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    corrupción

    Altos niveles de desconfianza hacía y desde toda la clase política chilena parece ser el nuevo paradigma que mueve el que hacer de lo político, donde los amagues de incendios ya se han declarado y al parecer esta vez, no bastará con buenas intenciones o comisiones de especialistas para encontrar una salida rápida a la problemática. La opinión pública ha sido categórica en su repudio y castigo (hasta ahora moral) por las implicancias de los hechos, pues la significación es clara: No somos iguales, ni en justicia, ni en comercio, ni en oportunidades. Pues basta ser hijo de la Presidenta para que el mismísimo dueño de un banco te reciba y facilite las condiciones optimas para un préstamo millonario. Porque con un “Me entere por la prensa” o que estos han sido “Momentos dolorosos” alcanza para atenuar las circunstancias, para dejar en calma a la dueña de casa, al trabajador de honorarios por boletas (ideológicamente correctas) o al que se levanta a las 06.00, para tomar la micro a las 06.50, hacer combinación con Metro a las 07.20 y poder llegar a la pega/universidad/colegio a las 08.00. Total, que son $6.500.000.000 de pesos. ¿Por qué nos tendría que molestar?

                    Pero la chispa de este Fiendfyre comienza antes con el caso “PENTA”, donde se dejó entrever las retorcidas conexiones entre el empresariado y el mundo político. Ese espacio maquiavélico que podría transportar dinero sucio –mediante boletas “ideológicamente falsas”-, fuera de los ojos del SERVEL, para saldar campañas políticas asegurando elecciones. Su principal beneficiario, la Unión Demócrata Independiente (UDI), ha sido insistente en separar las causas; que allí donde allá delito tributario las instituciones deben funcionar, pero que las aristas políticas son otra cosa. A pesar de aquello, los coletazos han golpeado al mismo corazón del partido: Jovino Novoa, Ena Von Baer, Pablo Zallaquet, Iván Moreira, Laurence Golborne, Alberto Cardemil, Felipe de Mussy han sido mencionados como receptores y/o participantes de estos hechos. Donde incluso algunos han llegado a entregar declaraciones públicas sobre estos antecedentes, como tratando de maquillar a la mona, poniéndose el parche antes de la herida. Aun así, y a pesar de los esfuerzos, el caso ha tomado tales ribetes que el propio Fiscal Nacional -Sabas Chahuán- solicitará una audiencia para formalizar a los que resulten involucrados. Y pensar que si no hubiera sido por el “Grito de dolores” de Hugo Bravo, este caso no hubiera pasado más allá de un fraude al fisco. Dejando a quienes son hoy Honorables Diputados y Senadores mirando desde las ventanas del congreso con una sonrisa a medio filo. Luego a sorpresa de todas y todos, esto resulto solo ser la punta del iceberg, quien nos marca la presencia de un gigante que vino a ensombrecer todo: El caso SOQUIMICH nos muestra hasta qué punto el empresariado está ligado profundamente con el mundo político y como entre ellos se lavan las manos a costa del sufrimiento de un país completo. Sin distinción de colores políticos o posiciones ideológicas. Donde la Izquierda y le Derecha, unidas, jamás serán vencidas.

    Ante este panorama, me atrevo a decir sin equivocarme que nos encontramos en la crisis política-institucional más grave y profunda que ha tenido nuestro país desde su retorno  a la  democracia. La confianza y credibilidad de nuestra clase política está en el suelo junto a la de sus instituciones más vitales para la democracia. Ellos haciendo oídos sordos a la molestia y disconformidad de sus ciudadanos, tratan de salir al paso con un acuerdo político sellado en 4 paredes casi queriendo volver a la política de “en la medida de lo posible”. Cegados por la soberbia tratan de dar palos en una noche que premura sus más profundos temores: se les acaba el negocio y la política, después de casi 40 años, vuelve a las manos de un pueblo cada día más ávido y fiscalizador de la labor de aquellos que dicen “trabajar por un bien común”. Que funcionen las instituciones, que el peso de la noche aplaste a cada uno de los responsables políticos de estos acontecimientos y, de una vez por todas alcemos la voz como un solo ente soberano aclamando por la mejor forma de dar una solución real a este panorama: Hoy más que nunca se ha hace necesaria una Asamblea Constituyente que desde la ciudadanía establezca un nuevo marco institucional en donde se haga espacio a todas y todos. Donde no sean los lazos familiares quienes por medio de una suerte de dinastía dirijan y se apropien de nuestro país, solo para defender intereses particulares dejando de lado las reales necesidades de la gente.

    Avancemos sin miedo por una Asamblea Constituyente.

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