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    La Organización de las Naciones Unidas (ONU), nombró este 3 de marzo como el Día Mundial de la Vida Silvestre, o también conocido como el Día Mundial de la Naturaleza. La jornada conmemorativa está destinada a celebrar la belleza y variedad de la flora y fauna de nuestro planeta, además de generar conciencia en relación a los beneficios que trae la conservación de todas las formas de vida que coexisten en los ecosistemas.

    La naturaleza es una realidad simplemente valiosa por sí misma. Hermosa y poseedora de una abrumadora grandiosidad, cargada de sabiduría y de mínimos elementos que juntos constituyen –sin duda- lo mejor de este mundo. Además de su valor intrínseco, la fauna y la flora contribuyen a los ámbitos ecológicos, genéticos, sociales, científicos, educativos, culturales y recreativos para el bienestar de las personas.

    Sin embargo, el constante saqueo de los recursos del planeta, la abundante producción de energía para todo tipo de productos, los residuos y desechos del consumo diario de las sociedades contemporáneas, son una forma de hipoteca de acuerdo a la supervivencia de nuestra tierra.

    Hay cambio climático, se calientan los mares y la atmósfera, se contaminan las aguas y el aire. Se matan los suelos y con ello caen los árboles y mueren cientos y miles de animales todos los años. ¿Quién salvará a las especies? Ciertamente no serán las legislaciones poco transparentes manipulas por el mercado, ni la globalización neoliberal que crece y crece destruyendo a la naturaleza que hoy, es conmemorada.

    “Qué triste es pensar que la naturaleza habla y que el género humano no la escucha”, decía el escritor francés Víctor Hugo, al comprender que destruir lo natural es no respetar su riqueza y dinamismo. A eso, se suma el proverbio de indígenas Cree, que hoy, en el Día de La Naturaleza, cobran un especial sentido:

    “Sólo después de que se haya talado el último árbol, sólo después de que se haya envenenado el último río, sólo después de que se haya pescado el último pez, sólo entonces, se darán cuenta que el dinero no puede comerse”.

    Por Francisca Arriagada.

    El Ciudadano

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