Pablo Toro (Santiago, 1983) es periodista, guionista de televisión y escritor. Como guionista trabajó en las series La Ofis (adaptación de la serie británica The Office), Los 80 y Bala Loca, entre otras producciones para televisión. En 2010 publicó su libro de relatos Hombres maravillosos y vulnerables, libro que comenzó a escribir durante el 2006, en el taller de narrativa de Luis López-Aliaga. Este libro le valió en 2011 el Premio Municipal de Literatura de Santiago. Son relatos que parodian el mundo de la televisión, el cine, la literatura y la política. Según las propias palabras del autor, se trata de cuentos cuyos personajes “son, en su mayoría, perdedores”.

Es sin duda uno de los narradores claves en la nueva generación de escritores chilenos, y esta vez, para Cuentos Ciudadanos, comparte con nosotros el relato “Fiestas”, incluido en su libro Hombres maravillosos y vulnerables.

(Imagen: Philip Guston)

Fiestas

 

SELINA HOLMES me ha llamado por la mañana desde un hotel en Bellavista, diciéndome que Roberto se encontraba enfermo, que hablaba sin parar de una supuesta fiesta que podían ser dos fiestas. Algo así. Desde hace un par de meses, cuando él abandonó la actuación, han estado viviendo en hoteles y residenciales del centro. Sé que cuando me llaman (cuando ella me llama), es porque necesitan ayuda, porque ellos saben o al menos creen que soy un buen tipo y uno de los pocos admiradores que va quedando del trabajo de Roberto. Saben, además, que soy el único que conoce el secreto de ambos y los confusos estragos de su vida juntos. He ido por la tarde al hotel y Selina no exageraba. Roberto está recostado sobre un sillón, cubierto con algunas mantas descocidas y con la cara empapada en sudor. Se ve enfermo. Selina Holmes lleva un vestido verde que la hace verse inflada, como si su cuerpo estuviera rebalsándose de líquido por dentro. En alguna época, pensé, estuve enamorado de esta mujer. Esta mujer de contornos afilados que se parecía a Lily Taylor y que ahora parecía un saco lleno de agua pestilente. Miré a Roberto. Por debajo de las mantas se tocaba el chongo.

—José Mendoza. Los viejos hábitos no mueren –ha dicho Roberto a modo de saludo, cambiando su posición en el sillón y sentándose con las piernas cruzadas y la espalda recta. El olor entre ácido y comida en descomposición de la pieza, las mantas corroídas con las que se tapa Roberto, el aspecto moribundo de Selina Holmes encapsulada en el vestido verde, me han bastado para entender la miseria en la que viven. Selina me ha ofrecido un vasito de pisco y yo he prendido un cigarro mirando a Roberto. Se ha despojado de las mantas y ahora tiene el torso desnudo. Su chongo parece vibrar, cada cierto rato se mueve de manera violenta y juguetona, pero no como si fuera Roberto quien lo mueve, sino que parece un reflejo, como si una extraña voluntad imperceptible se apoderara de esa pequeña masa indefinida e informe que se adhería a su torso.

—No te veía desde el homenaje en Buenos Aires –le he dicho a Roberto–. Eso fue hace cuatro meses.

—Es que te fuiste –me ha contestado con algo de irritación y con su voz profunda, ronca, impensada para la fragilidad de su cuerpo–. Aún no sabes lo de las fiestas, José, fiestas que podrían ser eventos aislados, pero que no lo son. Y esa última película que hice, por la que todavía no me han pagado… Ya ves que soy un desastre.

El olor a comida en descomposición se hizo más agudo, pareció materializarse en mi boca y me dio algo parecido a una arcada.

— ¿Cómo dejaste que no te pagaran? –le he preguntado, y de inmediato me arrepentí, porque algo así no se le puede preguntar a Roberto sin sentirse culpable, y después me he imaginado un set de filmación improvisado en un departamento de México D.F, donde tres o cuatro mujeres desnudas y venidas a menos tratan de buscar nuevas y creativas formas de utilizar el chongo de Roberto, aquel muñón erotizante, formas que vayan de acuerdo a los gustos del mercado actual, mientras el director, los camarógrafos e iluminadores observan con desencanto aquella búsqueda que tantas veces habían perseguido y que ya no les provocaba casi nada.

—Ya sabes cómo son los mexicanos –ha dicho Roberto–. Como todo el resto, nomás. Fetichistas secretos que te adoran y después se van sin pagarte y no tienen idea de la magnitud de las fiestas, la fiesta del jueves y la fiesta del sábado, naturalmente.

