Una loca noche para Lemebel

Captura de pantalla 2017-01-24 16.33.40Hace poco más de tres años Alejandro Modarelli estuvo diez días en coma a raíz de un suceso respiratorio durante un vuelo entre Bogotá y Buenos Aires. El avión aterrizó de suma urgencia en Santa Cruz de la Sierra, en pleno llano boliviano del compañero Evo Morales, donde la muerte dudó si llevarse o poner el cuerpo sodomita de Modarelli en suspenso. Alejandro recuerda esos largos días y aturdidas noches santacruceñas, señalando: “En esas jornadas en las que mi vida dependía de un pulmotor soñé rigurosamente. Una suma de experiencias más poderosas que cualquier ficción. Incluso algunas muy calientes porque Eros no te abandona ni cuando estás cagado”, dice. En uno de esos locos sueños mojados de complicidad Alejandro viajó a Santiago de Chile a encontrarse con quien sentía su nodriza literaria, Pedro Lemebel, un atesorado deseo que se concretaría en el año 2014.

“La Noche del Mundo” de Alejandro Modarelli que presentamos hoy en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago de Chile habla de su casi muerte, su amistad con Pedro Lemebel y de la pasión marica que recorre o corroe nuestra cuerpa. La misma pasión que le lleva a Moderelli a cruzar una y otra vez la Cordichera de los Andes arribando ahora a Santiago para presentar esta exquisita obra en homenaje a nuestro Pedro Lemebel, un bienvenido tributo que las locas fuertes teníamos pendiente y que hoy, gracias a “La Noche del Mundo”, podemos concretar. Entonces: Hoy, amigas todas, celebramos La Noche del Mundo, La Noche de Modarelli, La Noche de Lemebel, La Noche de Todas Nosotras las Locas del Mundo Mundial.

“La Noche del Mundo” es un libro de crónicas del planeta marica de fines de siglo que el periodista y escritor Alejandro Modarelli publicó a fines de 2014 a través de editorial Mansalva y que dedica a Pedro Lemebel, llamándola: “Señora de pobla en su trinchera”. Un libro donde se rinde también merecido homenaje a otras señoras y señoronas como el tremendo cronista mexicano Carlos Monsiváis y la talentosa e inconfundible Chavela Vargas.

Estamos frente a un libro importante, un libro de trincheras a lo Lemebel, una caja de recuerdos urbanos, disputas políticas, alegatos críticos y añoranzas de un pasado que pasó, pero de un presente político que advierte: “La aventura marica latinoamerica está en peligro”, me dice el mismo Modarelli en una entrevista para la Agencia Presentes, Periodismo de Géneros. Ahí Modarelli denuncia el avance de las agendas gays sutchi fu fu o fi fi, como decimos nosotras las resentidas. Modarelli hace referencia a las agendas normalizadoras, igualizantes e institucionalizadoras que buscan borrar de un plumazo la lucha histórica de maricas críticas, lesbianas fuertonas y travestis rabiosas.

Medios de comunicación de Chile y Argentina han hablado, difundido y reseñado “La Noche del Mundo” de Alejandro Modarelli. Según la prestigiosa Revista Ñ del diario El Clarín, los textos de Modarelli “recorren lugares del pasado de la vida gay, narran las venturas y desventuras de los cuerpos, las historias de los seres que acompañan las fantasías, los fervores, los terrores del cronista”. Por su parte el trasandino diario La Nación, agrega: “Modarelli en sus crónicas sigue el rastro que hace del homosexual un aventurero, siendo la ciudad una cartografía para sus goces inesperados”. En Chile, Modarelli ha contaminado con sus letras maricas las páginas de Radio Coooooperativa, mientras El Ciudadano.cl armaba una atrevida trenza maricona política literaria entre Perlonguer, Monsivais, Lemebel y Modarelli.

La Modarelli es de escritura, vida y trenza suelta. Nunca olvidaré el día en que Pedro Lemebel me escribió para invitarme a su departamento porque venía, según Pedro, a visitarlo desde la República hermana de la Argentina un tal Alejandro Modarelli. “Debe ser importe esa señora”, dije yo, para que Pedro invite tan cariñosamente. Tal vez, pensé, son amigas íntimas al estilo Lohana Berkins, aquella brillante amiga de Pedro Lemebel que falleció hace poco. Siempre recuerdo que la última vez que estuvo la dulce Lohana en Chile tenía cierta inquietud en visitar al Pedro en su casa porque, me confesaba Lohana, el Pedro la encerraba y escondía las llaves nadie sabe dónde. Después de los copetes, nadie, ni el mismo Pedro, se acordaba. Un beso cómplice Lohana querida.

