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    Sobre la crisis de la Iglesia Católica de Chile

    Consideraciones acerca del itinerario de la orientación pastoral: de la promoción humana hacia la corrupción.

    En el año 2005, Ricardo Ezzati, en ese momento obispo auxiliar de Santiago de Chile, recibió una denuncia por abusos sexuales en contra del presbítero Fernando Karadima, párroco del Sagrado Corazón de El Bosque, uno de los sectores exclusivos de la capital de Chile.  El denunciante afirmaba haber sido víctima de acoso e intento de abuso sexual cuanto tenía entre 18 y 20 años.  Esa investigación canónica se estancó por años.  Otras denuncias similares contra Karadima permanecían en la misma situación.  El 22 de abril de 2010,  The New York Times publicó un amplio reportaje  donde Juan  Carlos Cruz, James Hamilton y José Andrés Murillo relataron una serie de hechos que, además de abusos sexuales, incluía aristas económicas, penales y vinculaciones con redes de poder que involucraban a gran parte de la élite empresarial, eclesial y política de Chile. La Iglesia no había adoptado  las medidas necesarias para detener las agresiones ni tampoco para ayudar a las personas afectadas.  Al contrario, el Cardenal Francisco Javier Errázuriz y el cardenal Ricardo Ezzati deslegitimaron a los acusadores, catalogándolos como “enemigos de la Iglesia”.

    El “caso Karadima” abrió una larga serie de abusos encubiertos durante décadas, lo que ha acrecentado  la desafección  ciudadana hacia la institucionalidad  de la Iglesia.  Karadima, el nuncio apostólico  Angelo Sodano y el cardenal Jorge Medina, todos ellos partidarios abiertos de la dictadura militar,  habían gestionado el nombramiento de cinco obispos discípulos de Karadima y la ordenación sacerdotal de decenas de curas que dependían de quien había sido su “director espiritual”, lo que incluía el abuso de conciencia y el abuso sexual.  Hoy, varios de estos sacerdotes reniegan de su mentor y otros niegan su complicidad en los delitos cometidos y por los que Karadima se encuentra condenado por El Vaticano.

    La Iglesia Católica de Chile, antes admirada y respetada y que  diera un testimonio evangélico indiscutible, hoy es rechazada por el 80% de la población, de acuerdo a las encuestas.  ¿Qué ha sucedido para experimentar un  cambio tan drástico?  ¿O siempre estuvo presente el germen de la corrupción y ahora se ha hecho visible?  ¿Cómo se explica que la Fiscalía acompañada de policías se vea en la necesidad de allanar oficinas de la Conferencia Episcopal y de diversos obispados porque los obispos niegan la entrega de documentación a la justicia?

    I  OBSESIÓN DE PODER

    Cuando en la modernidad emergió la idea de individuo por el surgimiento del capitalismo,  junto a ello se debilitó  la estratificación  social de la que la jerarquía de la Iglesia Católica formaba parte.

    La noción de libertad individual condujo a la soledad, con su consecuente pérdida de seguridad y de pertenencia.  Entonces se buscó eludir a este mundo hostil a través del poder, la fama y el dinero, alcanzados mediante la competencia.  El orden social dejó de ser identificado con el orden natural.

    Esta nueva concepción de la libertad individual también significó una evasión de la responsabilidad social.  En cambio, la riqueza, el poder y el éxito material se convirtieron en el fin del hombre.

    La Iglesia Católica perdió autoridad intelectual y poder político.  No obstante, a través del origen social y las vinculaciones familiares, la jerarquía supo adaptarse para recuperar y mantener privilegios, olvidándose de ser la Iglesia seguidora del Evangelio de Jesús.

    La institución eclesiástica se ha mantenido en pié impregnándose de autoritarismo y, para ello, retomó la fusión  y la ligazón con quienes le proporcionaban la fuerza que había perdido con el advenimiento de la modernidad. Internamente, su institucionalidad se ha desarrollado en base a relaciones sádicas y  masoquistas que desembocan en  integrantes con personalidades neuróticas,  confundiéndose la subordinación con amor.

