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    En pantalla y a miles de kilómetros de distancia, la competencia parece difícil pero nunca imposible. De vez en cuando, un triunfo lleno de dedicación y esfuerzo tiene detrás una historia que inspira el corazón de cualquiera.

    Mientras la cuenta regresiva se acerca a ceros, los reportajes sobre los básicos de las disciplinas y sus mejores exponentes inundan la televisión (a no ser que las principales televisoras del país creen un cerco mediático alrededor de la justa veraniega por intereses comerciales), y poco a poco, las personas de a pie se van empapando del espíritu que rodea a los Juegos Olímpicos.

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    Según el COI (Comité Olímpico Internacional), los tres valores que identifican al Olimpismo son la excelencia, la amistad y el respeto. Sólo a través de ellos puede surgir la competición deportiva en buena lid; el triunfo o la derrota son una oportunidad para mostrar humildad, orgullo, concentración, sacrificio, entrega, pero sobre todo humanidad. La Carta Olímpica del organismo lo deja en claro:

    “El Olimpismo es una filosofía de la vida, que exalta y combina en un conjunto armónico las cualidades del cuerpo, la voluntad y el espíritu”.

    A partir de esta premisa, millones de jóvenes de todo el mundo que sueñan con ser atletas se entrenan diariamente por un objetivo que consideran superior, un ideal que se forja en la mente desde las primeras competiciones y se mantiene como una meta inamovible que termina por moldear el estilo de vida y lleva consigo amargas derrotas y grandes decepciones, pero ningún esfuerzo está de más con tal de cumplir el sueño de ser el mejor en un deporte.

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    Para lograr competir a la escala más alta, a veces hace falta sacrificar convivencia, tiempo con la familia, entretenimiento y algunos placeres que no se adaptan a la forma de vida de un atleta de alto rendimiento: los músculos deben desarrollar memoria y mantenerse en su sitio, la mente fortalecerse y vencer cualquier obstáculo (real o ficticio) para encontrar la concentración y el temple necesario para ejecutar lo más cercano a la perfección, la voluntad está condenada a librar una batalla diaria contra la indecisión, el desánimo y las constantes decepciones, y el cuerpo en general mantener un nivel óptimo de salud, nutrición y rendimiento físico para evitar lesiones, todo parte de la naturaleza del deporte.

    Pero ¿qué tanto esfuerzo es aceptable para alzarse con la gloria olímpica? ¿Quién decide los límites del sueño, cuándo ha sido demasiado y cuándo es tiempo de esforzarse al máximo, sin importar nada más?

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    En todo el mundo, esta decisión corre a cargo de los mismos deportistas. Sólo ellos, haciendo uso de su madurez física y mental, tienen la potestad para elegir levantarse después de una fuerte caída, seguir adelante a pesar de las adversidades o bien, poner fin a las ilusiones y concentrarse en la cruel realidad; sin embargo, en China la situación es completamente distinta. Miles de escuelas ofrecen la posibilidad de educar a los niños desde la edad preescolar para “ser campeones”, basados en un entrenamiento tortuoso de más de cuatro horas al día. Según los entrenadores, el éxito de las delegaciones chinas en los Juegos Olímpicos modernos se basa en una tradición de sacrificio y esfuerzo, valores que a primera vista resultan idóneos y compatibles con los del Olimpismo para competir en aras de alcanzar la excelencia y la gloria.

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    Los millones de niños chinos que se educan en este régimen deportivo son sometidos a entrenamientos brutales para su edad, estiramientos extremos aprovechando la elasticidad de los primeros años de vida y sometidos a intimidación, maltrato y violencia física y verbal. Para ellos, el deporte no es la parte dulce y divertida de la vida, donde es posible olvidar los problemas personales y sociales alrededor mientras se compite en una actividad lúdica que mejora la salud física y mental. El deporte en estas escuelas significa la excelencia a toda costa, la obligación, el método y la presión para conseguir resultados y volver en cuatro ciclos olímpicos con un montón de preseas colgadas al cuello.

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    ¿Qué es el deporte para un niño chino, una vez que deja a un lado lo lúdico y se convierte en tortuosa obligación? ¿Dónde están los valores del Olimpismo, suprimidos por la competitividad a toda costa y el triunfo sin importar las consecuencias? ¿Acaso es el precio de una medalla?

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    El ciclo del deporte se rompe cuando se convierte en una obligación. Entonces el virtuosismo desaparece y se convierte en una actividad alienante, con especial énfasis en un niño en edad preescolar que comienza a explorar todo lo que el mundo tiene para ofrecer y aún no ha descubierto el poder de la lectura, las operaciones matemáticas más simples o el respeto a la naturaleza, ni siquiera ha desarrollado su conciencia a plenitud ni una memoria capaz de comprender cómo pasa el tiempo.
    Entonces el menor pierde su categoría de humano: los valores olímpicos están más lejos que nunca y sus derechos fundamentales son aplanados por una gris maquinaria de un sistema enfocado en ganar sin importar el modo, en forzar al cuerpo humano hasta el punto de quiebre, en acabar con la dignidad aun cuando el concepto ni siquiera está claro en la mente de los más pequeños.


    A estas alturas, un oro no vale nada, ni siquiera las recompensas económicas que esperan en el país de origen, mucho menos escuchar el himno nacional y ver a tu bandera en lo más alto. En definitiva, el precio de la gloria nunca puede está por encima de los valores humanos que pregona el deporte.

    Cultura Colectiva

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