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    Los ojos del mundo están puestos sobre Venezuela. Un pequeño país ubicado en el extremo norte del sur de América, pero con una riqueza muy codiciable: las más grandes reservas petroleras del mundo. He allí lo más importante del asunto.

    La presión, zozobra y amenaza de guerra que rodea hoy al pueblo venezolano tiene nombre y apellido: Estados Unidos. Aunque si queremos ser más específicos, tendríamos que decir “Donald Trump y sus socios de las transnacionales energéticas”.

    Un nuevo intento de golpe de Estado ―completamente renovado, aunque no inédito― está en pleno desarrollo en Venezuela. Pero, ¿por qué en 2019 esta aventura golpista tiene mayor relevancia geopolítica en el mundo actual que transita por un camino hacia la multipolaridad?

    La politóloga Arantxa Tirado (Cataluña, 1978), doctora en Relaciones Internacionales (Universidad Autónoma de Barcelona) y en Estudios Latinoamericanos (Universidad Nacional Autónoma de México) abordó el tema en entrevista para El Ciudadano, y expuso las razones por las cuales la situación interna en Venezuela se puede tornar en un conflicto global con repercusiones geopolíticas de primer nivel.

    A su juicio, el nuevo intento de derrocamiento del presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro, puede devenir en una confrontación entre dos polos hegemónicos: por un lado Washington y, por el otro, Moscú y Pekín, éstos dos últimos trabajando como aliados.

    A continuación, el texto íntegro de la entrevista:

    Arantxa Tirado es politóloga, con doctorados en Relaciones Internacionales y en Estudios Latinoamericanos. Foto: Web

    EC.- ¿El desconocimiento de Estados Unidos y otros países de la institución democrática y el orden constitucional en Venezuela es violatorio de qué normas o principios internacionales?

    AT.- Ese desconocimiento de la institucionalidad legítima venezolana, representada por el Gobierno de Nicolás Maduro, apoyando el intento de golpe de Estado de Juan Guaidó con su reconocimiento como “presidente legítimo”, vulnera la Carta de las Naciones Unidas.

    El artículo 2.1 de la Carta establece la igualdad soberana de los Estados. Por tanto, ningún Estado debería arrogarse el derecho a decidir unilateralmente si otro Estado debe tener un Gobierno u otro. El artículo 2.3, el arreglo de controversias internacionales por medios pacíficos, de tal manera que no se ponga en peligro la paz y la seguridad internacionales, ni la justicia; algo que EE. UU. irrespeta al azuzar un conflicto interno con ramificaciones internacionales.

    El artículo 2.4 indica que los Estados deben abstenerse de usar la fuerza o recurrir a la amenaza contra la integridad territorial o independencia pública de cualquier Estado, como es reconocer a un autodenominado presidente sin sustento en la legalidad venezolana. Y el artículo 2.7 establece la no intervención en los asuntos que son de jurisdicción interna de los Estados, forzando la aplicación del capítulo VII, con la intervención del Consejo de Seguridad de manera interesada.

    Todo eso nos recuerda el torcimiento de la ley, la vulneración del Derecho Internacional y el irrespeto a instancias multilaterales como la ONU, por parte de EE. UU. en 2003, para justificar la intervención militar en Irak.

    Además, podemos sumar la vulneración a la Carta de la OEA, que estipula el derecho de los Estados a defender su integridad e independencia. Una vulneración hecha por parte de la propia OEA, que lleva tiempo siendo instrumentalizada por su secretario general, Luis Almagro, para hacer política de aislamiento e injerencia hacia la soberanía venezolana, todavía sin el éxito que quisiera. De ahí la creación del Grupo de Lima, pues ayer (jueves) la mayoría de países (18 de 34) votó en contra del reconocimiento a Juan Guaidó en la OEA.

    El presidente Nicolás Maduro fue víctima de un intento de magnicidio en 2018. Foto: Web

    EC.- ¿Se puede calificar esa acción como un golpe de Estado? ¿Existen precedentes? ¿Tiene alguna definición para esa estrategia?

    AT.- Sí, sin duda es un golpe de Estado que consiste en imponer un Gobierno paralelo en Venezuela y justificarlo con base en los “hechos consumados”. En este caso, los hechos consumados son el reconocimiento de dicho Gobierno ilegal por parte de la mayor potencia mundial, EE. UU., que se topa, no obstante, con que sus dos retadores hegemónicos, China y la Federación de Rusia, no comparten su posicionamiento. Esto tiene unas dimensiones que convierten el conflicto interno que puede existir en Venezuela en un conflicto global con repercusiones geopolíticas de primer nivel.

    La estrategia de reconocimiento de una institucionalidad paralela a la institucionalidad democrática de un país fue utilizada en sendos conflictos iniciados por EE. UU. para justificar posteriores intervenciones, como Libia y Siria. La novedad radica en su aplicación en América Latina y el Caribe.

