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    Las relaciones diplomáticas en América Latina responden a la tensión existente entre los bloques de derecha e izquierda, cuyos intereses  y formas de relacionarse son totalmente opuestos.

    Mientras que los países con gobiernos de derecha ejecutan la agenda de Estados Unidos, agresiva en lo económico, lo diplomático y lo político, los de izquierda defienden su derecho a la autodeterminación y promueven la integración, cooperación y unidad.

    Históricamente, las relaciones entre las naciones latinoamericanas se han visto afectadas por la influencia de Washington y sus  prácticas para asegurarse el control de una región rica en recursos minerales y energéticos y sumamente estratégica en lo político.

    Sometimiento y  Guerra Fría

    Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, el planeta quedó dividido entre los gobiernos capitalistas y  liberales, por lo que la interacción del bloque integrado por Estados Unidos y  Reino Unido, por un lado;  y el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y sus aliados, por el  otro, determinaron los acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX.

    La Casa Blanca se aseguró el terreno y con la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA) en 1948, obtuvo un vehículo para actuar contra los liderazgos progresistas de América Latina.

    Con el aval de la OEA, Estados Unidos intervino a su antojo en la región. Basta recordar episodios como el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala (1954);  la invasión de Bahía de Cochinos, en Cuba (1961); la ocupación a República Dominicana (1965); el golpe de Estado contra Salvador Allende, en Chile (1973) y la invasión a Panamá (1989).

    “América Latina, con la excepción de Cuba, fue convertida a sangre y fuego en zona dólar o patio trasero de Estados Unidos. Este hecho puso a la orden del día conceptos estratégicos de defensa hemisférica a la que se subordinaron los gobiernos latinoamericanos con muy poco margen de negociación”, recordó el investigador Álvaro Cuadra en su artículo “América Latina y la Guerra Fría”.

    Washington instaló dictaduras militares en todo el continente, o invadió territorios como hizo en República Dominicana o Panamá”, acotó.

    Sustitución de Importaciones y endeudamiento

    Hacia finales de los años 50, América Latina sustentaba su economía  en el llamado modelo desarrollista, impulsado por las entonces fuertes oligarquías nacionales, para avalar el crecimiento las industrias nacionales, basándose en la sustitución de importaciones.

    El auge de la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI),  generó la necesidad de mercados ampliados, por lo que se incorporó el elemento de la integración como una necesidad práctica.

    Durante los años 60 y 70, se potenció el “desarrollo hacia adentro“. Sin embargo esta visión quedó agotada hacia finales de los años 80, cuando durante el auge del modelo neoliberal, se priorizó la inserción de las economías nacionales en la economía mundial.

    Aunque el ISI permitió reemplazar bienes importados por bienes producidos localmente, trajo consigo consecuencias como la desigualdad en distribución del ingreso y la riqueza, el surgimiento del populismo, el abandono del campo por el auge de la industrialización, el aumento del desempleo.

    Además de la dependencia de los créditos extranjeros, principalmente de Estados Unidos,  un factor que incrementó la deuda externa de los países latinoamericanos.

    Ante este escenario y con la apertura de mercados y desregulación económicas la integración volvió a ser objeto de atención.

    Era necesario un “nuevo aire en el orden económico al servicio de los intereses norteamericanos, que acompañe igualmente la pretendida nueva imagen “democrática” de la región, tras el desmonte de las dictaduras militares”, señaló el analista internacional José Miguel Hernández.

    Mercosur y el TLC

    De este modo, surgió en 1991 el Mercado Común del Sur (Mercosur), que agrupó en primera instancia a Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay para promover la complementación productiva y la integración económica.

    Posteriormente, en 1994 entró en vigor el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Estados Unidos, Canadá y México.

    Aunque su principal objetivo fue mejorar las condiciones de comercio entre estos países, al eliminar los obstáculos al comercio y facilitar la circulación transfronteriza de bienes y servicio, la economía de México no creció tal y como se esperaba.

    De acuerdo con un informe  del Centro para la Investigación Política y Económica (CEPR, por su sigla en inglés), el Producto Interno Bruto (PIB) de esta nación, creció solamente un promedio de 1,2% anual,  en el período comprendido entre 1994 y 2016.

