Mareos, formalina, septiembre…

 Un sello generacional de nosotros, los de cuatro décadas, es una cierta fascinación por las paradojas, y el origen de ello no es difícil de rastrear. Nos tocó una época en que la esquizofrenia de los medios llegaba hasta lo cómico, ya que para buena parte de nosotros nos alcanzó la conciencia de lo trágico a través de los años. Según la televisión y las portadas de los diarios, reinaban paz, prosperidad y orden, cuando se nos advertía todo el tiempo de lo peligroso de los espacios públicos a ciertas horas -más bien a cualquier hora-, y empezábamos ya a conocer el carácter anárquico del capitalismo extremo que hoy ya es costumbre para, virtualmente, toda la población.

Pero lo más radical tuvo que ver con el patriotismo. Por más insistencia que ponían en el himno nacional en el colegio, se repitiera la imagen de la tricolor en todos los formatos y contextos, y el nombre del país se repitiera como algo que había que cuidar en épocas de peligro, mi generación desarrolló una conciencia profundamente apátrida. Si es que había que defender tanto una construcción que cada vez se hacía más fracturada y menos colectiva, sería porque eran tiempos abismales, apocalípticos, en que algo se había ya roto en el corazón mismo de la idea de país. El mundo anterior al golpe era una fotografía insistentemente monocroma, y este nuevo territorio abierto a la colonización cultural desde todos los rincones del mundo -en un plano en que el exilio también ponía su cuota de mareos- ya no era algo que defender o conservar. A muchos de nosotros la insistencia en la identidad nacional o latinoamericana se nos hacía majadería y falta de visión de una realidad en la que éramos ciudadanos del mundo, en el mejor de los casos, y en el peor, simples huérfanos.

Por supuesto, en ese nivel de desarrollo mental, había elecciones esperables. Por más que nos definiera bastante bien aquello de “Pinochet Boys” (difícilmente uno se imagina algo más definitivo y espantosamente paterno que un militar castigador), era mejor soñarse como un melancólico muchachito que recorre medio mundo para romper su orfandad en medio de una cruel tristeza sin paradojas, o un héroe que salva a la humanidad a través de una violencia pura que no dejaba espacio a la ambigüedad o a la interpretación. No pintaba bien el general como parte de la familia.

Ese quiebre entre palabra y hechos, ese espejismo que se proyecta Chile a sí mismo, no es nuevo, pero después de 1973 se hace parte fundamental de una cultura que, en el afán de ser fiel a sí misma, termina llegando a un inquietante vacío en el fondo de su identidad. Es precisamente este divorcio con la realidad lo que configura y fortalece el trabajo con la palabra, y produce la inquietud que moviliza, como perro que persigue, la literatura chilena. La obsesión recurrente por “desenmascarar” a la generación poética de los 90, quizás viene del olor a formalina que cargamos producto de tanto tiempo dentro de un laboratorio, y que recién hace una década se nos va quitando de encima.

Por Carlos Henrickson
[Escritor]

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