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    La relación de Julia con la naturaleza fue algo intenso, casi mágico desde que tuvo uso de razón. El activismo, la defensa de los animales, de los árboles y de todo ecosistema natural, era algo innato en ella desde que era niña.

    Podríamos decir que el destino de las personas viene unido en ocasiones a determinadas cosas, eventos o escenarios, y el de Julia, fue sin duda ese árbol tan singular. Esa secuoya de 60 metros de altura y 500 años de edad, a quien llamaron “Luna” y que ella, defendió con su vida. Te invitamos a conocer su increíble historia.

    El esfuerzo de la mariposa y el legado de la Luna

    Todo empezó en diciembre de 1997. La empresa Pacific Lumber Company había firmado ya con la ciudad de Stanford, en California, la tala de uno de los bosques más antiguos y preciados de esta zona, era un increíble ecosistema donde se alzaban viejas secuoyas de belleza ancestral, entre las cuales, se hallaba una realmente especial, a la cual, llamaban “Luna” y que contaba ya con más de 1000 anillos en su tronco. Una maravilla indiscutible para muchos y un simple trozo de madera para otros, al que destruir pasándolo por el filo de una motosierra.

    Ahora bien, ese proyecto se vio de pronto entorpecido por la presencia de una chica de 23 años, que amenazó con vivir en ese árbol que pretendían “asesinar”. ¿Su nombre? Julia Butterfly Hill, aunque todo su círculo personal y las organizaciones por la defensa natural, la conocían simplemente como “Mariposa”. ¿Y de dónde había salido esta chica tan tozuda capaz de amenazar a una poderosa compañía como la Pacific Lumber? La verdad es que Julia era una chica humilde, alguien que había recibido educación en casa, que había vivido de caravana en caravana, llevando una vida basada en la humildad y el amor a la naturaleza.

    No obstante, ocurrió algo en su vida que le dio aún más fuerzas y unión con los bosques. Con 22 años sufrió un grave accidente de tráfico con importantes secuelas. El traumatismo craneoencefalico le dejó graves consecuencias que hubo de afrontar con una terapia intensiva, y que superó teniendo siempre como visión, los bosques californianos frente a su ventana. De algún modo, les debía la vida después de esa unión, de ese callado apoyo.

    Julia no lo dudó y se subió a la copa de la secuoya Luna, y, desde ahí, pudo ver como la Pacific Lumber talaba los árboles y quemaba otras zonas cada 6 días. Por un tiempo, actuaron como si no les importara que ella estuviera allí, sobreviviendo en una plataforma de 3 metros cubierta con plásticos, con un pequeño hornillo y unos cubos donde recoger agua o hacer sus necesidades. Tenía también unas pequeñas placas solares que le servían para cargar el móvil y así, conceder entrevistas y explicar lo que allí estaba sucediendo.

    Los meses pasaban y no dejaron de llegar más y más dificultades. Feroces tormentas que casi se la llevaron al suelo de no ser por esa unión que estableció con Luna, con esa secuoya que, según ella, le hablaba y le indicaba cosas como “las ramas rígidas se rompen, sujétate en las flexibles. Se valió de muchas de sus hojas y plantas cercanas para tratar sus enfermedades, contó siempre con el apoyo de numerosas organizaciones y de varios famosos como Woody Harrelson que se acercaron a ofrecerle su admiración.

    Pero, ¿sirvió de algo todo este esfuerzo, este sufrimiento? Julia bajó de los brazos de Luna un 18 de diciembre de 1999. Sus manos olían a musgo, su cabello a madera, su piel a la brisa del viento húmedo, y su alma a superación. Se celebró un acuerdo en el cual, se pudo establecer que nadie talaría a Luna, ni a ningún árbol que estuviera en un radio de 60 metros.

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