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    Daniel sufrió de inestabilidad laboral en sus años de periodista, la que sabía llevar con cierta dignidad, hasta que decidió convertirse en guionista. Pero fue en el ’98, en su peor época, que un compañero le envió un e-mail que ofrecía “pega en Valdivia”. Al día siguiente lo teníamos por acá. Por crear una revista, le ofrecían un sueldo ínfimo, acompañado del conocido discurso: “No olvides que tú compites sólo contigo. Cuantos más auspicios consigas, más ganarás”.

    El compañero que le escribió sabía las condiciones y no se las dijo. Algo perverso para alguien de Santiago, que debía arrendar, comer y movilizarse. Daniel se enojó mucho, pero -para pasar las penas- nos juntamos a orillas del río alrededor de una botella, hasta que llegó la policía a interrumpirnos. En medio del hedor del calabozo, Daniel recriminaba a su amigo por hacerlo viajar inútilmente, porque él necesitaba trabajo y “dignidad profesional”. Ninguno entendía bien esto último, porque aún no habíamos ingresado al “mundo laboral”.
    Por mi parte, en mi carrera sólo he tenido tres trabajos que podría considerar estables y donde mis salidas no han sido muy “dignas”. Entre 1999 y 2000 ejercí como profesor de televisión en una universidad privada. Era mi primera ocupación formal.
    En enero, mientras me encontraba de vacaciones, recibí un llamado.
    -¡Aló! ¿Patricio? (Era la secretaria de escuela).
    -Sí, con él. ¡Anita! ¿Cómo estás? -respondí extrañado, porque se suponía que no nos encontraríamos hasta marzo.
    -¡Oye, Patricio! …eeeh…aaah ¿Cómo estás? Ja, ja. El director me dice que te diga que… chuta…
    Le costó mucho decirme que no volviera. Me quedé mudo. No por el despido, sino por la mala educación de no habérmelo comunicado en persona. Seguramente pensaron que por teléfono era más bonito. Como un caballero, dije adiós y le pedí a Anita que le agradeciera en mi nombre al director por la oportunidad.
    Cuando llegué a mi siguiente trabajo conté esta anécdota a mi nuevo jefe, quien era alguien muy cercano y de confianza. Me aconsejó no decir jamás que me habían echado: “tienes que decir que prescindieron de tus servicios”. Lo hacía de buena fe, pero a mí me sonaba a manual de management de tercera.
    El hablar de más sobre lealtad le pasó también la cuenta a mi jefe: el 2004, al regresar desde el norte de mi proyecto de investigación sobre la Guerra del 79, me encontré con un enorme candado que cerraba el acceso principal. Después de años de boletear al mismo patrón, nos echaban sin mayor aviso, como para darnos algún tiempo de buscar en otro lado. El cierre de la productora fue definitivo, aunque habíamos tenido al jefe enfrente diciendo muchas veces que no.
    Pasé más de un año entre proyectos hasta que, finalmente, me comprometí en uno con exigencias de lealtades, las que por supuesto terminaron siendo unilaterales. El desempeño era por un año en periodismo institucional y ni siquiera llegamos a la mitad del período pactado, cuando se terminó con el pago de mis honorarios. En marzo, cuando envié mi boleta electrónica, la secretaria me pidió por e-mail que no enviara la próxima. Mi jefe me dijo que no podía hacer nada; que así era la vida y que tal vez podía ser una oportunidad. Claro, yo también creo que la incertidumbre mantiene viva la oportunidad y la expectación, pero no te pueden avisar el 31 de marzo que el 1 de abril no tienes trabajo. En ese momento me sentí como Osorio en su viaje inútil a Valdivia en 1998.
    El tema de la dignidad profesional recién se comienza a discutir entre los colegas. Mi aporte es que un vendedor de ollas al que le dicen: “lo nuestro no son ollas, son baterías de cocina. No vendemos productos, llevamos felicidad a la dueña de casa”, tiene más dignidad. Porque si no venden, cuando van a devolver los productos o se los van a quitar, alguien los despide.
    Nada como las cosas por su nombre y cara a cara.

    Patricio Álvarez

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