    Estas relaciones institucionales internas de hostilidad y resentimiento se proyectan hacia el mundo y su devenir histórico, puesto que los jerarcas de caracteres autoritarios no aceptan la libertad ni la igualdad.  La imposibilidad de expansión de las capacidades personales desencadena angustias y frustraciones vitales que, si no desembocan en desequilibrios síquicos, se canalizan hacia la conformidad.  Esta ha sido adoptada por los católicos y en  especial por los consagrados que son catalogados como “normales”, “buenos”  o “no conflictivos”, porque han dejado  de ser ellos mismos y han adoptado las “santas reglas”, el “derecho canónico”, la “infalibilidad” del Papa, la obediencia al “superior”, etc., ocultándose a sí mismos cualquier discrepancia entre el propio yo y la autoridad de la Iglesia.  Por tanto, se pierde así la originalidad, la creatividad y la propia identidad, porque quienes piensan por sí mismos son marginados y condenados.  Sólo se  mantienen en el ámbito de la “seguridad” aquellos que satisfacen las expectativas de los “superiores”, quienes representarían a Dios.  Todo esto, porque la desesperación conduce a aceptar a cualquier “líder” o cualquier ideología que, aparentemente, pudiera proporcionar significado a la vida.

    Ha sido este afán de mantener y ejercer el poder sobre los “subordinados” usando para ello “cualquier medio” para otorgar la seguridad que es ajena a la conciencia de los católicos, lo que ha posibilitado que la historia haya pasado por el lado y  por sobre la Iglesia Católica: la ciencia experimental, el heliocentrismo, la Revolución Industrial, la Revolución Francesa, el movimiento obrero, las grandes revoluciones sociales del siglo XX, la teoría de la evolución, el sicoanálisis, el liberalismo, la democracia, los derechos humanos, etc.

    En síntesis, la Iglesia Católica, movida por la obsesión del poder, ha negado los aportes de humanización de la modernidad y no los ha incorporado a su “hábitat”, tales como la conciencia de la subjetividad, por cuya libertad es irreductible al mundo de los objetos; la conciencia de la historicidad del hombre, por lo que es innegable que todo lo humano es condicionado histórica y culturalmente; la conciencia de que el orden social es fruto de acuerdos humanos y no es una realidad natural y, menos aún, de una voluntad divina que lo sacraliza; la interdependencia universal, que incluye la unificación de la historia, por lo que la “historia de la salvación” no es “independiente” de la historia humana; el desarrollo del conocimiento que ha permitido un gran dominio sobre la realidad.

    II IMPERMEABLE AL DEVENIR DE LA HISTORIA

    La alianza entre la Iglesia Católica y el antiguo régimen  se mantuvo en el mundo moderno.  La nueva clase social, la burguesía, no encontró un lugar en la Iglesia Católica, puesto que el burgués afirmaba la prioridad de la actividad creadora del hombre en diversos ámbitos: en el orden político, negó el derecho divino de los reyes, afirmando que la autoridad proviene de la ciudadanía.  En el orden económico, desarrolló el capitalismo.  En el orden cultural, enfatizó la libertad del pensamiento y el rechazo a la autoridad de la Iglesia.

    De esta manera, el régimen liberal se consolidó en la segunda parte del siglo XIX.  No obstante, la Iglesia Católica insistió en la consolidación del antiguo régimen. Pío IX luchó contra los liberales debido a la “cuestión romana”, esto es, la unificación de Italia incluyendo a los Estados Pontificios. Los liberales exigían la “Constituyente italiana”. Pío IX  accedió, pero posteriormente huyó y declaró nulo todo lo que había afirmado bajo presión.  De todas formas, en Roma se proclamó la República.  Pío IX acudió a las naciones católicas (Francia, Austria, Nápoles y España) pidiéndoles la intervención militar para que le fueran devueltos los Estados Pontificios.

    Luis Napoleón envió tropas y terminó con la República Romana.  El Papa retornó para restaurar el antiguo régimen: inquisición, consejos de censura, gobierno de cardenales, infalibilidad del Papa (establecida en el Concilio Vaticano I).

