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    fuente: diagonalperiodico.net

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    En una sociedad como la que vivimos, acostumbrada a juzgar y condenar conforme a una escala de valores que se presume idónea, los documentales Angels & Dust y Songs of Redemption han procurado, en lo posible, no emitir sentencias morales. “Aunque sé que muchos de los protagonistas del documental son criminales y han cometido delitos de todo tipo, incluidos asesinatos, no me interesa entrar en juicios morales. La justicia jamaicana les ha condenado y ellos están pagando su pena”, afirma el madrileño Fernando García-Guereta, productor ejecutivo de NiceTime Productions, sobre Songs of Redemption. La intención, según el cineasta Héctor Herrera, autor de Angels & Dust, es mantenerse tras la cámara empleándola como mero catalizador, evitando así la manipulación del espectador tan recurrente en documentales donde prevalece el componente subjetivo al objetivo que se pretende retratar. “Cuando uno es sólo reflejo, cuenta lo que ve, no hay posibilidad de mala interpretación. El espectador establece su propio juicio ante lo que ve, no ante lo que el director tiene intención de contar. Cada espectador encuentra su propia objetividad, su propia lectura y esto es el ejercicio libre que la película plantea”.

    La realidad que ambos aspiran a reflejar es la de las prisiones, de la que se nos ha mostrado una imagen distorsionada que en poco o nada se ajusta a lo que uno encuentra en su interior. “Mi idea de lo que era una cárcel es muy diferente a lo que viví, nunca había visitado ninguna y mi idea se basaba en lo que los medios han creado: una especie de antihéroes musculosos en un mundo diferente, cuando en realidad es un sitio muy triste, donde el sufrimiento y la locura comulgan a diario.” Quien explica el contraste es Professor Angel Sound, conocido con anterioridad como Angel Dust –“cambió el polvo por el sonido, el vacío de una existencia por una partitura más acorde con sus ideales”, en palabras del director Héctor Herrera–. A Dust, una de las figuras eminentes de la música electrónica a escala global, le sorprendieron el 14 de septiembre de 2008 en el Aeropuerto Internacional de Tocumen (Panamá) junto a su compañera sentimental con cinco kilogramos de cocaína adheridos a su organismo –“llevar eso pegado al cuerpo, vestidos de esa forma, sería la decisión más estúpida de mi vida”–. Herrera, quien refleja las vivencias del DJ y productor mexicano en su paso por los penales panameños, reconoce que, comparadas con otras prisiones a las que ha asistido, “la principal diferencia en las panameñas es la existencia de armas y drogas, el hacinamiento en las cárceles. Descubrí que la visita era peor tratada que los mismos reos. Las mujeres que se levantaban de madrugada eran maltratadas por los funcionarios. Pasaban tantos controles que parecían ellas las reclusas.” Circunstancias bastante distintas a las halladas por Fernando García-Guereta en sus periódicas visitas a la General Penitentiary jamaicana. “Era sorprendente ver la exquisita educación con que fui acogido. Me sorprendió mucho la libertad de expresión que tuvieron los presos para contar sus historias sin que a los carceleros les importase lo que contaban a la cámara, ya que muchos de ellos acusaban al sistema, a la policía o a los jueces de todo tipo de injusticias que estaban padeciendo”.

    Ese cuestionamiento del metabolismo de un sistema que engendra prisioneros entre aquellos que estima no aptos para la convivencia en sociedad es una cuestión que de manera automática conduce a plantearse la necesidad real de la existencia de las propias cárceles. Para Fernando García-Guereta, “las cárceles son un mal necesario, por desgracia hay individuos en la sociedad que más vale que estén apartados por el bien común. Ahora bien, lo más normal es que se desvíe su utilidad y se acaben convirtiendo en escuelas de crimen donde uno sale peor que entra, y esto creo que debería revisarse por el bien de la sociedad en general”. Héctor Herrera se expresa de un modo tan poético como explícito al referirse a ellas. “Las cárceles son jaulas de animales racionales heridos moribundos que sueñan en recuperar sus alas. Empezar desde cero, renovar las ideas, cambiar de escenario, abrir nuevos caminos, rechazar los ya trillados, ser consecuentes con sus ideas iniciales, sus esencias, el hilo primero… aprender responsabilidad, rehacer lazos familiares”. Tampoco resulta especialmente halagüeña la opinión de Professor Angel Sound, quien lo ha vivido tras sus muros de aislamiento: “Las cárceles en general son lugares más cercanos a un cementerio de vivos donde se aísla a la gente por un periodo de años muchas veces excesivo”.

    Realizadas estas reflexiones, ¿qué posibilidades reales tienen los centros de reclusión para reeducar al preso capacitándole para reinsertarse de nuevo en la sociedad? El diagnóstico de Héctor Herrera es categórico: “Varios estudios destacan que la cárcel es una guardería de niños que no crecen, dicho de otra forma, no tiene utilidad. La rehabilitación es sólo una forma de evitar que el preso esté en la calle, pero ningún encierro puede cambiar los patrones mentales que llevaron a delinquir, ni a cambiar sentimientos, procedimientos, formas de pensar. La verdadera justicia no es la que castiga, sino la que rehabilita. Y de esa nadie probó jamás una cuchara”. Sin excesivas pretensiones, el programa de rehabilitación puesto en funcionamiento por Fernando García-Guereta aspira a representar un medio de distracción para el recluso y un alivio en su rutina mental. “Cuando una persona pasa tantas horas de su vida en ese limbo mental, el hecho de poner en marcha un proyecto que distrae la imaginación hacia una actividad creativa es de mucha ayuda. También, al ser musical y haber diferentes personas en diferentes roles, se incentiva la comunicación para un objetivo común”. Su proyecto, como el de Professor Angel Sound, arroja signos para albergar ciertas esperanzas a futuro: “El programa que creé, de rehabilitación a través de la música, R.A.M, es un programa selectivo que te puedo decir que dio frutos reales de rehabilitación en muchos casos.

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