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    Foto: Tumblr

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    Año 2001. Noviembre. Ricardo Lagos completaba su segundo año de mandato –el primer gobierno socialista después del golpe contra Salvador Allende. A pesar de las conocidas gestiones de lobby por parte de los canadienses en distintos ministerios del gobierno, el decreto 656 se había firmado un año antes y lograba que el asbesto se prohibiera en todo lo que se relacionaba a la construcción.

    Este mineral se ocupó no solo para los techos y cañerías. Su uso iba desde pisos, frenos y una gama variada de productos.

    El día 30 de este mes, Eduardo Miño, un hombre que había vivido en la Villa Pizarreño y que pertenecía a la Asociación Chilena de Víctimas del Asbesto (Achva), ya tenía cuatro cartas escritas: a su madre, a sus hijos, a la Achva y a la opinión pública. La mañana de ese 30 de noviembre salió de su casa decidido. Rato después estaba en la plaza de la Constitución, frente a la Moneda. Se roció con combustible y luego se quemó a lo bonzo.

    Ahí todo se vuelve menos preciso. Lanzó papeles al aire. En estos se podían leer sus denuncias. “Hago esta suprema protesta denunciando: A la industria Pizarreño y su holding internacional, por no haber protegido a sus trabajadores y sus familias del veneno del asbesto; A la Mutual de Seguridad por maltratar a los trabajadores, enfermos y engañarlos en contra de su salud; A los médicos de la Mutual por ponerse de parte de la empresa”.

    A varios meses de la prohibición, las víctimas seguían reclamando, y la figura de Miño resultó ser el símbolo de la justicia que no llegaba. Que todavía no llega. La empresa Pizarreño ha tenido acuerdos extrajudiciales con contadas víctimas, por montos inferiores a lo que podría establecer cualquier fallo de un tribunal.

    Así como los samuráis y el famoso harakiri, mientras su cuerpo ardía, Eduardo Miño se perforó el abdomen. Fue trasladado a la Posta Central y, debido a la gravedad de sus lesiones, murió al día siguiente.

    Años después, en 2004, los ex trabajadores de la planta ubicada en San Pedro de la Paz, crearon su propio comité para unirse a la lucha contra Pizarreño. David Riquelme, ex obrero de allí, dijo que “entonces ahí empezó el problema, después nosotros supimos acá, que estaban presentando (demandas) en Santiago por el problema del asbesto. Se supo una voz, y formamos la nuestra organización, y ahí pusimos nuestra directiva” (Fibras grises de muerte: El silencio del mayor genocidio industrial en Chile, Tania Muñoz y Constanza San Juan).

    En la carta que Eduardo Miño dejó a los miembros de la Achva, los animaba a seguir luchando por tantas injusticias cometidas por Pizarreño. Además, les decía que había dejado algunas cosas en su casa. Todo podía ser vendido con el objetivo de juntar dinero: “Dejo varias cosas para que sean rifadas y juntar fondos que son tan necesarios”.

    El cuñado de Eduardo Miño también escribió algo: “Mi cuñado se emboló, Eduardo Miño, en la Moneda, frente a esto, cuñado mío, por lo tanto, el tema me toca muy cerca. Y lo que hizo Eduardo, yo pienso que fue como consecuencia de la falta de claridad, la falta de compromiso, la inconsecuencia frente a este hecho del asbesto. Alguien tenía que hacer algo, alguien tenía que llamar la atención. Alguien tenía que decir basta ya, y eso lo hizo él, independientemente que la gente quiera creer otro tipo de cosas” (Fibras grises de muerte…).

    La carta que Eduardo Miño entregara aquel día a los transeúntes que paseaban ahí como todos los días finalizaba con esta frase:

    “Mi alma que desborda humanidad ya no soporta tanta injusticia”.

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