    En el intertanto, se había desarrollado el socialismo que, al igual que el liberalismo, nació de la Ilustración en antagonismo con la Iglesia y lo sobrenatural.  Liberales y socialistas priorizaron la libertad.  Los liberales, para sí mismos.  Los socialistas, para la colectividad.  Las pugnas y afanes de poder impidieron a la Iglesia visualizar el surgimiento del marxismo y su significado, además de su enorme influencia en el mundo en el siglo XX.  También la Iglesia se opuso al marxismo sin conocerlo.

    León XIII ha representado el primer intento de reconciliación de la Iglesia con el mundo.  Dicho diálogo se abrió en lo social y en lo político, pero no en lo filosófico.

    La Iglesia proclamó a Cristo como sentido de la vida humana.  Para ello no era necesario defender en bloque la escolástica, la monarquía y los valores sociales tradicionales.  Por esto, los tradicionalistas continúan pensando que el orden de la sociedad está trazado de antemano por Dios: un lugar para el rico, un lugar para el pobre.  Y esto es inmutable.  Por su parte, las revoluciones han postulado al hombre tomando la historia en sus manos.  Ello ha obligado a los cristianos, especialmente en América Latina, a revisar la idea de Dios.

    La respuesta católica ha sido el neotomismo, que es pensamiento de la sustancia.  El accidente, que es la historia, no fue asumido.  Es un pensamiento del ser, no de la acción.  Es así como los documentos sociales del magisterio encierran una contradicción: orientan a los cristianos para el cambio social, pero con categorías éticas que más bien son para pensar la conformidad y resultan “inoperantes” para la acción.  No era necesario haber “congelado” a Santo Tomás.

    III IGLESIA CATÓLICA DE CHILE ABIERTA A SIGNOS DE LOS TIEMPOS

    A inicios del siglo XX, los obreros chilenos habían despertado y también lo hicieron al margen de la Iglesia.  Esto ha sido denominado como el mayor escándalo: la Iglesia Católica perdió al proletariado.  Simultáneamente, la oligarquía derrochaba las rentas del salitre.  La naciente clase media se expresaba políticamente a través del Partido Radical.  El proletariado lo hacía a través del Partido Demócrata.  Ambos sectores se unieron con los liberales en la Alianza Liberal, en contra de la Unión Nacional formada por los conservadores católicos, representantes de la antigua oligarquía.

    El entonces Presidente de la República, el liberal Arturo Alessandri, en medio de grandes avatares, gestionó el proceso de separación de la Iglesia y el Estado.  El Arzobispo Crescente Errázuriz comprendió el espíritu de la época y accedió a dar el histórico paso.  Crescente Errázuriz estuvo de acuerdo con la necesidad de hacer reformas sociales y deslindó el campo de la Iglesia y del Partido Conservador.  Prohibió la participación del clero en la política de partidos e insistió en dar educación y cultura cívica al pueblo.

    Fue así como la Constitución Política de la República instaurada en 1925 garantizó “la manifestación de todas las creencias, la libertad de conciencia y el ejercicio de todos los cultos”, lo que no privó a la Iglesia Católica de su personalidad jurídica de derecho público. El arzobispo Crescente Errázuriz y  todo el episcopado, una vez promulgada la Constitución de 1925, declararon que “el Estado se separa, en Chile, de la Iglesia, pero la Iglesia no se separará del Estado y permanecerá pronta a servirlo; a atender el bien del pueblo; a procurar el orden social; a acudir en ayuda de todos, sin exceptuar a sus adversarios en los momentos de angustia en que todos suelen, durante las grandes perturbaciones sociales, acordarse de ella y pedirle auxilio”.

    Desde entonces, la Iglesia Católica buscó formas de presencia en la sociedad democrática.  A partir de 1932, el episcopado comenzó a tener reuniones estables, armonizando las relaciones con el Estado y siendo garantes de la identidad orgánica, aunando criterios en torno al funcionamiento de la Acción Católica y el problema del social-cristianismo que exigía la libertad de los católicos para militar en partidos distintos del conservador.

    En la década de 1940 se enfatizó el compromiso social de los católicos, hasta que en 1950 la carta del cardenal Tardini explicitó que la unidad de los católicos debía darse en cercanía a los obispos y no alrededor de un partido político.