—No ha parado con eso de las fiestas –ha dicho Selina Holmes–. No me quiere decir qué fiestas.

Se ha generado un silencio incómodo. El olor a comida en descomposición es  ahora un poco más leve y he prendido otro cigarro para aplacarlo aún más. Le he ofrecido uno a Roberto y los dos nos quedamos fumando un momento en silencio, en el menos cómplice de los silencios, mientras Selina Holmes se sirve otro vasito de pisco junto a la ventana.

—No me pagaron y ya está –ha dicho Roberto–. Algún tipo estará usando la plata que me corresponde y creerá que con eso ha ganado una especie de batalla en la que triunfa el menos distraído, ¿no es así? ¿No es así como se miden actualmente las batallas? Lo importante sería decidir qué hacer con las fiestas, José. Asistir. La primera. La segunda.

— ¿Necesitas plata, Roberto?

—No nos queda casi nada –ha dicho Selina Holmes, apurada.

—José Mendoza. Los viejos hábitos no mueren –ha dicho Roberto, con una sonrisa–. Estamos bien. No te preocupes por la plata. Estoy feliz que hayas venido.

Selina Holmes ha mirado a Roberto con un odio que se parece a la resignación. No por haber rechazado el dinero, ya que Selina sabe que yo igual voy a entregarle unos billetes antes de irme del hotel, sino por algo que pareciera ser más antiguo, como si Selina le estuviera echando en cara a Roberto el estado en el que se encuentra, la fealdad que le acecha, esa gordura hecha de agua pestilente que le había arrebatado la belleza.

—¿Y no han tratado de buscar al que los estafó? –he preguntado.

—Hemos estado averiguando –ha dicho Selina–, Raúl y su mujer ofrecieron su ayuda y sus contactos. Pero no han sabido nada.

—No es que existan esas fiestas –ha interrumpido Roberto–, no estoy hablando de fiestas reales sino de fiestas que son un símbolo. Que son un adjetivo y un símbolo. Esta otra no entiende nada de esas cosas –Selina lo ha mirado con odio y resignación y se ha retirado a la cocina–. No le interesan, cree que la vida y la muerte no tienen nada que ver con las fiestas, José, pero tú entiendes de símbolos y de adjetivos, tú entiendes de estas cosas incluso mejor que yo.

Roberto se ha tomado el chongo con la mano derecha y lo ha apretado con fuerza. En la cocina se escuchaban los tacos de Selina Holmes repicando en el piso, un olor amargo a Nescafé ha inundado el departamento mediante ráfagas sucesivas. Para alguien que ignore la devoción y respeto inmaculado de Roberto por su brazo truncado, esa forma de apretarlo y rasparlo con las uñas no podía ser sino una señal de frustración. En otras ocasiones lo ha tratado de quemar, lo ha pinchado con agujas y lo ha hundido en agua hirviendo. Una vez, y esto me da un poco de vergüenza decirlo, lo ayudé a meter el chongo en un…

—Yo no sé nada de las fiestas, Roberto. Podrías contarme-

Me he quedado un par de horas más en el hotel, hablando de fiestas y recordando con Roberto algunos de sus grandes éxitos fílmicos, “Day of mutilation”, el porno hardcoreen www.theamputeelove.com, y el filme “La casa de los niños ortopédicos”, que había sido dirigida por nuestro amigo Raúl y que era, para mi gusto, la cumbre de Roberto, su epítome actoral, la obra por la que su nombre iba a estar para siempre inscrito en alguna forma de historiografía.

Dos días después he recibido una carta de Raúl. Me informa que no ha podido encontrar a los mexicanos y tampoco la plata de Roberto. Me dice que ha hecho todo lo posible. Me dice que lo siente mucho, como si disculparse ante mí fuera lo mismo que disculparse ante Roberto. Me dice que estará en París filmando una película. Raúl ha hecho decenas de películas, algunas de gran éxito. Ha adaptado a Proust y a Lafourcade. Ha dirigido a John Malkovich y a Catherine Deneuve, pero son sus películas no publicadas (fantasmas, les llama Raúl), aquellas en las que Roberto es el protagonista y las historias bordean lo tolerable, las que hacen de Raúl un verdadero genio. Un genio de la dirección de películas como Alex Von Lisperger, como Lucila Keats, como Jimmy Solomon Sachs, los tres absolutos maestros de la violencia secreta, según mi opinión aparentemente especializada, aunque sólo soy un abogado que disfruta del arte más o menos radical.

