Un o una personaje de Lawrence Durrell, en alguna de sus novelas, dice algo así: «Con una mujer sólo se pueden hacer tres cosas: quererla, sufrir o hacer literatura.» La síntesis de lo que les compartiré se resume en las mismas palabras, pero de esta manera: quererla, sufrir y hacer literatura. Uso la conjunción copulativa en vez de la disyuntiva por culpa de Henry Miller –amigo de Lawrence–, pues se dice en el espectro digital que él escribía una novela para olvidar a una mujer. Yo, por supuesto, no escribiré una novela. Espero conseguirlo con un cuento de pocas palabras, ya que carezco de tiempo y ganas para extenderme durante más de una madrugada a esta empresa. Se trata de exorcizarme rápido de ella por medio de la literatura, que por fin me será útil.

¡Qué ridiculez! Acabo de afirmar que la literatura me ayudará a deshacerme de ella, pero si fue justamente la literatura la que me metió en este lío del carajo. Seré más específico: el autor del presente embrollo es un antipoeta. ¡Maldito Nicanor Parra! A causa de sus palabras la visité sin previo aviso, le caí en su vereda pensando que podría sorprenderla, sorprender en buen tono, no como sucedió. ¿Y qué dijo?, han de cuestionarse ustedes que de puro metidos están aquí. En un homenaje por sus ochenta años, alguien le preguntó cuándo la invitaría a su casa. Y él respondió más o menos así: «Nunca», porque entre pobres no hay ese protocolo. «Todo se hace por impulso, por pálpito…» Y yo, pobre, apenas lo escuché, quise saltarme ese protocolo e ir directo a su espacio, a encontrarme con su mirada luminiscente sin nada previo, como si no viviéramos en esta época de intercomunicaciones dominantes.

Si continúo escribiendo en primera persona, no faltarán los ingenuos que atribuyan esta ficción literaria al escribidor imberbe, cuya vida carente de emociones jamás podría volverse interesante para nadie, menos para los metidos que están leyendo esto en espera de algo sorprendente, magnífico, conmovedor, contundente, quizá de un buen lagrimón al terminar el cuento. Desde ya les advierto que nada de eso habrá. Con suerte, llegaremos al final y será un final, punto, tanto para el personaje en cuestión como para mí, que de repente se me impuso la tarea de escribir a toda prisa esta historia de historias revividas como si el eterno retorno siempre hiciera de las suyas. ¡Maldito Nietzsche, también! Por su culpa soy explotado a estas horas nocturnas de invierno primaveral con calor de verano, mientras bien podría disfrutar de una película dramática, unas cervezas frías y el fresco del ventilador en mi rostro.

Para evitar interpretaciones personales pasaré de la primera persona al omnisciente, donde me vuelvo más interesante, ya que me alejo un poquito y hago como si supiera todo de todos, moviendo las piezas con manos de titiritero perverso sin más intenciones que la de divertirse y divertir durante un buen rato al público, con la desgracia, por supuesto, de mis egos existenciales. Disfrútenlo. Ok, de ahora en más la cosa será así: en vez de yo será él. Ella seguirá siendo ella. Y el otro… Bueno, el otro lastimosamente continuará siendo el otro. El desgraciado otro. El indeseado e inevitable otro. El otro…, pero no el otro como los otros de Lost.