    En noviembre de 1952 se constituyó la Conferencia Episcopal, que fue un pilar de la presencia de la Iglesia en la sociedad chilena, legitimando el pluralismo tanto entre los católicos como en la sociedad: la identidad eclesial se estableció en la doctrina y en la acción sociales; hubo una explícita opción por el desarrollo y por la democracia.

    Lo anterior se plasmó en la implementación de la Reforma Agraria y en históricas cartas pastorales de la década de 1960: “La Iglesia y el problema del campesinado chileno” (1961); “El deber social y político en la hora presente” (1962); “Chile, voluntad de ser” (1968).

    En consecuencia, la defensa de los derechos humanos durante la dictadura militar-empresarial puede comprenderse como un paso natural del caminar de la Iglesia chilena que, en 1967, había realizado el Sínodo de Santiago, con el memorable lema: “Iglesia de Santiago: ¿qué dices de ti misma?”.  Allí participaron activamente los laicos para llevar a la realidad el “aire fresco” del Concilio Vaticano II.  A la reforma universitaria se pueden sumar las organizaciones sociales, el movimiento cooperativo, la alfabetización, etc.

    La palabra de la Iglesia a través de  obispos honestos, cultos, respetuosos, fue siempre clara, oportuna, inteligente, orientadora y  profundamente evangélica.  La Iglesia Católica, habiendo asumido el Concilio Ecuménico Vaticano II e incorporado los valores de la modernidad, era mirada con respeto y reconocimiento.

    ¿Por qué se ha llegado a la actual situación que produce “dolor y vergüenza”?

    IV EL LARGO INVIERNO ECLESIAL

    Innegablemente,  la Iglesia Católica pasó de una pastoral que entendía la promoción humana integrando la evangelización, a un ejercicio del poder que distanció a la jerarquía de los cristianos más conscientes.

    Cuando Juan Pablo II se unió a Bush y a Margaret Thatcher en la imposición de la ideología neoliberal y que, tras el derrumbe del bloque soviético, se extendió la idea del “fin de la historia”, en Chile la dictadura dio paso a una negociación con los dirigentes políticos que contaban con la anuencia de los poderosos del mundo.

    Se negoció la mantención de la Constitución de 1980, la continuidad de la política económica de libre mercado y la impunidad de Pinochet.

    El arzobispo de Santiago, Carlos Oviedo, consideró que la Iglesia debía “retornar a las funciones que le eran propias” y así contribuyó a la desarticulación de las organizaciones sociales  y comunidades cristianas populares que se habían desarrollado al alero de la Iglesia. Así aceleró la desarticulación del tejido social y la pastoral social se trasladó hacia el asistencialismo.

    Los nombramientos de obispos recayeron en personas de poca visión, formados en una perspectiva preconciliar.

    La institucionalidad vertical y autoritaria se impuso en todos los ámbitos.  Aquí ha radicado el núcleo de la crisis eclesiástica: el uso y el abuso del poder, puesto que toda autoridad sin contrapeso y sin control tiende a abusar.

    Es, entonces, indispensable cambiar las estructuras de poder, lo que implica la participación de la comunidad en la forma de elección de los obispos.

    Los laicos de Osorno constituyen una comunidad que ha levantado la voz durante años sin ser escuchada.  Existiendo tantos medios de información, no es creíble que al Papa le haya faltado información en forma “veraz y equilibrada”.

    La Iglesia chilena, con obispos lejanos, ligados a los grupos económicos que concentran la riqueza producida por quienes trabajan, retornó a siglos pasados al castigar la disonancia, enjuiciando a quienes han disentido de sus torpezas, inconsecuencias y delitos, uniformando a los católicos, ahogando las conciencias y el discernimiento personales, obsesionados por el cuidado administrativo, custodiando la ortodoxia y la obediencia,  así como la pulcritud sacramental y litúrgica, obsesionados por la moral sexual que ellos no practican.  Todos han renunciado a sus cargos.  No obstante, continúan ejerciendo como si nada hubiera ocurrido.

