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    La semana pasada, Argentina suspendió el suministro de gas a las industrias chilenas por 6 días. Los industriales, además, fueron notificados por las empresas distribuidoras del aumento en el costo del servicio. Así, todo se redujo a una discusión basada en costos, precios y consecuencias económicas, pero se ha tomado muy poco en cuenta que esas industrias, que ahora se quedan sin gas, deberán necesariamente cambiarse al petróleo como energético.

    Este cambio de gas a petróleo, uno de los combustibles más contaminantes, acarrea un grave riesgo para la salud de las personas y para el medioambiente. El 80% de las industrias deberá usar diesel en sus actividades productivas, lo que significará aumentos en las emisiones de material particulado, material fino y dióxido de azufre, provocando así graves impactos en la población.
    Por eso, más allá de las consideraciones económicas del recorte de gas argentino a Chile, durante este invierno estaremos enfrentados a un incremento en la contaminación atmosférica, que fue catalogada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como prioridad sanitaria. Esto, porque el 1,4% de todas las muertes en el mundo se producen por la contaminación del aire.
    Sólo en Santiago, 550 personas mueren al año a causa de las malas condiciones de ventilación de nuestra ciudad y de los excesivos gases tóxicos en el aire. Lo más preocupante de esta situación es que la contaminación de Santiago no ha estado presente en el debate en torno al gas argentino, sólo se ha recurrido a los costos económicos para medir los impactos de la falta de este combustible.
    No nos puede sorprender entonces que terminemos relajando las normas y la fiscalización, haciendo más permisiva la contaminación. En pos del crecimiento económico, las autoridades dejarán a las industrias contaminar libremente el aire. Tal como lo anunció el ex ministro de Hacienda, Nicolás Eyzaguirre en marzo de 2005, cuando señaló que el gobierno deberá ser más flexible en el uso del petróleo, porque ser excesivamente celosos con los temas ambientales puede generar problemas energéticos y económicos.
    Esta despreocupación por la contaminación de las ciudades y por la salud de las personas es un reflejo de las verdaderas prioridades que tienen las autoridades chilenas, las que se circunscriben al crecimiento económico y a asegurar la rentabilidad del capital y de las ganancias de las grandes empresas. La Concertación ha demostrado lastimosamente no tener un proyecto de país que vaya más allá de los intereses empresariales, en donde ganen también los trabajadores, los intelectuales, los estudiantes y el país en general.

    Marcel Claude

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