementando su presencia e influencia en la zona. El plan estratégico de China, para esta región, no se limita al acontecer en los países del África subsahariana. El gobierno de Pekín ha impulsado fuertes transformaciones en Siria o Pakistán, principalmente orientadas a la construcción, abarcando tanto la instalación de plantas y fábricas, como el desarrollo y administración de puertos y aeropuertos en sus distintas provincias.

    Sin embargo, esta experiencia no necesariamente ha sido positiva en todos los casos. Debido al incremento de su deuda externa con empresas y fondos de inversión chinos, Zambia quedó totalmente expuesta a ceder el manejo de sus principales medios de comunicación, así como la administración de su sistema de transporte e infraestructura energética a sus acreedores chinos. Tal situación ha generado que las donaciones internacionales destinadas a apoyar la educación y asistencia social en este país sean retenidas debido a los altos riesgos de que dichos fondos sean utilizados en el pago de la deuda.

    Tal como ocurre en África, Latinoamérica atestigua la creciente influencia del gigante asiático en toda nuestra región. Bajo la promesa de consolidar un ciclo dorado para la inversión, China busca asegurar el devenir de sus principales importaciones en campos como la agricultura o la minería, diversificando sus vínculos con una región dotada de gran variedad de recursos naturales.

    Lo que en principio supone un avance importante para el desarrollo de nuestros países podría convertirse en un enorme problema. Por diferentes razones, la endémica dependencia de nuestros sistemas económicos a la explotación de materias primas, nos impide mirar a largo plazo e impulsar reformas que permitan modernizar nuestras estructuras productivas, favoreciendo la competitividad comercial o la protección de nuestros principales recursos naturales.

    China ha invertido en los últimos años, miles de millones de dólares por medio de préstamos a países con alto riesgo crediticio en nuestra región. Esto le ha permitido fijar un tipo de interés elevado y establecer mecanismos de garantía que contemplan el pago de la deuda en especies. De esta forma es que países como Ecuador y Venezuela se han visto obligados a pagar gran parte de su deuda mediante la entrega de petróleo.

    En Venezuela, la intervención económica de inversionistas chinos ha logrado compensar la caída en el precio del petróleo, no obstante, el colapso de la otrora empresa más grande de explotación de crudo a nivel mundial, podría transformar este escenario radicalmente. PDVSA ha experimentado una enorme disminución en la eficiencia de su sistema productivo alcanzando en la actualidad los niveles más críticos de su historia, situación que comienza a inquietar a sus principales inversores quienes verían con buenos ojos una transición política a un sistema que les garantice mejoras en la eficiencia de su matriz productiva, considerando que China es el principal importador de petróleo del mundo.

    En efecto, la prágmatica letal que envuelve el actuar del gigante asiático va más allá de sus posibles afinidades ideológicas. Pues, finalmente, la única vía de realización del comunismo chino es la concreción de su propio modelo. Pero, entonces, ¿Qué persigue China?

    China es consciente de que para cambiar el estado del pensamiento propio es necesario primero cambiar la base socioeconómica que determina ese pensamiento. Por esto, en mayo de 2017, celebró la realización de la primera cumbre en el marco de su iniciativa “Belt and Road” (BAR), instancia en la que participaron alrededor de 28 mandatarios.

    Esta iniciativa transnacional consiste en el desarrollo de un ambicioso proyecto de cooperación económica ideado en el año 2013, bajo el nombre de “One Belt and One Road” (OBOR, “Un cinturón, una ruta”), por medio del cual China busca consolidar una red de conexiones en infraestructura, transporte y comercio mundial que contribuyan a acelerar su crecimiento económico e intensificar su influencia en todo el mundo.

    En principio, hablamos de miles de millones de dólares destinados a la construcción de diversas obras y proyectos de infraestructura especialmente en países emergentes. Sin embargo, el que parte importante de estos proyectos sean financiados a través de préstamos con una alta tasa de interés, ha ocasionado el colapso económico de algunos países que presentan serias dificultades para sobrellevar su deuda externa.

    A pesar de que China se ha negado a aceptar que esta iniciativa esconde implicancias geoestratégicas para la política mundial, gradualmente ha ido afianzando una diplomacia basada en el manejo de la deuda exterior, conocida como la diplomacia de la deuda China.

    De igual manera, es cuestionable el modo en que las empresas chinas desarrollan su tecnología, obligando a las empresas extranjeras que deseen competir en su mercado, a asociarse y transferir parte de su innovación, proporcionando algunos de sus principales secretos industriales.

    Por otro lado, con el reciente lanzamiento de los contratos de futuro de petróleo denominados en yuanes, China busca posicionar su moneda como referente mundial para fijar los precios de las materias primas, aunque claro, la tarea es difícil considerando el predominio del dólar en esta materia. Sin embargo, es probable que el comercio mundial experimente una transición forzada que finalmente obligue a los principales proveedores chinos a aceptar sus nuevas condiciones. Con esto China profundizará su mercado financiero pudiendo controlar, entre otras cosas, los efectos de la inflación derivados de la emisón excesiva de circulante. Lo que podría conducirnos a una nueva fase en la guerra comercial.

    Así, en los próximos años, el mundo atestiguará el florecimiento o la decadencia de una nueva era bajo la sombra de un gigante.

    Por Cristhián Palma Bobadilla

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