Camino al hotel me he detenido a comprar cigarros. Le entregaría la carta de Raúl a Selina Holmes y me retiraría lo antes posible del departamento, antes que Roberto pudiera arrastrarme hacia sus desvaríos y envolverme con el asunto de las fiestas. Me he puesto a pensar en Roberto y en Selina Holmes, en el paso de los años, y los recuerdos arrecian con una nitidez inquietante.

*

La madre de Ana Sandoval apoyó el golpe de Estado en 1973. Años más tarde, cuando Ana hacía sus primeras preguntas con respecto a la política, su madre le respondía que todo se podía tolerar en una sociedad, mijita, menos transgredir los valores de la patria, el amor, la propiedad privada. Cuando escuchaba esas palabras, Ana solía imaginarse un país lleno de militares que eran héroes o que eran pequeños dioses con pistolas. Pero también estaba su padre. Ana solía ver a su padre con la expresión podrida, una expresión no vital, leyendo los matutinos de la época y apagándose de pronto, como una vela en una tormenta de arena. Después lo miraba dormir durante horas en el sillón de la salita.

Su hermano mayor, Roberto, nació en los meses posteriores al golpe. Roberto nació con un chongo, es decir, tenía el brazo derecho en perfectas condiciones, pero en el izquierdo sólo tenía un chongo que colgaba de su torso y cuya utilidad, en apariencia, era nula. Algunos meses antes del nacimiento de Ana, en 1976, Roberto entró al jardín infantil. El primer día fue un desastre. Los otros niños no paraban de reírse del chongo de Roberto, que ya se había desarrollado y adquirido cuerpo y también algo que podría ser llamado musculatura, pero que no eran músculos. Los niños del colegio eran extremadamente crueles con Roberto, pero él, para sorpresa de muchos, para sorpresa de todos en los años venideros, nunca le molestó y nunca se sintió avergonzado de su chongo, más bien todo lo contrario; defendía su chongo cuando alguien criticaba su inutilidad y lo defendía porque sí, porque era suyo, porque había que defenderlo como se defiende a la patria o como se defiende a la mujer amada, me diría él mismo, años más tarde.

A sus cuatro años, según he podido constatar en fotografías, Ana Sandoval ya había desarrollado las marcas distintivas de su belleza. Su cuello alargado, sus pómulos un tanto hundidos y un poco rojizos que daban el contorno a su cara felina, que yo vería por primera vez en un clandestino de Providencia, años más tarde. La familia de Ana era feliz, que es sólo una forma de decir que su madre era feliz. Ganaba bastante plata como corredora de propiedades en el barrio alto. La vida resultaba apacible y la situación política del país era un orgullo. Su padre, en cambio, no paraba de dormir, y cuando despertaba era para leer los matutinos y discutir temas domésticos con su esposa. Estaba cesante pero no le importaba. Lo que le importaba era dormir, y dormir bien, y dormir mucho, y dormir tranquilo.

“Este Roberto es un muchacho complicado”, solía decir el padre de Ana, las pocas veces en que se despertaba y se decidía a hablar con su familia. “Roberto es un muchacho peligroso”, dijo cierta vez, y después se levantó de la mesa para volver a acostarse. Ana solía mirar a su hermano de reojo en las comidas y en los desayunos, al principio de manera inocente y fraternal, pero de a poco se fue dando cuenta que su atención, casi siempre, estaba dirigida al chongo de Roberto. Ana sentía una fascinación genuina por ese chongo. Era como si en ese chongo se concentrara toda la tristeza de un hombre pero también la solución a esa tristeza, me diría años después, era como si en ese chongo se encarnizara la metáfora más viva y despiadada de las limitaciones humanas.

Roberto no tenía mayor interés en su hermana y el asunto de su chongo, si bien era parte de sus preocupaciones, no era un drama ni una limitación. Roberto tenía doce años y siempre quería hacer las cosas que su chongo le impedía. Quería nadar, quería tocar batería, quería ser malabarista o boxeador profesional. Ana no se sentía particularmente feliz, ni entonces ni cuando nos conocimos, años más tarde, en un clandestino de Providencia. Ana se iba a acostar con su hermano mayor en las noches de pesadillas y sensaciones oscuras, para sentir que algo la protegía de ese miedo, de esa fascinación extraña que le venía en las noches. Una de esas noches, Roberto le confesó que él conocía su futuro, el futuro de ambos, y que el futuro estaba lleno de odio. De odio y de resignación, le dijo. Y después juraron no revelar el secreto. El secreto que ellos saben que yo sé.

