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    En el duro trance de sobresalir a todo evento (asunto que le compete, por naturaleza, al ser humano), la juventud de los barrios populares, décadas pasadas, tenían un destino común: la demarcación de sus territorios, por su residencia, por la unidad generacional y por los sitios habituales que les permitían esparcimiento y ser punto de reunión.

    Generalmente no se aceptaban de buen grado visitantes de otros barrios. Dejando claramente establecido que los noviazgos no prosperaban en ese contexto. Y bien podía suceder que el galán, en sus correrías amorosas, pagara cara la osadía y la intromisión en un terreno vedado para este tipo de aventuras. No obstante, quedaba el recurso (para las parejas shakesperianas) de buscar la tranquilidad en un lugar neutral, para dar rienda suelta a sus apasionados romances.
    Quedaron anclados en mis recuerdos grupos de jóvenes ocupando las aposentadurías del único cine-teatro existente en aquella época. Otros, mostrando orgullosos sus recias y tostadas estampas en los márgenes del río Llollelhue. Los mismos que más tarde, en polvorientas canchas, disputaban reñidos partidos de fútbol. Ellos eran nuestros jóvenes, provenientes de todos los lugares de La Unión, paseantes frecuentes de los senderos de la plaza “La Concordia”, en tardes ahítas de sedativa calma, cuando la claridad solar se repartía, generosa, en gloriosos días estivales.
    De esa juventud dorada, exuberante, extraigo la figura de un esforzado exponente del rudo deporte de los puños: Dagoberto Cisternas, el popular “Daguito”, que comenzó su carrera pugilística a los dieciséis años. Hizo más de cuarenta peleas y estuvo ranqueado como un “gallo bueno pa’ los combos”. Debutó en peso mosca (61 kgs.), pasando a la categoría de medio mediano ligero (63 kgs.). Combatió en Paillaco, Valdivia por el norte y en Río Bueno, La Unión, Osorno y Puerto Montt por el sur. Con el apoyo de los clubes deportivos “Estrella de Chile” y “Municipal”, paseó, por años, la bravura de un unionino constante que tenía como máxima deportiva: “Del trabajo al cuadrilátero”.
    Noches de ringside, con butacas rodeando la arena. Noches de golpes, de jolgorio, de esperanzas, de apuestas. De góndolas (microbuses) y camiones repletos de entusiastas hinchas que acompañaban a los púgiles en las buenas o en las malas.
    Vaya un sencillo homenaje a los preparadores físicos de aquellos tiempos: Ernesto Oyarzo, Norberto Perth, Orlando Mendoza Valdebenito. También mi reconocimiento a Ventura Álvarez, el querido “mono”. Personaje del barrio “Matadero” que más de una vez enfrentó a “Daguito Cisternas” en reñidos combates…

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