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    El triunfo resulta histórico. Mínimo, pero histórico. La derecha se adjudica una ventaja mediática que servirá para decir que el gobierno está derrotado. El oficialismo, por su parte, saldrá a mojar con lágrimas las cámaras de TV, radios y diarios para decirles a sus antiguos seguidores de centro izquierda (más centro que de izquierda) que la única posibilidad de que la derecha no llegue al poder es con sus votos. Además, la gente ajena a la cultura cívica y que representa un gran porcentaje electoral, se les seguirá diciendo que la política no es para ellos, y que solo deben votar por la pancarta más grande y colorida. Las ideas no importan.

    La realidad política nacional es lamentable. Se habla de unidad en una coalición derechista que se pelean entre ellos. Copados de personajes muy ajenos al intelectualismo político, muy lejos del debate y de la presentación de ideas. No saben hablar más que de la inmensa mayoría, y del marketing político. Son los dueños económicos de Chile, y van por el control político, que ya tienen de cierta forma.

    La Concertación, por su parte, entra en el mismo juego. Lloran hoy la pérdida de una elección que se hace llamar democrática. Y que de cierta forma lo es. La gente fue a las urnas, tuvo la opción de elegir, votó, y nadie le puso un fúsil por ello. Sin embargo, jugaron en un sistema electoral que pudre la democracia. El binominal habrá cobrado sus víctimas en varias comunas, y varios electores habrán creído que los que perdieron fueron porque no tuvieron respaldo popular. En fin, lo cierto es que este modelo ha sido administrado por la Concertación, y aunque ha tratado, tibiamente, pero ha tratado de modificarlo, la derecha es el escudo perfecto, porque han sido ellos los que han terminado con cualquier iniciativa. ¿Alguien sabe eso?, pocos, porque también se han encargado de fomentar la ignorancia política en la sociedad chilena.

    Y es que si los primeros indicios de una diferencia establecida entre lo que se denomina derecha e izquierda política quedó marcada con la ubicación en los banquillos a los lados del presidente de sectores contrapuestos en la asamblea constituyente de la Francia revolucionaria de 1792, hoy aquellos banquillos están cada día más juntos. Las elecciones lo demuestran. Las caras se repiten, los candidatos juegan de una comuna a otra, como si se tratara de un tour eleccionario, y la gente cae en el juego.

    Nuestra referencia es particular. La hegemonía político-económica-ideológica está compartida. Alianza y Concertación se manejan a niveles de amistades por conveniencia, excluyendo a sectores como la izquierda extraparlamentaria que tampoco han sabido masificarse. La torpeza político-comunicacional de estos últimos implica, también, una razón de que no están preparados para gobernar, aunque aquello de ninguna forma implica que desvergonzadamente el oficialismo y la derecha sigan excluyéndolo, más aún si hablan en sus slogan de democracia.

    En este sentido, lo del domingo 26 no es más que un circo lamentable. Se juegan a los triunfos y derrotas, de gobierno y alternancia, cuando en sus médulas de acción representan lo mismo. Debiese decir que la democracia fue la que nos hizo renovar o tener nuevos alcaldes y/o concejales, pero sabemos que la realidad dista de aquello, y mientras no exista una disposición por parte de los grupos gobernantes (Concertación y Alianza), seguiremos, de seguro, escribiendo las mismas columnas.

    Por Julio Sánchez Agurto

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