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    Tras los últimos escándalos sexuales que han sacudido la Iglesia Católica, vinculados a violaciones, pedofilia y  sodomía, algunos sacerdotes gais aprovecharon la oportunidad para “salir del clóset” y contar los pormenores de una sexualidad reprimida.

    El Vaticano siempre ha condenado esta tendencia sexual, es por eso que las historias sobre los curas homosexuales se silencian.

    Durante los últimos dos meses, más de 20 curas y seminaristas gais de 13 estados de Estados Unidos compartieron detalles íntimos con The New York Times.

    Los religiosos solicitaron confidencialidad para hablar sin miedo a los castigos de los obispos o sus superiores, ya que siempre se les ha prohibido hablar de su tendencia sexual.

    Por ejemplo, un religioso contó que en la década de los ’80, en un retiro del St. Lawrence, un seminario católico para adolescentes que querían ser sacerdotes, los líderes les preguntaron a los chicos qué preferían entre tener 90 % del cuerpo quemado, quedar parapléjicos o ser gais. Ninguno eligió ser homosexual.

    Siete años más  tarde, el mismo sujeto trepado a una ventana de su pieza en el seminario, dijo: “Realmente soy gay”. Para él, su confesión “fue como una condena a muerte”.

    Intento matarse, se creía loco

    En esa oportunidad, el religioso había pensado en suicidarse, pero terminó por confesarle su secreto a un compañero y éste también aprovechó para salir del clóset. Entonces, se dio cuenta de que no era el único gay preparándose para ser cura. Sólo que nadie hablaba de eso.

    Paso seguido, se puso en contacto con un exprofesor del seminario a quien creía también gay  y éste le dijo: “Habrá un momento en tu vida cuando recuerdes esto y te vas a amar por ser gay”.

    Fue cuando descubrió que no estaba loco y se dio cuenta de que la homosexualidad en la Iglesia es un secreto a voces, una instancia a la que calificó como un closét abierto.

    Hace poco más de un año, luego de un encuentro con un grupo de curas gais, decidió terminar con su silencio y en una misa dominical, le contó a sus feligreses que era gay y célibe.

    Para su sorpresa, lo aplaudieron de pie, e incluso un sacerdote de 90 años lo llamó para comentarle que había pasado toda su vida dentro del clóset y esperaba que el futuro fuera distinto.

    El apoyo efusivo al valiente padre Gregory Greiten fue más amenazante que su sexualidad, porque, para los líderes eclesiásticos, su confesión abrió la puerta al debate.

    Su arzobispo, Jerome Listecki, de Milwaukee, sacó un comunicado diciendo que hubiera preferido que no lo hiciera público, y llovieron las cartas tildándolo de “satánico”, “sucio gay” y “monstruo”.

    El padre Bob Bussen, de Park City (Utah), señaló: “La vida en el clóset es peor que ser un chivo expiatorio. No es un clóset: es una jaula”, aseguró para The New York Times.

    Finalmente, Gregory sueña con hablar directamente con el papa Francisco. “Que escuche mi historia sobre cómo la Iglesia me traumó por ser gay. No es solo la crisis por los abusos sexuales. Están traumando e hiriendo a otra generación. Debemos ponernos de pie y decir: no más abusos sexuales, no más traumas sexuales, no más heridas sexuales. Cuando se trata de sexualidad, hay que hacer las cosas bien”, puntualizó.

    Nunca dos, siempre tres

    Numquam duo, semper tres”, dice una advertencia en latín, que quiere decir “Nunca dos, siempre tres”. En otras palabras: moverse en tríos, no en parejas. No salir a caminar ni ir al cine de a pares, ya que cualquier amistad entre hombres es demasiado peligrosa, pues puede “derivar en algo sexual”.

    En 2013, el papa Francisco dijo “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?“, e hizo que algunos sacerdotes “salieran del clóset”.

    Pero la posibilidad de que esta tendencia continuase se cerró tras los escándalos sexuales que salieron a la luz, por los cuales la Iglesia Católica ha responsabilizado a la homosexualidad de algunos de sus integrantes.

    Sin embargo, el problema no es la sexualidad o la tendencia que se decida escoger, el tema es que estamos hablando de seres humanos carne y hueso que tienen necesidades primarias, de las cuales no se escapa el placer sexual y la curiosidad de conocer de conocer la dimensión y alcance del aparato sexual.

    En un limbo de contradicciones se encuentra más de uno que prefirió tomar a un débil antes que levantarse ante un régimen religioso, aceptarse humano y con deseos carnales, por la defensa de una educación liberadora que les permita tener derechos para el disfrute sano de su sexualidad.

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