Y así, pensando que seguramente quedaríamos encerradas, arribé al departamento de Lemebel en un edificio vecino de este Museo de Arte Contemporáneo y ahí estaba Pedro, Jaime Lepé y la señora Modarelli. “Simpática, agradable, decente la amiga argentina”, dije yo, haciéndome la cuica pobre. ¿Y desde cuándo se conocen?, pregunté. “Desde hoy, niña”, me respondió la Pedro. Fue divertido y alucinante a la vez, sin saberlo, pero queriendo, ser testigo y protagonista del encuentro de dos talentosos cronistas transfronterizos, dos amigas locas que comenzaron un bello amoroso transitar. El mismo Alejandro Modarelli, entrevistado por este colita periodista, comentó: “Cuando llegué al departamento de Pedro Lemebel, en Bellas Artes, donde había organizado una reunión para conocernos, me puse nervioso; era lógico: por un lado debía tramitar internamente la admiración, que de un modo o de otro genera distancia, y también la leyenda que corría en Buenos Aires de las reacciones chifladas de la diva de población. No había llegado todavía nadie más y la loca estaba inquieta y consciente de lo difícil que era entenderla, por el cáncer de laringe que la había dejado con una voz en off, una voz como salida de una cueva”, recuerda Modarelli.

“Enseguida llegaron las otras colas, la Jaime Lepé, la Víctor Hugo y algún demonio amoroso bajó a esa casa”, dice Modarelli, agregando: “Entre el primer momento y el último de esa noche nacieron amistades poderosas, tanto que conformamos parte de un grupo que acompañó a Pedro en sus días de agonía y en la última cena del 31 de diciembre de 2014. Creo que Pedro sintió que yo no era un vampiro, incluso me confesó que le había encantado mi libro anterior “Rosa Prepucio”. Yo creo que fuimos aliados en el submundo en el que los dos nos sentíamos verdaderamente vivos y en peligro, hermanados en un barroco cerdo donde hasta la mierda podía brillar si el culo de donde salía es el de una loca hambrienta de sexo”.

La amistad entre Modarelli y Lemebel se extendió al coliseo de amigas locas que acompañamos y

Víctor Hugo Robles, el Che de los Gays.
Víctor Hugo Robles, el Che de los Gays.

avivábamos su cueca literaria. Pedro enfermo, cuidando su salud, seguía trabajando, leyendo y escribiendo, enviando mensajes y respondiendo correos de muchos amigos, entre ellos Modarelli. En medio de ese trance recibí un correo de Pedro para invitarme a participar de su libro tributo a la líder comunista Gladys Marín. Un maravilloso proyecto que muchos atesoramos. Todo bonito hasta que reparo en que Pedro me ofrecía “cuatro líneas” del libro. Me demoré en responder aunque finalmente renuncié a la invitación reclamando más líneas. Cuento corto: Se armó la tercera guerra mundial. Una más de tantas.

Y así, casi como de costumbre, nos peleamos con Pedro por las famosas líneas, líneas literarias, por cierto. Después supe que no era la única molesta. Ya otras amigas locas habían entablado sus propios juicios. En eso estábamos, distanciadas, un mientras tanto en nuestros maricas quereres, cuando Alejandro Modarelli regresó a Santiago para visitar a Pedro que había sido internado de urgencia en el Clínica Arturo López Pérez. Más allá de las tontas peleas que siempre eran resultas con un “Hola poh niña, cómo estai”, recuerdo que le pedí a Moderelli que me llevara a la Clínica para saludar a Pedro. Un poco nerviosos arribamos confiados tras la llamada que nos había hecho una amiga del Pedro diciendo que Lemebel estaba recibiendo visitas. Subimos al piso donde estaba Pedro en silla de ruedas y en un minuto, dándose vuelta a lo más Marilyn Monroe y mirándome sorprendido, solo atinó a gritar con su metálica e inolvidable ronca voz, diciendo: GUARRRRRRDIAS.