A ver si puedo solucionar el conflicto –y el clímax– en un párrafo. Él, tras una tarde de correcciones de textos, se puso a escuchar el homenaje a Nicanor Parra en YouTube. Lo disfrutó tanto que lo compartió en las redes sociales y al rato le dio ganas de hablar del antipoeta con unos amigos poetastros. De noche, cuando debía cumplirse la rutina de las andanzas en bicicleta con un amigo suyo, no tuvo ganas de salir. Simplemente quiso continuar encerrado, ensimismado, leyendo, en busca de algo nuevo y sorprendente. Pero al final se predispuso a pedalear. El amigo vino y conversaron acerca de a quién visitarían en esa ocasión. Él pensó en ella y preguntó al compañero de aventuras sobre dos ruedas si tenía ganas de ir hasta la casa de la chica, a unas cuadras del otro lado de la ciudad de Asunción. Sí, vamos. Pero no le avisé nada. Y llamale. No, será mejor así. Si no está, volveremos. Ok. En el viaje sufrieron algunos sustos por los automóviles que se creían propietarios de las calles, dejando sólo las veredas estrechas y en mal estado para los ciclistas que iban a la velocidad permitida por sus piernas y temores. Ya en el domicilio, en la vereda, tocó el timbre, y al ratito fueron recibidos de buena gana por ella, que no se mostró sorprendida. O si lo estuvo, lo aparentó muy bien. Entraron. Dejaron las bicicletas en el patio del frente. Cruzaron la sala, el comedor, la vieron entrar en la cocina y llegaron al patio trasero, donde los aguardaban unas sillas cómodas. Él escuchó la voz de alguien, de un varón, en la habitación de ella. Quiso atribuirla a la de su hermano. Ah, sí, ha de ser él hablando con la mamá. Llegó a esa conclusión pueril porque la madre de la chica estaba de visita en la casa. Con esa justificación se tranquilizó y la esperó sentado, tranquilo, para verla de frente, a los ojos, tras semanas de no tenerla así. Ella, con el termo y la guampa en mano y la disposición de servir, tomó una silla pequeña, se ubicó frente mismo a él y le sirvió el primer tereré. El amigo estaba al lado de nuestro antihéroe. Empezaron a conversar sobre nimiedades habituales, quehaceres del día, entre otras cuestiones, cuando, de la nada, no, de la nada no, de la habitación de ella, salió el otro con la firme intención de unirse a la tertulia espontánea. En un primer momento pensó que la cosa se volvería interesante. La chica manejó la situación con total naturalidad. El otro tomó la palabra e hizo sentirse en ese espacio extraño y común a la vez. Nuestro personaje principal, apreciados lectores, por más de que era infinitamente más interesante que el otro, decidió guardar silencio, como siempre hacía en situaciones similares. No era de competir por nadie. Si debía hacerlo, nada valía la pena, se repetía de tanto en tanto. Primero pensó que el otro se iría rápido. Al no concretarse ese deseo, él debía retirarse, pero hubiera sido raro hacerlo justo después de verlo. Entonces se mantuvo sentado, escuchando y bebiendo el tereré servido por ella. No observó, adrede, el encuentro en todos sus detalles. No quería encontrarse en medio del cruce de miradas entre ellos. Eso, de seguro, lo hubiera dañado por dentro y no tendría fuerzas para disimularlo. Recordó al antipoeta. ¡Maldito Nicanor Parra! ¿Por qué carajo se me ocurrió hacer caso a sus palabras de venir por un simple impulso? Lo peor del encuentro fue que ni siquiera le cayó mal el otro: un tipo bonachón, cordial, con características de pequeño burgués, acorde a los gustos de ella. Por algo le había admitido estar enamorada de ese personaje secundario, a pesar del temor de ser juzgada y echa a un lado de la vida de nuestro antihéroe. En ese instante de confesión, él nada dijo ni hizo, pero lo que hubo entre ambos durante un par de meses estaba en las últimas. Miró el celular, en busca de la hora. Habían pasado unos minutos de la medianoche. Ese gesto al parecer repercutió en el otro, que se puso de pie y se despidió, siendo acompañado por ella hasta la vereda. Esto es raro. ¿Qué? ¡Lo acabado de presenciar! Ah. Quizá para ti no lo sea. Y… Vengo. Me recibe. ¡Y él está en su habitación! No es algo que uno quisiera vivir. Y no… Pero tampoco podés exigir nada, si sólo son amigos. Ella regresó. Tomó asiento de nuevo y él le dijo que bebería un tereré más y se mandaría mudar. La chica sólo sirvió. Al rato, luego de mirarse a los ojos y no comprenderse, se volvió hacia a su amigo. Es tarde. Vamos. Ambos se pusieron de pie e hicieron el recorrido a la inversa para salir de la casa. La chica los acompañó y sin contacto alguno los vio pedalear hasta perderse en la esquina. Él solamente dijo «Hablaremos después» y ella quedó con el deseo de al menos un chau con besos cariñosos en las mejillas como despedida.

