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    Hace más de un año que el movimiento estudiantil nos sacó de la modorra con sus tomas, asambleas y consejos. El legado del tirano y de los hijos del apóstol del neoliberalismo, Milton Friedmann, fue cuestionado hasta la médula. Con las movilizaciones sociales de las últimas semanas quedó demostrado que la mercantilización del existir y la humillación de los débiles frente a los poderosos no serán toleradas. Y la esperanza volvió e inundó nuestras venas.


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    Lo que algunos porfiaban en reducir a un simple episodio, empieza hoy a adquirir dimensiones históricas. De norte a sur los [email protected] se alzan contra la injusticia; los deudores habitacionales se yerguen orgullosos, los campesinos y obreros forestales hacen lo propio, obstaculizando los caminos de la humillación; mientras las agrupaciones de vecinos se organizan; los mapuche continúan su resistencia contra el exterminio; y los pescadores artesanales están a punto de salir a protestar con la desesperación de quien no tiene como alimentar a sus hijos, frente a la depredación de la pesca industrial en la costas.
    Los ciudadanos de la República comienzan a caminar erguidos y desafiando a los usurpadores: la oligarquía chilena y su aliado extranjero, aquellos que se mueven con ventajas abismales frente al micro, pequeño y mediano empresariado.
    Todo indica que Chile está madurando, y de a poco despierta el gigante que hará el cambio anhelado por todos. Este gigante no es otro que la unión de los pueblos de Chile. Ante él, tiemblan los monstruos de la avaricia y sus periódicos rastreros.
    Les hemos regalado 35 años, pero su tiempo acabó. No vamos a permitir que en dos décadas Chile sea un desierto violento, contaminado y famélico.
    El mar y los ríos son el basural de las celulosas, salmoneras y mineras. ¿Qué queda para los pescadores artesanales?: Hambre y perdición.
    En el sur las tierras son dominadas por dos familias: Matte y Angelini, quienes poseen más hectáreas que los mapuche. Y para la gente de la tierra ¿Qué hay?: cárcel, tierras secas, discriminación y algunas becas.
    En el norte escasean ríos de aguas puras. El elemento vital es drenado por las grandes mineras. ¿Y para las comunidades indígenas? ¡Genocidio! señores.
    ¿No se dan cuenta que han estirado mucho la cuerda, la que sólo con un soplido se romperá? ¿O piensan que podrán ocultar la verdad bajo la alfombra hasta la eternidad?
    Entiendan todos de una vez: ¡No es conveniente la sobreexplotación de la tierra y el mar! No ven que con ello originamos miseria y destrucción. Bastaría con ocupar razonablemente sólo una pequeña parte de nuestras enormes riquezas para alimentar sanamente a nuestros pueblos; concebir un sistema educativo consciente y preparado para los desafíos de los nuevos tiempos; llevar una vida sana con el mejor sistema de salud; entregar buenas pensiones; y conseguir que todo el país y sus instituciones (como la TV y la prensa) sea una gran escuela que esté a la altura de la dignidad y diversidad de los pueblos de nuestro querido Chile.
    La unidad de los pueblos del país, organizada desde la base social, aparece como la única salida a la desigualdad y a la salvaje explotación de los trabajadores y de nuestros recursos naturales.
    Nuestro batallar no es confrontacional ni violento, sino amoroso y fraternal. Pero enérgico y valiente. Vamos a reconstruir los diálogos, acordar en conjunto los caminos y construir con nuestras propias manos el Chile que queremos. Llegó la hora de imaginarlo para hacerlo realidad. Una economía de solidaridad y reciprocidad, no de competencia. Una política democrática y no oligárquica. Una República de los Pueblos y no de los capitalistas.
    En este sentido, el encuentro de los pueblos en Valparaíso –7, 8 y 9 de septiembre- se presentó como un hito para el presente. Lo es, porque reunió a delegados de los estudiantes universitarios y secundarios; de los pueblos mapuche, aymara y diaguita; pescadores artesanales; mineros y pirquineros del norte; redes ambientales; gente de la red arco iris; campesinos; trabajadores portuarios, y muchos otros pueblos, que se sumaron a esta cita de unidad autoconvocada, que sentará las bases de la Nueva República, que será de todas y todos.

    Con unión, ayún (amor) y newen (fuerza) venceremos.

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