Asustados, incrédulos, creíamos que de verdad llegarían los guardias. Pero no. Era una broma, una talla al mejor estilo Lemebel. Era su modo de expresar afecto y compañerismo entre locas amigas peleonas. Y ahí, solos, tomados de la mano, pensando en la vida y en la muerte, Lemebel me preguntó por mi abuelita Luzmira. Me pidió darle sus últimos cariños aconsejándome que no la dejara nunca sola, que la cuidara por siempre porque para las locas como nosotras, nuestras madres y nuestras abuelas son, tal vez, lo más cercano, lo más parecido al dulce y eterno amor.

Hoy, a casi a dos años de la partida de Pedro Lemebel, pienso en él, en mi abuelita que me espera en la población El Cortijo de Conchalí y en la loca generosidad de Alejandro Modarelli travestido como siempre de ángel de la guaaaaaaardia. Modarelli no sólo se transformó en una cuña afectiva y reconciliatoria con nuestra amiga loca madre homosexual, sino que ahora regresa con sus letras barrocas para persistir e insistir en la resistencia político – cultural de las locas, “las locas”, aquella metáfora casi extinguida del planeta Chile.

“La Noche del Mundo” es el homenaje de Alejandro Modarelli a Pedro Lemebel representando en todas las locas del mundo. Yo le pregunto a Modarelli: ¿La Última Noche del Mundo es una añoranza del cuerpo coliza encarnado en las locas periféricas que desafían el sistema o una crítica política al modelo gay neoliberal igualitario e higienizante?

Modarelli, responde: “Debo confesar, lo digo con pasión, después de mucho volví a escribir literatura gracias a Pedro Lemebel. En sus tópicos de marica callejera y protestona, y en el estilo esplendente del barroco me fui descubriendo como escritor. Digamos que el estilo es el efecto inconsciente e inconsistente de un cruce de influencias, la mayoría de las veces sucesivas, y en ese estilo, en los materiales que fui eligiendo están Monsiváis, Puig, Perlongher. Es decir aquellos referentes que si bien fueron testigos de un cambio del modo de vivir la homosexualidad, se encontraron incómodos bajo el nuevo régimen de clones con aspiraciones burguesas, propios de la economía del barrio Chueca o en una época en la cual el saludo a la integración se contamina con una desazón por la riqueza transformadora que se pierde. Yo creo que debe existir un fundamento revulsivo en nuestra diferencia, algo más rico que ofrecer al devenir de la historia que el matrimonio igualizante”.

Entrevistado por Nicolás Massai de El Ciudadano, Modarelli respondía acerca de si todavía era revolucionario ser homosexual. “Uno se reconoce en otra tradición, que es la tradición de cierta lucha callejera. De estar de igual a igual con el proletario, esa coalición entre grupos disidentes. Una vez que desaparece eso desaparece nuestra magia, que para mí fue algo que tenía que ver con desestabilizar el orden establecido. Vos preguntas qué tiene de revolucionario. Esa pregunta no se la vas a hacer a alguien que va a La Moneda con saco y corbata a aplaudir a Piñera”.

Yo agregaría, tributando a Pedro Lemebel, a un día antes del acto “republicano” que se realizará en La Moneda para celebrar el acuerdo conciliatorio entre el Estado de Chile con cierta diversidad sexual oficializada que abrirá las compuertas del matrimonio igualitario en nuestro país: “Para muchas compañeras y compañeros que estamos aquí presentando el libro de Modarelli y rindiendo homenaje a Pedro Lemebel, no es posible celebrar con el Estado de Chile la solución amistosa de un derecho normalizante cuando al mismo tiempo el Estado de Chile reprime y viola los Derechos Humanos del pueblo mapuche mediante la aplicación de la Ley Antiterrorista y el no reconocimiento de sus derechos territoriales”.

Muchas gracias Alejandro Modarelli por traernos su excitante libro, compartir con Chile profundo tu cuerpo en llamas, un cuerpo en llamas que rinde histórico homenaje a nuestro Pedro Lemebel que vive y convive siempre entre nosotras.

* Texto leído en la presentación de “La Noche del Mundo” de Alejandro Modarelli, realizada el 19 de diciembre en el Museo de Arte Contemporáneo del Parque Forestal en Santiago de Chile.

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