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    Por Sifu Koio Samadhi

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    Para el occidental promedio, lego en materias de orientalismo, resulta algo intrincado el acceso a una definición simple que aclare qué es el budismo. La existencia de numerosas sectas o escuelas budistas es justamente una de las características que más suele confundir.

    Para no abundar en detalles académicos que abrumarían a un lector novato en el tema, podríamos decir que, a grandes rasgos, existen tres movimientos fundamentales en la historia del budismo como religión. El primero es el Theravada (lit. «la Doctrina de los Antiguos» – 420-368 a. C.), conocido también como budismo primitivo. Es el movimiento que se encarga de plasmar en forma escrita todos los discursos (Sutras) ofrecidos por el Buda (Siddhartha Gotama). Los países que más recibieron su influencia son: India, Tailandia, Laos, Camboya, Birmania y Sri Lanka. El segundo gran movimiento es el Mahayana (lit. «Gran Vehículo» – siglo I de nuestra era) desarrollado, sobre todo, en China, Tíbet, Japón, Corea, Vietnam y Taiwán. Y el último es el Vajrayana (lit. «Vehículo del Diamante») que es un desprendimiento del mahayana. Es conocido también como budismo esotérico o budismo tántrico y es la escuela a la que los occidentales solemos denominar budismo tibetano.

    Cada uno de estos movimientos se dividió en múltiples sectas, lo que revela la enorme complejidad que implica definir de manera sencilla aquello que llamamos Budismo. Sin embargo, la diferencia entre estas escuelas no se encuentra en los principios filosóficos sino, más bien, en su modo de práctica devocional influida por las características del acervo cultural propio de cada país.

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    Las tres dimensiones

    Cuando se nos pregunta «¿qué es el Budismo?», tenemos la posibilidad de responder de dos modos. Podemos brindar una explicación en términos académicos o bien podemos ofrecer una respuesta de profundidad filosófica con características crípticas que, para la mayoría de los mortales, resultaría inentendible, ilógica y hasta disparatada (la forma más conocida de este tipo de respuestas la encontramos en los famosos Koáns del Budismo Zen)

    Imaginemos entonces que alguien nos pregunta «¿Qué es el Buda?». Podemos responder desde la perspectiva teórica o académica y hablar acerca del primer buda llamado Siddhartha Gotama, aquel hombre que se sentó a la sombra de un árbol y tomó el voto de no levantarse sino hasta alcanzar la iluminación y que luego predicó el dharma para el bien de todos los seres sintientes en los tres tiempos, pasado, presente y futuro. A esta perspectiva la llamaremos Dimensión Histórica.

    Pero ahora bien, si ante la misma pregunta respondiéramos desde una perspectiva atemporal, el buda no sería el Buda, no sería ya ese personaje histórico. Desde esta perspectiva, el Buda es la Budeidad, es la conciencia búdica o naturaleza búdica, es el estado original al que puede volver la conciencia. A esta perspectiva la llamaremos Dimensión Última.

    La budeidad es un estado que cada uno de nosotros puede alcanzar, o mejor dicho, la budeidad es un estado que cada uno de nosotros ya es; lo que tenemos que lograr es la conciencia de que somos buda. Y esta es una conciencia intelectual e intuitiva. Es un saber, no una creencia.

    En la Dimensión Histórica podemos decir que el Zen es un movimiento budista que se proclama como la Doctrina de la Iluminación surgido en la China del siglo VI de nuestra era. Sin embargo, desde la Dimensión Última el Zen puede ser definido como «aquí y ahora», «una actitud» o «un hombre cayendo en un pozo oscuro con los ojos abiertos». En la Dimensión Última, el buda es un pájaro posado en un alambrado, una estatua de madera o los excrementos de un perro… todo (y nada) es Buda.

    Es gracias a la Dimensión Última que estas expresiones, los koáns, cobran sentido. La lógica de un koán es una que juega entre las dimensiones última e histórica, a fin de que el discípulo pueda alcanzar intuitivamente la conciencia de la no-dualidad.

    Aquí llegamos al punto central, el punto en que esto se vuelve relevante para todo aquel que esté verdaderamente interesado en entender la filosofía budista… el dharma.

    En la Dimensión Histórica yo soy yo, un individuo que tiene una historia personal, que tiene una familia y nació en un lugar determinado con un nombre y apellido concretos. Pero en la Dimensión Última yo no soy yo. Aquí soy Buda, o el Tao o Dios (o elija el lector un nombre). Soy la unidad indecible, sin nombre y sin forma.

    Separar estas dos dimensiones es como querer separar los dos lados de una moneda, simplemente no es posible. No se puede siquiera acuñar una moneda de un solo lado.

    A un lado lo llamamos Dimensión Histórica y al otro, Dimensión Última. Incluso, si prestamos atención, no nos resulta posible ver los dos lados de una moneda al mismo tiempo. Cuando percibimos un lado el otro se oculta a nuestra vista y, sin embargo, nadie creería que el lado oculto dejó de existir, pues permanece en nuestra conciencia. Lo mismo ocurre con las dos dimensiones. Cuando captamos una, la otra elude nuestro foco de atención, pero no por eso consideramos que desaparece. A esta conciencia no dualista la llamamos Conciencia de Unidad.

