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    Alarmantes son las cifras propinadas por la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, en el apartado particular que se refiere a las 300 especies de tortugas que existen en el mundo y de las cuales al menos 129 se proyectan en peligro de extinción o se encuentran a punto de desaparecer. Por poner un ejemplo, de siete especies marinas, seis podrían ser erradicadas de la faz de la Tierra por culpa del hombre, que parece ser su mayor depredador. Solo en el caso de estas últimas, sus poblaciones se estiman en 60.000 hembras reproductoras de tortuga boba, 34.000 de laúd, 203.000 verdes, 8.000 carey, 10.000 francas oriental, 1.000 bastardas y 800.000 oliváceas.

    Con miras a convocar la conciencia colectiva y entender la necesidad de cuidarlas y preservarlas, en mayo se celebra un Día mundial de la tortuga para conmemorar el nacimiento de Carolus Linnaeus, creador de la nomenclatura binominal empleada para clasificar dichas especies. Se celebra desde el año 2000 por iniciativa de la American Tortoise Rescue.

    Con más de 200 años en la Tierra, aparecieron antes que otros lagartos y serpientes de la familia de los reptiles. Pueden alcanzar velocidades de 35 km por hora en agua, aunque en la tierra sean consideradas demasiado lentas. Su longevidad de vida (más de 150 años en cautiverio), les ha permitido manternerse, evolucionar y desarrollarse desde la prehistoria. Además cuentan con la condición poiquilotermo que les permite adaptabilidad a las temperaturas (regulan su flujo sanguíneo según el sitio donde se encuentren), aunque a casi ninguna le guste vivir en regiones gélidas hay que decirlo.

    Datos curiosos sobre ellas abundan. Por ejemplo, su caparazón está hecha de más de 50 huesos y le sirve para protegerse de sus depredadores. Lejos de la leyenda de que pueden abandonarla, como se mostraba en muchas comiquitas que se transmitían por televisión en los años 80, ésta es parte esencial de su estructura ósea y crece con ellas. De sus sentidos, los más agudos son el oído y el olfato, y dado que su piel es receptora de oxígeno pueden hibernar durante prolongados períodos bajo el agua.

    Carnívoras, herbívoras y omnívoras, según sea el caso, se alimentan de lo que les provee el entorno en el que habitan, diferenciándose en el caso de las que son de tierra, que prefieren frutas y hierbas, a otras que se alimentan de algas, peces e incluso carne.

    Destacan entre ellas las tortugas laúd, capaces de emprender recorridos de hasta 15.000 kilómetros al año y bucear a 1200 metros de profundidad. Pueden medir más de dos metros y cuentan con una capa de grasa aislante, entre su cuerpo y la caparazón, que les hace tolerar aguas congeladas.

    Según reportes de la ONG World Wildlife Fund (WWF) la tasa de mortalidad de las tortugas laúd llega hoy al 30%. La cantidad de hembras reproductoras ha decrecido de 90.000 en el año 1982 a apenas 34.000. Anidan seis veces por temporada y llegan a poner hasta 90 huevos por nido.

    En líneas generales la madurez sexual de una tortuga se diferencia en función del sexo. A pesar de ello es bastante pronto si compara con el ser humano, pero bastante distante si se hace con otras especies del reino animal. El macho lo logra a los 7 años de edad y la hembra a los 9. 

    Conscientes de la necesidad de preservar su vida se les otorgó un día en el calendario como un recordatorio/alarma para promover a escala internacional su cuidado y el respeto.

    Hoy más que nunca se debe atender la presencia de plásticos en el agua (según WWF para 2050 habrá más plástico que peces en el mar), restos de redes de pesca, basura acumulada en las arenas de las playas, pesca accidental, cambio climático, destrucción de hábita, enfermedades, contaminación por sustancias orgánicas e inorgánicas, destrucción de sus nidos o el uso de su caparazón para realizar artesanías.

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