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    Edison-Ortiz-3-380x252Durante los últimos días, y como se ha hecho ya costumbre, nos enteramos de una nueva red de influencia de Enrique Correa, ahora en el directorio de Fundación Mi Casa; también hemos conocido detalles de la auditoría de Jaime Estévez a Sergio Jadue que encontró todo impecable pese a que la gestión del Calerino dejó un hoyo de casi 10 mil millones de pesos en la ANFP; y con bombos y platillos Máximo Pacheco nos ha notificado la concentración energética de Chile en manos de Fenosa (a pesar de que en el programa de gobierno se dijo que iba a diversificarse) y su regresión al carbón; además, hemos tomado nota del desempeño de Rafael Guilisasti en SQM donde llegó proveniente de Corfo.

    Moscú 1979

    Es inicio de la primavera. Hotel Octibreskaia. El día está como para salir a dar un paseo. Y así lo determina Carlos Altamirano quien al abandonar el recinto, junto a un amigo, se encuentra con Enrique Correa quien como de costumbre, camina apresurado y con un montón de papeles bajo el brazo. Quien después sería caracterizado como el ministro del “chancho con chunchules” se acerca al secretario general del PS y le dice “Flaco, tengo urgencia de hablar contigo”, a lo que el mandamás del PS le responde, con cierta ironía: “No te preocupes ya hable con Lucho Corvalán”, quien también se encontraba alojado en aquel sitio, y representando con ello que el Mapu que encabezaba Correa y que ese año apoyaría la intervención rusa a Afganistán, era un satélite del PC chileno en el exilio. Por eso su respuesta: ya había hablado con su jefe, no era necesario repetir la conversación con un subordinado.

    Al alejarse Correa, Altamirano le comenta a quien lo acompaña lo siguiente: “Este guatón es la suma de todas las corrupciones”. Quien escoltaba al líder del PS nunca olvidó la frase y, cuando años después, Correa pasó a servir a las empresas monopólicas y al capital financiero, se preguntó qué sería lo que Altamirano ya conocía, para adelantarse a lo que supimos mucho después.

    En ese año el Mapu lograra hacer cuadrar el círculo: era la única organización política del Orbe que contaba con el beneplácito de los principales protagonistas de la guerra fría: la URSS (a través de Correa), El Vaticano (a través de Viera Gallo) y también de Estados Unidos (por medio de José Miguel Insulza). Ese milagro político nadie ha vuelto a repetirlo jamás.

    Son los chicos que se subieron a un coche fiscal a los 20 años y nunca más volvieron a bajarse del mismo, fuese a cualquier precio. Y ya los hemos visto: Enrique Correa, el hombre que, según el ex secretario general del PS, era la suma de todos los males que podían aquejar a un actor público, hételo ahí, eterno y siempre contemporáneo: pese a lo que se ha dicho aun aparece como vicepresidente de la Fundación Salvador Allende (FSA) en la web de la corporación, acompañando a otro converso, su presidente: Osvaldo Puccio quien hace casi una década renunció a la embajada chilena en España para dedicarse al lobby empresarial llegando a ser otro ejecutivo de una de las filiales de SQM. El largo brazo de Correa va de la empresa del ex yerno de Pinochet al directorio de la FSA; de recadero de la jerarquía católica a miembro del directorio de la Fundación mi Casa; de consejero de Isabel Allende a asesor comunicacional de la empresa de Ponce Leoru y salvavidas de Peñailillo y formador de líderes políticos, prominente hombre del partido del orden. Ni hablar de Oscar Guillermo Garretón: de radical revolucionario, padre del Mapu Lautaro, a próspero empresario que ha hecho carrera desde el Estado; qué decir de Jaime Estévez: de líder del PS a comienzos de los 90’, a regalón de los Luksic, conspirador junto al Colo-Colo del dúo Piñera-Ruiz Tagle y la Universidad de Chile, para hacer caer a Mayne-Nicholls y a Bielsa para concluir instalando a Jadue y a quien hizo una auditoria donde encontró todo perfecto y que hoy, en un tono francamente hipócrita, dice que “Jadue lo engañó”; ni hablar de Insulza, otro joven rebelde de los 60’ que como ministro de Frei Ruiz-Tagle terminó defendiendo a Pinochet; ni hablar de Fernando Flores: de ministro de Allende a adherente de Piñera; o de Guilisasti, trabajando para Ponce Lerou; tampoco podemos pasar por alto a Máximo Pacheco de hombre de la clandestinidad a quien le toca acompañar a Exequiel Ponce a una reunión secreta y quien a las dos semanas pasará a engrosar la larga lista de detenidos desaparecidos del PS y quien hoy es el principal guaripola de la empresa Fenosa que está monopolizado la energía en el país y a quien seguramente pronto veremos por allí; o el propio Carlos Montes defensor de la educación pública y luego del lucro en educación superior y quien tiene a casi toda su parentela enchufada en el Estado.

    La conversión rápida de aquella generación del socialismo al neoliberalismo, al alero de las prebendas y de los coches fiscales, amerita, así como se exige una interpretación final del PS sobre el Golpe, una explicación política y sociológica más profunda de las que se han ofrecido hasta hoy. Ya no basta con señalar que rompieron con la PDC hacia fines del gobierno de Frei Montalva solo por sus convicciones políticas reformistas pues, a la luz de los hechos, parece que también lo hicieron para no perder poder: los cargos en la administración del Estado a los cuales se acostumbraron pronto. Se hicieron entonces allendistas. Su paso luego en el exilio por los socialismos reales los transformó en satélites del gobierno de Moscú a través del PC chileno lo que implicó su respaldo a la invasión rusa a Afganistán y luego su transformación en hombre fiables para Pinochet a comienzos de los 90’ – no olvidar que el ex dictador llegó a decir que si él hubiese conocido a Correa antes lo habría nombrado ministro – y su rol, en especial, la del ministro de los brazos cortos de los “chanchos con chunchules”, en la formación de una generación de jóvenes que entendieron que la forma natural de ascender en política era aquella y que hoy están pagando los platos rotos por ello, como ocurre con el propio Rodrigo Peñailillo o el ex ministro de la Segpres Jorge Insunza.

    Santiago de Chile, 2016

    Lo cierto es que, más allá del dinero, la generación Mapu que encabezó Correa carga con el peso no menor de su doble fracaso histórico: se hundió junto con ellos su socialismo comunitario y los chilenos de a pie pagamos las consecuencias de aquello mientras ellos se reconvirtieron rápido al consenso de Washington y hoy está a punto de reventar su diseño de transición ahogado en el estiércol del lobby, las asesorías y el financiamiento inmoral de la política cuya mayor evidencia son las empresas SQM y Corpesca quienes nos presentaban un pool diverso y heterogéneo de candidatos pero que en silencio murmuraban: “voten por el que quieran, de igual modo todos nos sirven”.

    Y si bien cada cual encontró su redención en el dinero y la riqueza fácil, lo cierto es que jamás los abandonará el estigma de su doble fracaso político: su socialismo comunitario primero y luego, la transición hedionda de la que fueron sus arquitectos e ingenieros y que hoy se hunde junto con ellos a pesar de que hayan acumulado individualmente mucha plata.

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