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    En aquella pasarela de máquinas de la capital del mundo, donde existen grandes problemas de contaminación, abundan en la enorme avenida las casas sin amplias extensiones de madera, casas ni muy grandes ni muy chicas.
    Hace algún tiempo habían sido pintadas según el gusto del propietario, quedando a la altura de un gran palacio real; pero por circunstancias del tiempo y el clima se habían ido deteriorando, para tristeza de algunas de ellas por la pérdida de sus colores originales.

    Allí, en la avenida, en una gran casa vieja que, por cierto, todavía conservaba sus colores vivos, habitaba un caballero de edad y de dulce sonrisa, su pelo canoso con negros manchones producto de la porfía de los cabellos por envejecer, su cara todavía era como la de un joven trabajador, sus ojos de color castaño reflejaban todavía la energía y la vitalidad de la niñez.
    Aquel joven caballero era apodado “Verdugo”: así le decían cariñosamente sus amigos más cercanos. Sobrenombre ganado en las pichangas de fútbol de barrio por el puesto que ocupaba: arquero. Mientras él estuvo como guardapalos, su equipo ganaba, llevando el récord de cinco copas conseguidas consecutivamente. Sin embargo, aquel guardavallas sufría de una extraña enfermedad que lo tenía sin poder salir de su casa desde hacia tiempo.
    Era ya otoño. Su casa estaba temperada, aún cuando llovía torrencialmente afuera. Acostado en su lecho y con la luz encendida, escribía aquel popular caballero el inmenso dolor de su mente y corazón, recordando los días pasados al lado de una joven amiga suya, sin poder decirle cuánto la amaba. Su fuerza y valentía, virtudes tan características entre los suyos, lo habían devorado dejándole un pegajoso miedo.
    -¡La tenía tan cerca!- se lamentaba el emocionado caballero.
    Juntos les vieron los días, los meses, los años hasta que el destino los separó. Ella se fue de la ciudad que le vio nacer e hizo una nueva vida con un afamado abogado en cierta ciudad portuaria del mundo, se casó e hizo de los suyos una acomodada familia. Mientras tanto él quedó donde siempre, en la gran avenida. De pronto algo le turbó el pasado, la luz pestañeaba producto de fuertes truenos y relámpagos, el tiempo húmedo y frío había congelado las nubes.
    El caballero juvenil proseguía con sus imágenes y su escritura, acostado en la cama le escribía los más dulces y exquisitos poemas de amor imposible. Hora tras hora en la oscuridad de la noche, sólo, en la intimidad de su ser, oraba a lo desconocido por su desdichado cuerpo.
    Cansado ya, el “Verdugo” tomó su pastilla con un sorbo de agua. Era su remedio contra el insomnio. En pocos segundos era oprimido por una fuerza sobrenatural, como si fuese una cucaracha a punto de ser pisoteada por un zapato. Su corazón exaltado latía muy intensamente, sus sienes ardían. Excitado, lanzó un pequeño grito poco audible a la voz humana y sólo apreciable al oído de un minino. El caballero sin tiempo había fallecido en mitad de un sueño.

    Leonardo de Valdivia

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