*

He llegado al hotel y Roberto se veía igual que hace dos semanas. Enfermo, con la fiebre que debe andar por los cuarenta grados. La pieza estaba oscura. Una luz se filtra por las persianas avejentadas y el humo de un cigarro descansando en el cenicero dibuja líneas blancas en la atmósfera oscurecida.

—¿Cómo te has sentido? –le he preguntado–. ¿Dónde está Selina?

—José Mendoza –ha dicho Roberto–. Los viejos hábitos y las viejas canciones. La fiesta del jueves y la fiesta del sábado.

Me he quedado en silencio, pensando en eso que veo frente a mí. Un hombre perturbado y su muñón. Un hijo de vecino. Un ídolo desdichado.

—Hay dos fiestas –ha continuado Roberto–. La fiesta del jueves y la fiesta del sábado. A la fiesta del jueves puedes ir o no ir, José; puedes ir y pasarlo bien y pinchar con alguna niña, o puedes no ir, quedarte en tu casa viendo alguna película o fumando cigarrillos. En realidad no importa. Puedes perderte la fiesta del jueves porque sabes que está la fiesta del sábado. Tienes la certeza de que esa fiesta no puede fallar, ¿te das cuenta, José? La vida es la fiesta del jueves, y la muerte es la fiesta del sábado. Esa es la única razón por la que nos levantamos. La única razón por la que abrimos los ojos en las mañanas.

He vuelto a preguntarle por Selina cuando una especie de ráfaga conteniendo su olor ha inundado la pieza del hotel. Me doy cuenta que Selina duerme en la pequeña pieza del fondo y trato de evocar su rostro para que me haga compañía, una presencia necesaria ante la verborrea alterada de Roberto, que ahora está describiendo la música pertinente a la fiesta del jueves y la ropa necesaria para la fiesta del sábado.

A Selina Holmes la conocí en un clandestino de Providencia, un departamento conocido como Happyland, donde Roberto había hecho algunas performances y yo había asistido de público. Me la topé en un pasillo y de inmediato noté un parecido asombroso con Lily Taylor, noté que sus ojos parecían bailar, desplazarse con la mirada y después apagarse. Happyland era un departamento dividido en seis ambientes interconectados, donde los espectáculos fetichistas variaban desde el pregnantfetish hasta el cum swapping, pasando por el S&M y el bondage, las orgías convencionales y los gangbang. Presenciar una performance de Roberto valía entre cien y ciento cincuenta mil pesos, y era sin duda el espectáculo más preciado en Happyland. Selina Holmes, su asistente y hermana, lo sabía.

—Ella está durmiendo –ha dicho Roberto, como si adivinara mis pensamientos–. Siempre se ha visto hermosa mientras duerme.

—Tienes razón –he respondido, y recordé a la Selina Holmes de aquellos años, de las horas que pasé mirándola dormir, creyendo que el futuro podría incluir esa belleza devastada. He prendido un cigarro y sin despedirme de Roberto he salido de la pieza y del hotel. Las calles de Bellavista estaban vacías. La tarde se disolvía en la oscuridad y el frío hacía tiritar a los perros de la calle.

*

Pasé tres meses sin saber nada de Roberto. Pese a mi preocupación por sus vidas, la distancia se hacía necesaria. Algunas noches pensaba en Selina, la imaginaba en el departamento junto a Roberto, que seguía hablando de las fiestas. La imaginaba tomando vasitos de pisco y fumando y perdiendo de a poco los últimos resquicios de su vitalidad.

Hasta que he recibido la llamada de Raúl.

Con sorpresa me ha contado que Roberto había sido contactado por Jimmy Solomon Sachs. Raúl no sabe si se trata de un ofrecimiento para una película, o si los dos llegaron alguna vez a conocerse. Por eso he vuelto una vez más al barrio Bellavista. La sola posibilidad de una reunión entre Roberto y uno de los maestros cinematográficos de la violencia secreta, me produjo la curiosidad suficiente para volver a internarme en esas calles.

Cuando entro al departamento, siento un olor casi putrefacto. Selina está en el sillón, fumando con la vista perdida en las cortinas, que están cerradas. Si no fuera por dos velas que ha puesto sobre la mesa, todo sería oscuridad. Me acerqué y me senté a su lado. Le pregunté por Roberto y después por Jimmy Solomon Sachs y por el olor infecto que emanaba desde algún rincón difícil de identificar. Fue ahí cuando Selina, con su voz gastada por el fumar compulsivo, me contó sobre la reunión de Roberto con Sachs.