    Una media muy baja con respecto a  países como Panamá (4%), Chile (3,2%) y Bolivia (2,5%), tal y como refiere el diario El Economista.

    “Si el TLC hubiese tenido éxito y hubiese restablecido la tasa de crecimiento de los años anteriores a 1980, México sería hoy un país de altos ingresos“, subrayan los técnicos del CEPR.

    La trampa del Alca

    Estados Unidos no se conformó con el TLC y en 1994 propuso el Área de Libre Comercio de las Américas (Alca), un acuerdo multilateral de libre comercio que incluía a todos los países del continente americano con excepción de Cuba.

    El Alca propiciaba la libre circulación de mercancías a través de la aplicación de normas comerciales supranacionales, que limitaban la capacidad de acción de los Gobiernos en sus propias economías, lo que favorecería solo el comercio norteamericano.

    La integración y solidaridad del Alba

    Con el  surgimiento en Venezuela,  a finales de la década de 1990, de la  denominada “Revolución Bolivariana”, liderada por Hugo Chávez, se produjo el despertar de los ideales de libertad y unidad latinoamericana.

    Acompañado del entonces presidente de Cuba, Fidel Castro, Chávez creó en 2004 la  Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), un mecanismo de integración, basado en el aprovechamiento de las potencialidades de la región para impulsar el desarrollo y bienestar de sus habitantes.

    El Alba se propuso unir a los países de América Latina y el Caribe en un solo bloque económico, político y social con base en” la justicia, la solidaridad, la complementariedad, la equidad, la cooperación, la voluntad común de avanzar, el desarrollo equitativo, y el respeto a la soberanía y autodeterminación de los pueblos” y con” énfasis en el desarrollo humano y social, además del político y económico”, tal y como establece su documento de creación.

    Este mecanismo se fortaleció en el marco de la IV Cumbre de las Américas, celebrada en Mar del Plata, Argentina en 2005.

    En este encuentro, el entonces presidente estadounidense George W. Bush, pretendía formalizar el Alca,  se produjo una declaración final, en donde los presidentes para ese entonces de Venezuela, Hugo Chávez; Argentina, Néstor Kirchner y Brasil, Lula Da Silva dieron como respuesta un rotundo “no”.

    “Aquí en Mar del Plata está la tumba del Alca”, dijo Chávez a una a multitud congregada en el estadio mundialista, que le respondió con la  frase “¡Alca, al carajo!”. Fue un golpe mortal para ese tratado, amén del neoliberalismo.

    A partir de allí, la iniciativa del Alba creció para impulsar las ventajas cooperativas entre las naciones y compensar las asimetrías existentes, teniendo en cuenta el nivel de desarrollo de los diversos países y la dimensión de sus economías.

    Asimismo, ha propiciado el comercio justo, la complementariedad económica, la cooperación Sur-Sur y la ampliación de las relaciones con otras regiones y países.

    Unasur y Celac

    Con el liderazgo de la izquierda en la región con los gobiernos de Hugo Chávez (1999-2013)  en Venezuela; Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011)  y Dilma Rouseff (2011-2016) en Brasil; Néstor Kirchner​ (2003-2007) Cristina Fernández (2007-2015) en Argentina; Evo Morales (2006- en  Bolivia,  Rafael Correa (2007-2017) en Ecuador; José  Mujica (2010-2015) en Uruguay; Fidel Castro (1965 -2011 )  y Raúl Castro (2008-2018) en Cuba, y Daniel Ortega (2007-) en Nicaragua, fue posible el fortalecimiento de la unidad en integración latinoamericana.

    De este modo, nació en 2008 la Unión de las Naciones Suramericanas (Unasur) , que constituye un mecanismo de integración regional en materia de educación, seguridad, salud, energía, ambiente, democracia e infraestructura, entre 12 países suramericanos: Argentina, Brasil, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela.

    Entre sus propósitos figuran: el fortalecimiento del diálogo político entre los Estados miembros, el desarrollo social y humano con equidad e inclusión para erradicar la pobreza y superar las desigualdades; la  integración energética y financiera y la protección de la biodiversidad.

    Posteriormente, se creó en 2011 la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), con el objetivo de promover la concertación política, impulsar la agenda latinoamericana y caribeña, así como la integración regional para el desarrollo.