    Lamentablemente, la enorme mayoría de la gente vive enfocada en la Dimensión Histórica sin poder ver qué hay del otro lado. Carece de conciencia de unidad y queda atrapada en el tedio de la rutina, su atención se enreda entre los resúmenes de las tarjetas de crédito, el colegio de los chicos y las discusiones familiares. Esto ocurre a causa de que la Dimensión Última no puede percibirse de manera directa, sino que es necesario inferirla.

    Pero cuidado, que, asimismo, aquellos que se lanzan a la aventura de una vida espiritual corren el riesgo de quedarse embelesados por las maravillas de la Dimensión Última olvidando la existencia o incluso, la equivalente importancia de la Dimensión Histórica.

    Pero existe una tercera dimensión, la Dimensión de la Acción. Es la puesta en marcha de esta conciencia de unidad, es la práctica misma en la vida cotidiana, la expresión material de esta comprensión profunda. En este punto, el lector se preguntará ¿pero cómo puede lograr una persona común y corriente llevar esa conciencia profunda al terreno de la cotidianeidad? No es una empresa fácil. En palabras del maestro Hakuín… «Si lo que pretendes es alcanzar la gran tranquilidad ¡prepárate a sudar la gota gorda!». Si asumimos este camino con verdadero compromiso, esfuerzo y disciplina, más tarde o más temprano lograremos alcanzar la maestría del ser.

    La Dimensión de la Acción requiere del perfeccionamiento de la atención. Una atención que gracias a la práctica de la meditación se va tornando calmada, adiestrada y sin juicios, al punto de ya no requerir del más mínimo gasto de energía, puesto que madura en una actitud atencional en la que uno es testigo de sí mismo y del mundo. En términos budistas, uno logra ver las cosas «tal cual son».

    De este modo, transcurrimos cada segundo de nuestras vidas con una atención natural, automática e inconciente que mide, momento a momento y con precisión quirúrgica, cuán relevante es el yo respecto de la trascendencia del no-yo.

    Es imposible entonces que un iluminado, alguien que siente y entiende de este modo, alguien que «ve las cosas tal cual son», anteponga sus deseos personales, sus miedos o sus pasiones frente a la sobrecogedora eternidad del cosmos.

    Vivir así entonces, desapasionadamente y en un estado de ecuanimidad, que es equilibrio entre las dimensiones histórica y última, conduce a la dimensión de la acción que invariablemente se expresa en forma de compasión.

    ¿Por qué? Porque inevitablemente uno se vuelve sensible con los otros. Porque alcanzada esta conciencia de unidad, el yo se funde con el paisaje y se vuelve Buda, que es árbol, que es río, que es pájaro y es cielo. Pero también es el gato que se come al pájaro y es el humo tóxico de una industria que quema el cielo y contamina el río. Por eso también es piedra que golpea a un policía y una bala de goma que impacta contra un niño. Es un monje, es un carnicero, es un torturador y un asesino. Es un enfermo, una prostituta, es el hambre y la barriga hundida. Es la abundancia y la opulencia. Es la guerra, una nación, o una colonia, es una bandera y es el viento.

    El Uno se vuelve Todo y Todo retorna al Uno.

    ¿Qué hacer con tanto? ¿Cómo manejarlo?

    El Dhammapada dice «El sabio, desde la torre de la sabiduría, contempla / desapasionadamente a la multitud que sufre».

    ¡Claro!, si el sabio se apasiona pierde su sabiduría, cae de la torre y ya no puede ser modelo para el mundo, ya no puede ser un representante de esa conciencia. Se apasiona con el sufrimiento de los otros y, al hacerlo, vuelve a entrar en la ignorancia (lo opuesto a la iluminación).

    La compasión es la evolución de la pasión. El sabio baja de la torre por propia voluntad para ayudar a los sufrientes sin perder su conciencia y eso implica no apasionarse con el sufrimiento de los otros. Al no hacerlo puede ayudar sin ser parte del problema, puede apuntar hacia la salida, puede desde el mismo nivel seguir siendo modelo para los que sufren. Y siendo modelo es parte de la solución. Un iluminado sabe que la causa del sufrimiento y aquel que lo sufre son lo mismo… la ilusión del yo.

    Este es el dharma del Buda, el dharma de la compasión.

    Sifu Koio Samadhi (dimensión última)
    Diego Cossavella (dimensión histórica)


    Sifu Koio Samadhi (Diego Cossavella) es Licenciado en Psicología, Maestro de Kung Fu, Tai Chi Chuan, Chi Kung y fundador del Templo y escuela Dhammapada Dojo Zen.historia_bio

    En su peregrinar, siempre se vio envuelto en la incomodidad de practicar su religión ligada a las identidades china o japonesa. Sentía que la práctica y el estilo de vida budista no podían depender de una idiosincrasia o de una geografía en particular.

    En 2011, sintió haber encontrado el equilibrio entre la identidad Argentina —o como él prefiere decir, rioplatense— y el Zen. Habiendo tomado los votos monásticos, creó la Sangha Dhammapada que, con la maduración de los años, dio como fruto la Orden en la que hoy nuevos monjes se forman para transmitir una corriente autóctona del Budismo Zen, la corriente del Río de la Plata.

    En este momento, tiene el plan de escribir un libro sobre el budismo en nuestras tierras y culturas latinoamericanas. Más información aquí.

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