Tocaron a la puerta, Roberto le pidió a Selina que los dejara solos. Selina le expresó su preocupación, pero Roberto le explicó que intentaría hablar con Sachs acerca de la fiesta del viernes y la fiesta del sábado y la posibilidad de filmar una película llamada “La fiesta del viernes y la fiesta del Sábado”. Selina Holmes le hizo caso. Roberto caminó hacia la entrada, tocándose el chongo, y abrió la puerta. Selina no alcanzó a ver la figura del hombre que ingresó, sólo veía su sombra y la de Roberto proyectadas sobre la pared. Se escuchaba un constante murmurar. En un comienzo era calmo, pero después de unos minutos parecían estar hablando con cierta animosidad. Selina no alcanzaba a reconocer las palabras ni el acento del hombre que decía ser Jimmy Solomon Sachs, no identificaba su altura ni su contextura física. De pronto los dos callaron, y un segundo después cruzaron por el pasillo hacia la pieza del fondo. Selina los percibió escabullirse, pero no alcanzó a verlos. Escuchó cómo se cerraba la puerta. Se levantó del sillón y dio vueltas, fumando y esperando. No podía escuchar lo que hablaban, pero cada cierto rato se sentían unos golpes sobre la pared o contra el piso.Cuarenta minutos después Roberto salió de la pieza, se acercó a Selina tocándose el chongo y le pidió que se girara hacia la ventana. Jimmy Solomon Sachs no quería ser visto. Selina obedeció y se dio vuelta. Mientras miraba a unos perros vagos por la ventana, sintió los pasos de alguien pasando desde la pieza hacia la entrada. La puerta se cerró.

Selina le preguntó a Roberto sobre los detalles de la reunión, y sobre la película que filmarían junto a Sachs. Roberto le respondió que no hablaron de cine, pero que habían hablado de la posibilidad de un proceso y de las proyecciones infinitas de esa posibilidad. Cuando Selina le preguntó a qué clase de proceso se refería, Roberto dijo que le contaría todo al respecto, pero que antes necesitaba cigarros. Le pidió que fuera al kiosco de la esquina. Selina dijo que lo haría, y se puso un chaquetón. Antes de salir vio a Roberto sentado en el sillón, mirando su chongo y sonriendo.

Mientras compraba cigarros, Selina vio pasar por la vereda a una mujer muy delgada, que llevaba un vestido rojo. No era particularmente hermosa, pero llamaba la atención de quienes la veían pasar. Eso le hizo pensar en sus años en Happyland. En ese momento sintió ganas de regresar rápido al departamento y averiguar sobre la reunión de Roberto con el hombre que ella no podía ver.

Abrió la puerta y miró hacia el sillón. Roberto no estaba, pero había un cigarro encendido sobre la mesa. Selina se acercó y levantó el cigarro. Lo apagó. Vio que en el lugar donde antes estaba Roberto había un papel con algo escrito. Selina lo tomó. El papel decía “Fiestas”. Después corrió hacia la cocina, pero no había nadie. Miró en el baño del pasillo, y no estaba. Hasta que llegó a la habitación del fondo, y entonces lo vio. Había utilizado una cuerda y sus pies colgaban, aun tambaleándose.

Selina me ha contado la historia entre sollozos y me ha entregado ese papel: “Fiestas”. Le sigo haciendo preguntas, pero ella no quiere seguir hablando. Insisto en preguntarle por el olor casi insoportable que emana desde adentro, un olor putrefacto que llega hasta el pasillo del edificio, pero tras mirarla tiritando unos segundos, ya no necesito preguntar.

En la pieza, permanece colgando. Su cuerpo aún no entra en una descomposición absoluta, pero sin duda la carne muerta alcanza el olor de la podredumbre. Su color es gris o quizás verde, no es fácil decirlo, menos al mirarlo ahí colgado. Está sin camisa, y el chongo parece ser la parte de su cuerpo menos erosionada por los días. Volví a la sala donde se encontraba Selina Holmes y la miré durante unos segundos y le di un abrazo. En ese momento pensé en la fiesta del jueves y en la fiesta del sábado, imaginé a Roberto, vestido de traje, bien peinado, perfumado, tocándose el chongo, listo para internarse por las calles de Santiago en busca de la fiesta adecuada. Después tomé el teléfono para llamar a la policía.

El Ciudadano

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