    La Celac representa un elemento clave para el fortalecimiento de la democracia y la protección de los derechos humanos en los 34 países de la región.

    Asimismo, es un foro para intensificar el diálogo político y defender los intereses latinoamericanos y caribeños frente a los temas de la agenda internacional.

    La amenaza de la derecha

    El actual panorama político de Latinoamérica, dividido entre la derecha y la izquierda, supone un riesgo para las relaciones diplomáticas y el desarrollo de los mecanismos de integración.

    Las diferencias son más que marcadas en la visión política, económica, social e incluso cultural de la región.

    La derecha se subordina a Washington en su afán injerencista; pacta con el Fondo Monetario Internacional (FMI), implementa políticas neoliberales y decreta recortes en lo social que afectan la calidad de vida del pueblo.

    Por su parte, la izquierda resiste a las agresiones y sanciones  perpetradas por la administración de Donald Trump, defiende su derecho a la autodeterminación y a resguardar los derechos sociales de sus habitantes.

    Con la llegada al poder de Mauricio Macri en Argentina; Iván Duque en Colombia; Michel Temer en Brasil;  Martín Vizcarra en Perú, Sebastián Piñera en Chile y Mario Abdo Benítez en Paraguay, el escenario es delicado para la unidad latinoamericana.

    Portazo a la Unasur

    Justamente en abril pasado, estos seis países comunicaron su decisión de “no participar en las distintas instancias” de la Unasur hasta que no se garantice “el funcionamiento adecuado de la organización”.

    En una carta dirigida al entonces canciller boliviano Fernando Huanacuni, que la Unasur ha estado acéfala bajo la presidencia pro tempore de Bolivia y que no se dan las condiciones para tomar decisiones.

    Estos seis representantes de la derecha en Unasur son parte del Grupo de Lima, capitaneado por Luis Almagro, secretario de la OEA para promover el aislamiento y la intervención de Venezuela.

    El problema real no es entonces “la acefalía” de Unasur sino todo lo contrario, que ésta tiene por un año la presidencia de Bolivia, compañero de causa de Venezuela, Cuba y demás socios del Alba”, señaló el periodista argentino Emilio Marín, en su artículo “Macri y cinco gobiernos más dieron el portazo en Unasur”.

    Estas razones quedaron en evidencia aún más cuando Iván Duque, a las pocas semanas de haber asumido la presidencia de Colombia indicó que para su Gobierno es prioridad fortalecer la OEA y presentó una solicitud para retirar a su país de la Unasur.

    Argumentó su decisión acusando a la  Unasur de ser  una organización creada “para destruir el ambiente interamericano“, y que su comportamiento “terminó demostrando que está al servicio de Nicolás Maduro en Venezuela”.

    Incluso sugirió que la OEA propicie el diálogo para que en Venezuela “se pueda dar una transición respaldada por la comunidad internacional”.

    Ante estos ataques, la respuesta del Evo Morales , quien ejerce  la presidencia pro témpore de Unasur,  ha sido abogar por superar las diferencias entre países para reconducir este organismo de integración.

    “En cualquier región del mundo, en cualquier continente, hay diferencia, pero por encima debe estar la integración“, aseveró.

    La esperanza en Brasil

    Aunque en México se dio la victoria de la izquierda, con la elección de Andrés Manuel López Obrador, el resultado de las elecciones presidenciales en Brasil será vital para definir el futuro de la región y el fortalecimiento de los procesos de integración continental.

    Los dos más fuertes candidatos a lograr la victoria son el ultra derechista Jair Bolsonaro y  Fernando Haddad, quien asumió la candidatura del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT) tras el impedimento judicial de Lula Da Silva.

    Para el analista internacional, José Antonio Egido,  Bolsonaro  actuaría en consonancia con las prácticas de Michel Temer,  por lo que “asumiría un rol contrario a la integración suramericana y de mayor cercanía con EE.UU. y la OEA “.

    Mientras que con el triunfo de Haddad sería posible frenar el proceso de desarticulación de la integración latinoamericana, que afecta al Mercosur, a Unaur y a Celac , para darles un nuevo impulso.

    Historia de la intervención Norteamericana en América Latina: Desde la Doctrina Monroe hasta la OEA

     

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