    Pero conviene no olvidar que esta estrategia fundamentada en utilizar las leyes para subvertir el orden constitucional y derrocar a Gobiernos electos por las urnas, principalmente de izquierda, conecta con la guerra judicial o lawfare que se está aplicando en la región en los últimos años. Bajo el argumento de la supuesta lucha contra la corrupción, por la democracia o por evitar una “crisis humanitaria”, se está conculcando la legalidad y la democracia, paradójicamente, en nombre de la legalidad y la democracia. Esto se traduce en la remoción de Gobiernos incómodos para los intereses expansivos de EE. UU. en América Latina, la destrucción de sus liderazgos y, lo que es más peligroso, el irrespeto de la voluntad popular cuando se expresa en las urnas a favor de la izquierda.

    Los presidentes Vladimir Putin y Nicolás Maduro son aliados políticos. Foto: Web

    EC.- A nivel diplomático y en el plano geopolítico, ¿qué implicaciones puede tener esa decisión tomada por Washington, la OEA y otros Gobiernos?

    AT.- El reconocimiento de Guaidó por parte de EE. UU., aunque se haya hecho vía tuit del presidente Donald Trump, lo que no deja de ser sintomático de este mundo en el que la política se ha convertido en espectáculo, márketing y superficialidad, sienta un precedente peligroso.

    Sabemos que el reconocimiento de un Estado o Gobierno en la comunidad internacional es un acto discrecional, siempre político, que responde a los intereses del Estado o, propiamente, de la clase dirigente de ese Estado que lo admite en su seno. Pero para que el gobierno de Guaidó pueda ser sujeto de Derecho internacional, tiene que estar reconocido por el conjunto de Estados, cosa que no sucede en la actualidad, como se vio ayer en la OEA y como se ha visto tras las declaraciones de China y la Federación de Rusia, además de otros países del mundo no occidental, desmarcándose de Washington. Me atrevería a decir que, incluso, en EE. UU. no todo el establishment está de acuerdo con este reconocimiento, igual que no toda la oposición venezolana coincide con la autoproclamación de Guaidó.

    La pregunta es, ¿si EE. UU. no logra ese consenso para imponer a su marioneta en Venezuela, qué otros pasos van a dar para lograr asentar esos “hechos consumados”? No está de más recordar que las Naciones Unidas firmaron también en 1970 la declaración 2625-XXV, que establece y recuerda “el deber de los Estados de abstenerse, en sus relaciones internacionales, de ejercer coerción militar, política, económica o de cualquier otra índole contra la independencia política o la integridad territorial de cualquier Estado”.

    Todos los escenarios están abiertos y dependerán, en buena medida, de lo que se decida en el Consejo de Seguridad de la ONU, que se ha convocado para este sábado, donde el legítimo Gobierno venezolano debería poder participar, siguiendo los artículos 31 y 32 de la Carta de las Naciones Unidas, para defender su postura. Veremos.

    EC.- Las grandes cadenas mediáticas sirven a los intereses de las élites gobernantes. ¿Qué dicen esos medios en Europa y Norteamérica de la situación en Venezuela y qué efecto tienen en la población?

    AT.- Lo que dicen es tremendo y es un bombardeo constante, por todas las vías: radio, televisión, prensa escrita, Internet. Es una visión sesgada, cuando no directamente mentira, de la realidad venezolana. Una visión totalmente parcial, porque se da voz sólo a una de las partes, silenciando a los sectores que apoyan el chavismo.

    Hay una evidente intencionalidad en manipular o esconder la realidad. Se trata de desprestigiar cualquier intento de construcción política, social o económica que desafíe los intereses de EE. UU. en la región latinoamericana-caribeña. Para ello es necesario presentarla como un fracaso, un desastre, un país en “crisis humanitaria” o una “dictadura”.

    Este proceder viene desde que la Revolución Bolivariana fue adoptando posturas de mayor compromiso con las mayorías sociales y una línea ideológica más definida, incluso de defensa y construcción del socialismo (del siglo XXI). Eso asustó a las élites mundiales, por supuesto. De ahí que pusieran en marcha sus maquinarias. Hasta en documentos de Wikileaks aparece esta frustración por parte de las élites mundiales ante la imposibilidad de derrotar el chavismo en las urnas y la necesidad de operar una guerra multifactorial contra Venezuela, para buscar la implosión de la Revolución.

    El efecto es una población lobotomizada con el exceso de noticias sobre Venezuela. En muchos casos, esto supone el efecto contrario al buscado porque, si bien hay mucha gente que cree a pies juntillas las mentiras de la prensa, también hay mucha otra que acaba generando un rechazo a este bombardeo mediático, volviéndose indiferente a los supuestos graves problemas que tienen los venezolanos ―al ver que ellos también tienen problemas que esa prensa no menciona o aborda con la misma intensidad― o incluso suspicaz sobre las intenciones de los medios.

    EC.- Washington armó un “Consejo de transición” en el exilio para Libia y salieron victoriosos. Luego armaron uno para Siria y salieron derrotados. Ahora lo hacen para Venezuela ¿Vislumbra algún panorama sobre lo que se le avecina a Venezuela?

