Con sumo recogimiento: ¿Qué hace un oratorio en un mall de Santiago?

Oratorio ubicado en el interior del Parque Arauco. Foto: NM

El año 1982 se inauguró en un espacio inédito una construcción aún más inédita en este país agredido, que ya vivía su novena temporada de dictadura militar. Era el Parque Arauco, ubicado en plena comuna de Las Condes, justo en la intersección de Américo Vespucio con Avenida Kennedy.

La idea era algo así como comprar en Santiago de Chile pero sentirse en Miami: mucho más contemporáneo que los sombríos caracoles; 160 locales distribuidos en laberínticos pasillos; 39 mil metros cuadrados de construcción; un estacionamiento para más de 1.000 autos.

Poco a poco, el centro comercial fue empujando al vacío a la plaza pública y se transformó en un sector popular ante todo, visitado hasta el día de hoy por personas que compran sin dinero. La convocatoria fue transversal: llegaron las clínicas, las universidades, las veterinarias, los supermercados, las peluquerías, las tiendas de ropa y de diseño. Todos aseguraron su lugar en medio de esta fiesta crediticia.

Y había un invitado que no podía quedar fuera. A Él se le construyó una casa especial, donde las personas convertidas en clientes tuvieron acceso para conversarle en exclusiva. Era el oratorio de Dios.

Orar como el mall manda

El oratorio del Parque Arauco está entre el primer y segundo nivel del edificio. Es un espacio que persigue la misma condición de no-lugar que caracteriza al departamento que reside entre el mundo terrenal y el paraíso –destinado a la purificación de las almas previo al salto final–: el purgatorio.

La puerta se encuentra semiabierta y deja entrever un halo de oscuridad en el interior. Tan solo un empujón pequeño la abre por completo y el panorama queda a la vista: hay cuatro banquetas de madera pintadas con un barniz brillante, un altar con flores frescas, un Cristo crucificado al que le brota sangre desde sus extremidades e imágenes de otros personajes católicos.

Son las diez y media del lunes, pero acá no entra la luz de la mañana. En una de las paredes hay un mesón en el que se amontonan dos monedas de cincuenta pesos y una de quinientos. Sobre la misma superficie se ofrecen ejemplares de La Liturgia Cotidiana, un suplemento publicado por la editorial internacional San Pablo. El más reciente está fechado en diciembre de 2016, y en la portada se puede leer la siguiente máxima: «No trivialicemos la Navidad».

Me siento a esperar. La puerta permanece junta y desde el asiento logro escuchar el sonido de varios chorros de agua. Vienen desde el baño masculino, ubicado a pocos metros. También oigo a dos hombres que conversan en voz alta mientras suben por las escaleras; tararean un acento argentino. Nadie entra, salvo un joven que se acomoda en las filas de atrás, se persigna con rapidez y reza menos de 30 segundos. Cuando se va, yo cierro la puerta por completo.

Esto de los centros para la introspección en lugares aparentemente públicos no es nada nuevo. Hay algunos aeropuertos que cuentan con uno. «Hace muchos años atrás se han implementado, pero en un sentido diferente; más bien de reconocimiento a las distintas tradiciones espirituales. Si uno va a un aeropuerto internacional como París, Londres o Nueva York, va a encontrar un oratorio no confesional, que no es necesariamente un espacio cristiano, para que las personas tengan un espacio de recogimiento», dice el teólogo Álvaro Ramis, quien además es académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

Entrada al oratorio ubicado en el interior del Parque Arauco. Foto: NM

No es necesario explayarse para saber que un mall no es lo mismo que un aeropuerto. «Distinto es el caso de un centro comercial, donde las personas quieren pasar en el espacio de consumo un día domingo y al mismo tiempo cumplir con las prescripciones religiosas. Así se juntan ambas dimensiones, lo que desde el punto de vista cristiano es un sinsentido. El capitalismo tiene la posibilidad de transformar todo en mercancía. No tiene límites para convertir en producto todo lo que toca«, agrega el profesor.

Sonríe, te estamos grabando

Sigo sentado en el oratorio cuando entra un hombre que vende en una tienda del mall. Al comienzo manifiesta que ese espacio es visitado por mucha gente, pero luego de un rato admite que en realidad no. «Ya no es como antes», dice, mientras caminamos hacia la parte más transitada de esta kermés eterna del neoliberalismo.

Parque Arauco también ofrece servicio de misas. En el sitio web de la empresa liderada por José Said Saffie, se informa que el horario del rito católico es cada domingo a las 10 de la mañana. El vendedor me comenta que la ceremonia se lleva a cabo en un sector específico. Al final, cuenta que en Maipú también hay un oratorio de características similares.

Dos horas después, pasado el mediodía, voy por un pasillo de Arauco Maipú y consulto en una pantalla de informaciones la ubicación del rincón religioso. Tras unos minutos de caminata, me introduzco por un pasadizo, merodeo el baño de hombres y el de mujeres y llego a destino. Pero está cerrado. Le aviso a un guardia y prontamente se abre la puerta. Lo primero que observo no lo vi en Las Condes: una cámara está en una de las esquinas superiores, arriba del altar. Aunque parece apagada, perturba.

Oratorio ubicado en el interior del mall Arauco Maipú. Foto: NM

«En un mall hay una contradicción por la naturaleza del espacio de consumo, que está centrado en el incentivo de los deseos, del lucro, del afán de propiedad. La espiritualidad lleva a lo contrario; al desprendimiento, a la introspección, a la priorización del «ser» sobre el «tener»«, dice Ramis acerca de esta mezcla entre religión y consumo.

Añade: «esa contradicción es la que se trata de superar a través del oratorio, que viene a legitimar el consumo por la vía de expiar aquellas conciencias que todavía sienten arraigos de culpa».

Respecto de la exclusión tácita a otro tipo de religiones mediante el culto único al catolicismo, el académico concluye diciendo que «como el mall es un lugar privado, no tiene las mismas exigencias que un lugar público. Lo que sí es exigible es que responda a la universalidad de las personas que ahí transitan. Aunque no es un espacio estrictamente público, es un espacio público en un sentido amplio, por lo tanto debería ser diseñado para poder acoger a todos los credos, y proponer un lugar para realizar una propia introspección, reflexión».

Llevo 10 minutos dentro del oratorio de la empresa en su local de Maipú. La cámara no se mueve; continúa pegada en un punto fijo. Una mujer de edad avanzada entra y se persigna. Al igual que el joven que vi en el Parque Arauco, se queda en la puerta. En menos de 30 segundos se va.

Señalética que anuncia la presencia del oratorio en Arauco Maipú. Foto: NM

 

Entrada al oratorio de Arauco Maipú. Foto: NM

*El Ciudadano quiso conocer en la voz de Parque Arauco las motivaciones para instalar oratorios en sus dependencias, sin embargo, optaron por no pronunciarse.

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