La corrupción que corroe el alma de Chile

De acuerdo al Banco Mundial, en Chile el 5% más rico del país se lleva más de la mitad de los ingresos (51,5%).

Esto se traduce en que 45 hogares (0,001% de la población total) gozan de una riqueza financiera que supera los US$100 millones.

En este contexto, en el año 2012 el Congreso aprobó la ley de pesca, conocida como “ley Longueira”, que regaló a las grandes empresas pesqueras cuotas de pesca estimadas en US$743 millones anuales y que, en la práctica, ha sido una decisión por tiempo indefinido.  Es decir, se traspasaron “recursos a perpetuidad a siete familias, en desmedro de 90 mil pescadores artesanales”.

Ponce Lerou, ex yerno de Pinochet y hoy convertido en uno de los más ricos del mundo, ha financiado en forma transversal a grupos de políticos. El grupo económico Penta ha sido financista de la UDI.  El hijo de la Presidenta Bachelet ha usado su situación para beneficiarse ante el principal banquero de Chile.  La salud pública atiende al 75 % de la población.  La salud privada atiende al 15%.  Menos de la mitad de los médicos trabajan en el sector público y, del gasto total en salud como porcentaje del PIB, menos de la mitad es gasto público.  Medio centenar de oficiales de Carabineros están involucrados en un fraude que, hasta ahora, se calcula en 25 millones de dólares.  Hay colusiones entre las farmacias, las empresas del papel, los supermercados.

A esto se suman las cuentas de Pinochet en el Banco Riggs, los latrocinios con los tanques Leopard, los cohetes Rayo, las fragatas, los aviones de combate negociados en las sombras, los containers despachados desde Famae cargados con cocaína disimulada entre repuestos mecánicos, la ley reservada del cobre, los fraudes de los altos mandos para apropiarse de bienes públicos, los robos de doña Lucía a través de Cema, las leyes secretas constituidas por 110 decretos, de los cuales 98 han sido destinados a legalizar transacciones económicas ilegítimas tales como pago de comisiones, coimas, abultamientos de saldos de cuentas corrientes de comandantes en jefe, etc…

Todo esto ocurrido en la “transición a la democracia” que, en verdad, ha sido efecto de un pacto de silencio “para la gobernabilidad” entre los dirigentes de la Concertación, los grandes empresarios y las FFAA.  Todo esto es corrupción.  Y todo esto y mucho más explica la mantención de las malas condiciones laborales en Chile, que son funcionales a la riqueza y la desigualdad y que ha permitido la creación de gigantescos grupos económicos unidos a las transnacionales.  También es explicación de la imposición de las AFP, que no son un sistema previsional, sino un sistema auxiliar del mercado de capitales, disponiendo de una cantidad enorme de ahorro interno para financiar a los grupos económicos a costo cero.  Hoy, las AFP están pagando menos de 400 mil pensiones y más del 65% son cargo al erario nacional. Si una AFP quiebra, el Estado responde.  Dado que hay pensiones inferiores a 85 mil pesos, es fácil observar que los recursos de los trabajadores han permitido la gran inversión privada y desarrollar el mercado de capitales.  Cinco de seis AFP están controladas por transnacionales y están autorizadas para invertir en el exterior un porcentaje de los ahorros de los trabajadores.  Ninguno de los agresivos “defensores de la soberanía nacional” se ha manifestado frente a esta política antipatriótica.  Al contrario, son los mismos que justifican la pobreza culpando a las víctimas. Tampoco se hace público que, por la pobreza y la inseguridad  que ésta conlleva, más de un millón de personas sufren de ansiedad y 850 mil de depresión, de acuerdo a cifras del 2016 de la OMS.

Todo esto es corrupción, como también lo son la indolencia y la indiferencia que sostienen la injusticia estructural inherente al sistema capitalista.   Porque el capitalismo es una gran “moledora de carne humana” que extrae todo lo que puede y desecha lo que no le es rentable.  El capitalismo descansa sobre el individualismo  posesivo y la propiedad privada.  “La economía de mercado descansa a su vez sobre la conversión de cada vez más ámbitos de la existencia en mercancías, donde alguien, intercambiándolas, gana en beneficio.  Incluidas falsas mercancías que el capitalismo no crea pero las usa hasta convertirlas en fragmentos carentes de sentido colectivo e, incluso, de posibilidad de supervivencia.  Así es con el conocimiento, con el dinero, con la tierra y con los seres humanos”.  (Monedero, J. C., “Exodo” 136, diciembre 2016, pág. 22).

El temor al retorno de las dictaduras y el temor a asumir el desafío de la soberanía que pertenece al pueblo, provocan miedo.  El miedo congela la política y abre las puertas a la corrupción, cuya mayor expresión es la desigualdad. La enorme desigualdad de nuestra sociedad imposibilita la democracia, en la misma medida que la corrupción la destruye.

El cardenal Peter Turkson, prefecto del nuevo ministerio vaticano para el desarrollo humano dice que “la corrupción está en el  origen de los más graves dilemas del planeta y constituye  el arma principal de las organizaciones criminales y las mafias.  La corrupción y las mafias son fuerzas contrarias al ser humano.  Cuando se habla de corrupción, se habla de crimen, de guerra, de dolor, de injusticia, de opresión, de degradación, de exclusión, de ignorancia.  En estos términos, la acción llevada por la corrupción es similar a aquella de la mafia.  Son fenómenos distintos, pero el efecto es común: un camino de muerte”.  Y agrega el representante del Papa Francisco que “existen formas de corrupción que se alimentan de un aparente respeto a las reglas.  Por ejemplo,  si no se han beneficiado de información reservada, los profesionales del sector financiero que por años han ganado ‘inventando’ y vendiendo lo que hoy llamamos ‘activos tóxicos’, no han  violado ninguna norma.  Sin embargo, han contribuido de modo decisivo a la degeneración del sistema económico-financiero, cuyas consecuencias las estamos sufriendo todos todavía”.

Es así como cada acto de corrupción degenera el tejido social que lo circunda y más grave es aún cuando son actos realizados por personas que desempeñan un cargo institucional o roles de responsabilidad.  Porque la corrupción se convierte en una forma de vida que genera conductas nocivas que se autojustifican y que no permiten darse cuenta del daño que provocan.  Es ésta la muerte del alma de Chile.

Por Hervi Lara B.

Santiago de Chile, 19 de abril de 2017.

Hervi Lara B.
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