    AT.- Es difícil hacer pronósticos en el clima actual de inestabilidad y con tantos factores operando a la vez, máxime cuando tampoco se está sobre el terreno ni se tienen todas las claves para poder valorar a cabalidad la correlación de fuerzas existente.

    No obstante, me arriesgo a hacer un pronóstico que puede ser refutado por los hechos, por supuesto. Creo que el golpe de Estado no va a triunfar y se va a ir desvaneciendo poco a poco, tanto desde la agenda mediática, que es la que lo sustenta, como desde los supuestos apoyos diplomáticos que ha concitado Guaidó. Ni se diga internamente, donde nunca ha tenido un respaldo mayoritario, pues la calle venezolana no se ha volcado masivamente a apoyar a este señor y la oposición está tirando del hampa para montar sus intentos de “guarimbas” en el oeste de Caracas, como se encargan todo el rato de recordarnos.

    Me parece que este nuevo intento de derrocar la Revolución Bolivariana finalizará con mayores sanciones a Venezuela por parte de EE. UU., un recrudecimiento del bloqueo, unas relaciones diplomáticas rotas entre EE. UU. y Venezuela, y una hostilidad cada vez más manifiesta por parte de los satélites estadounidenses en América Latina, empezando por Colombia, Brasil y Argentina y siguiendo por Chile e incluso Ecuador.

    No creo que desde EE. UU. estén tan locos como para aventurarse a una intervención bélica hacia Venezuela. De hecho, desde hace meses hay varios artículos escritos por analistas del establishment estadounidense que apuntan a lo contraproducente que sería invadir Venezuela para los intereses de su país.

    Aunque con Trump en la presidencia, Bolton, Pence y Pompeo, no puede descartarse nada. Lo cierto también es que esta división del establishment, unida a la inestabilidad política interna que tiene el Gabinete de Trump, y los cuestionamientos a su figura y su legitimidad, con acusaciones tan graves como ser un “agente ruso”, no otorgan el escenario más idóneo para que EE. UU. se meta en un frente abierto en su reserva estratégica.

    Una guerra en América Latina tendría repercusiones desestabilizadoras muy importantes en la política interna estadounidense, donde viven millones de ciudadanos de origen latino, no lo olvidemos.

    Washington amenaza con adueñarse de uno de los principales activos de Venezuela en el extranjero: la empresa Citgo. Foto: Web

    EC.- ¿Hasta qué punto puede llegar la ambición de Estados Unidos por apoderarse de las riquezas de Venezuela? Ya hay conversaciones con Guyana para explotar la Zona Económica Exclusiva, en disputa con Venezuela

    AT.- La ambición de EE. UU. por apoderarse de las riquezas de Venezuela no tiene límites, sólo así se explica que lleven casi 20 años en guerra contra la Revolución Bolivariana. Es una guerra no visible siempre, pero ahí está. Se trata de una guerra de IV Generación, que combina elementos y tácticas en función de la coyuntura, pero que tiene objetivos estratégicos muy claros: retomar el control sobre las principales reservas de petróleo probadas del mundo. Las petroleras estadounidenses se frotan las manos con eso, especialmente ExxonMobile, que tiene una guerra a muerte contra el Estado venezolano, después de la aprobación de la Ley de Hidrocarburos y su salida del país.

    Parece que la Zona de la Guayana Esequiba podría contener reservas de petróleo incluso superiores a las que tiene el conjunto de Venezuela. Si esto fuera así, se explicaría perfectamente la inclusión del punto 9, luego revertido por la mayoría de países, de la última declaración del Grupo de Lima. En todo caso, la lucha por el control de estos recursos va a ser atroz y EE. UU. no juega solo, pues otras potencias también participan en la explotación de los recursos venezolanos y, evidentemente, no van a renunciar a sus negocios tan fácil.

    La mayoría del pueblo de Venezuela rechaza la injerencia de Donald Trumpo Foto: Web

    EC.- ¿Qué cartas sobre la mesa tiene Venezuela para jugar ante esta amenaza seria a su seguridad nacional?

    AT.- Creo que tiene muchas. Desde un punto de vista diplomático, juega con la ventaja de tener un presidente que fue durante muchos años canciller y que conoce perfectamente la legalidad internacional y los organismos multilaterales en los que Venezuela se juega ahora su plegalidad y credibilidad. Pero, sobre todo, creo que la principal carta con la que el Gobierno venezolano cuenta es el pueblo chavista, ese que está todavía callado en los cerros pero bien arrecho con todo lo que está haciendo la oposición.

    Si yo fuera la oposición venezolana, tomaría nota de esto y de lo que sucedió entre el 11 y el 13 de abril de 2002, cuando los barrios bajaron a reclamar a su legítimo presidente. La Venezuela de 2002 no es la de 2019, sin duda, pero no hay que subestimar a la gente que ha resistido una guerra económica atroz que le está complicando la existencia cotidiana a límites insospechados. Una gente que puede aguantar hambre, carencias o penalidades de todo tipo por sostener un proyecto político propio es capaz de una lucha que quizás ellos ni se imaginan.

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