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    Gabriel Boric

    Quiero solidarizar con usted, señor Boric, ante la ola de críticas que ha recibido con ocasión de haber hecho público su apoyo a los diputados Bellolio y Calisto, a quienes las autoridades cubanas no dejaron entrar a la isla.

     

    Muchos de mis compañeros creen que el derecho a la libre expresión que se ganó en largos años de pelea, era solo para defender sus propias causas y no para que cualquier persona, hijo de puta o no, pudiera decir lo que les sale de las gónadas.

    O, en su caso, de sus propios cálculos y previsiones.

     

    No sé dónde saca cierta gente, entre ellos muchos de mis compañeros de ruta y de fracasos, que usted debería por alguna obligación que no tiene, referirse a la revolución cubana con palabras más amistosas, incluso informadas. Eso queda para otra gente.

    Usted, señor Boric, no tiene esa obligación la que sí adjudico a la gente que sabe lo que es la pobreza, la marginación, la desesperanza, esos que viven alejados de la mano de la fortuna y de mínimos derechos.

     

    Que un perdedor de esos se refiera en los términos en que sus defendidos y usted lo hacen con relación a Cuba, eso sí es reprobable.

     

    Pero en su caso su conducta no es sino la expresión del derecho que tiene a no importarle qué es Cuba para los pueblos del mundo, qué representa para la gente desheredada, el rol que ha jugado para las causas más nobles y lo poderoso que es su principal enemigo.

     

    Quizás si yo mismo no hubiera sido criado en las condiciones en las que fui, padre obrero ferroviario, madre empleada doméstica, por piso la tierra y arriba las nobles fonolitas, quizás pensaría como usted legítimamente lo hace, señor Boric.

     

    Creo que esas cosas hacen, o deberían hacer, la diferencia de criterio y de percepción respecto de Cuba.

     

    Pero en tanto asumo como un honor y una obligación defender a Cuba de lo que sea, le reconozco el derecho que usted tiene para no hacerlo.

     

    La parte de mi personal sacrificio para tener la posibilidad de hablar y andar libremente por estas calles, también fue para que usted o cualquiera pueda decir lo que se le antoje.

     

    Por eso me atrevo a hacer pública esta reflexión que busca, como lo he dicho, hacerle saber mi solidaridad ante aquellos ataques que ha sufrido por apoyar a esos personajes turbios que intentaron ingresar a Cuba para provocar algún incidente, no porque les interese Cuba, su presente y destino.

     

    Usted no es un hijo de puta como algunos de mis enojados compañeros afirman. No. Usted solo es alguien que no tiene ninguna obligación con Cuba. Y eso es legítimo.

    Lo suyo es mucho más simple: necesita cultivar esa amistad cívica que ha sido tan importante para dar continuidad al orden político en el que se desenvuelve con total soltura. Está en su derecho.

     

    Finalmente, le diré algo que todo el mundo sabe. La revolución cubana ha sobrevivido a ataques algo más importantes que el dos sujetos intentando provocar. Y Cuba, señor Boric, se va a sobreponer, incluso, al ejercicio del derecho que usted tiene a expresar su solidaridad con esa gente.

     

     

     

     

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