    Es esta una Iglesia herida, con un episcopado desprestigiado, desacreditado e impermeable al reconocimiento de la crisis eclesial.

    La encuesta PUC-Adimark (2017) señala que el 59% de la población de Chile se profesa católica.  El mismo sondeo en 2006 arrojaba un 70%.  En la misma medición de 2017, sólo el 26% de quienes que son padres desearían que sus hijos se eduquen en un colegio católico.

    La falta de credibilidad de la Iglesia se debe en gran medida a los delitos de abusos sexuales cometidos por sacerdotes y consagrados, realizados por muchos años y por muchos años encubiertos por las autoridades de las entidades eclesiásticas. La institución se ha visto obligada a reaccionar sólo tras denuncias de víctimas que pertenecen al sector social poderoso. A las víctimas pobres no se les ha escuchado. Como tampoco se han adoptado cambios de la estructura de poder eclesial, sin lo cual toda medida de reparación resulta inocua.

    La forma de vida de los sacerdotes  y religiosos, sometidos a presiones institucionales, siempre viviendo con temor al castigo y a la denuncia, inevitablemente conduce al estrés y a un desgaste emocional que irrumpe con violencia y que se manifiesta en los abusos sexuales y abusos de poder y de conciencia. Es indispensable que la forma de vida religiosa y sacerdotal, anclada en la soledad y en una permanente mentira hacia sí mismos y hacia los demás, requiere cambiarse o, al menos, debe atenderse la salud mental y ejercerse supervisión respecto de las actividades pastorales y de acompañamiento espiritual.  La soledad y la amenaza permanente de castigo contribuyen a incrementar los desequilibrios síquicos que se expresan en los distintos tipos de abusos.  Es innegable que la selección y formación de religiosos y sacerdotes es superficial y, por tanto, nociva para ellos mismos como para las comunidades a las que atienden.  En cuanto a la sexualidad que es negada, temida y reprimida, inevitablemente ésta desemboca en patologías y es éste un tema que la Iglesia nunca ha asumido con seriedad y respeto.  Los delitos de abusos no pueden continuar siendo desmentidos o calificados como “calumnias” o “complot de los zurdos”  o “producto del morbo de los periodistas”.

    Hasta ahora, los obispos no han dado señales de búsqueda de soluciones reales.  Pareciera que están esperando que pase el tiempo para dar vuelta la página.  No escuchan ni han atendido a los “signos de los tiempos”, porque no han querido comprender que la Iglesia es el Pueblo de Dios y no sólo del cura o del obispo.  No habrá solución si continúan en sus cargos los mismos que son responsables de los delitos denunciados.  Es el autoritarismo internalizado en sus espíritus lo que les ha deformado la conciencia. En su visita a Chile, el Papa les dijo que “los laicos no son nuestros peones, ni nuestros empleados. No tienen que repetir como “loros” lo que les decimos”.

    La Iglesia es el Pueblo de Dios y no la élite de consagrados y presbíteros.  Al  menos, como corolario de la crisis de la Iglesia, hoy es inadmisible cualquier actitud condenatoria, agresiva o autoritaria con quienes piensan por sí mismos o tienen dificultades para sobrellevar el peso de sus límites.

    ¿Cuál es la solución?  En la ocasión antes señalada el mismo Papa recalcó que “cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual”.

    Hay que ir a la Palabra de Dios, actualizada por el Concilio Vaticano II, por Medellín, por Puebla y por la palabra y el testimonio de tantos apóstoles generosos que transmiten el Evangelio a través de sus testimonios y que son marginados por quienes han convertido a la Iglesia Católica en una “cueva de ladrones”.

    Por Hervi Lara B.

    Servicio Internacional Cristiano de Solidaridad con los Pueblos de América Latina (Sicsal).

    Comité Oscar Romero-Sicsal-Chile.

    Santiago de Chile, agosto de 2018.

    Presentación del Comité Oscar Romero-Sicsal-Chile. Encuentro Medellín + 50.  El grito de los pobres, gritos por la vida, luces y sombras a 50 años de Medellín.

    Medellín, Colombia –  28 de agosto al 1º de septiembre de 2018.

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