De regreso, el amigo desvió en una de la calles para ir directo a su casa. En el camino, antes, le dijo que lo bueno era haber sido recibido, pues ella podría haberse excusado con alguna ocupación o la hora tardía de la visita. Sí, pero no es de hacer eso. En ese caso, el otro es quien quedó segundo, porque vos llegaste y te prestó toda su atención. Fijate: incluso el otro se unió a nosotros, no al revés. La reflexión del amigo no lo animó. No veía por qué debía hacer algo al respecto, más que salirse de ese conflicto y continuar su vida, que de seguro pronto encontraría o sería encontrado por alguien, si se predispusiese por fin a vivir nuevas experiencias. Cuando entró en su casa supo como nunca antes que el fin había llegado. Y no había vuelta atrás.

Nuestra historia de letras comenzó en ese instante, luego de no decidirse entre mirar una película o terminar de leer Espontaneidad, y conversar durante unos minutos con ella. Sí, ella le escribió y él sólo respondió sus preguntas amistosas. No sabía qué decirle y, por otro lado, sabía que nada debía decir. Era una cuestión peculiar, como saben. Por eso, empezó a escribir. Es decir, por eso me llamó de urgencia para ayudarlo a pasar al papel digital las letras que lo acosaban por dentro, exigiendo ser liberadas y escritas cuanto antes. Ahora está frente al monitor, mirando la aparición de cada signo. Escucha Pulp. Like a friend suena una y otra vez. Recuerda el cuento Rita Madonna, de Ocampos, ese escritor aún desconocido por el mundo, que tanta falta hace a las personas. El muchacho del cuento se había vuelto un semiesclavo de Rita. Yo no quiero ser un esclavo de ella, piensa. Recuerda (500) días con Summer. Se le parece tanto a Summer, se dice a sí mismo mientras las imagina una al lado de la otra. El tema de la mujer elegida a pesar de ser un error constante lo vuelve insoportablemente reflexivo. Dickens dedicó una de sus últimas obras literarias a ese tema, que nuestro antihéroe había leído en su adolescencia. Recuerda la película, la de 1998, basada en esa novela. Por alguna razón, durante años sólo pudo verla por partes, hasta que, unos días atrás, decidió verla de principio a fin, como si cumpliera una promesa. La vio. Pensó en ella. Se la recomendó. Escuchó la canción Like a friend y también se la recomendó, diciéndole que la disfrutara leyendo la letra. Ella, claro, intuyó que se trataba de un mensaje personal. Él, en cambio, en su momento, no lo pensó, pero era una obviedad que se trataba de eso. Suena «Tú robas mi tiempo / como una revista barata, / cuando podría estar aprendiendo algo. / Bueno, sabes a lo que me refiero.» Se entusiasma y canta, a la par de Jarvis, mientras ve a Finn dibujando y pintando desnuda a Estella: «Tú eres la última bebida que no debí tomar, / tú eres el vicio que no puedo dejar, / tú eres la cicatriz que me hace esconder mi cara, / tú eres la fiesta que me hace sentir mi edad; / eres como un accidente que veo pero que no puedo evitar, / eres como una película malísima que veo hasta el final…» Al llegar a esa parte de la canción se niega a continuar cantando: «Ahora déjame decirte: / es una suerte para ti que sólo somos amigos.» Se niega a ser un personaje de Dickens ambientado en esta época por más de que se le prometa un final feliz. No tiene la menor intención de sufrir años de separaciones absurdas para que llegue el día en el cual por fin se tomarán de las manos y recorrerán juntos la playa, como si sólo el final importara. No, el final no justifica los medios, estimados lectores. Lo verdaderamente significativo, esencial, substancial, es el medio, el cómo se desarrolla la historia. Y, además, él ya recorrió de la mano con ella, de su casa a los bares, de los bares a la casa de él, de un pueblo a la ciudad, de un cuerpo al otro. Es más, incluso le demostró que la pensaba, en palabras de Murakami, como la chica cien por ciento perfecta para él. Y quizá fue justamente eso, después de algunos encuentros íntimos, lo que la obligó a alejarlo, pues no sabía cómo hacer frente a la relación que estaba formándose de a poco. Ella, al principio, cuando él no estaba disponible, lo quiso e invitó a su espacio en muchas ocasiones. Y cuando por fin lo tuvo dispuesto a ella, una mañana despertó y se asustó al sentir el abrazo de él, que dormía a su espalda. El susto marcó el límite e inició el lento alejamiento físico e incluso virtual, con la comunicación de su enamoramiento secreto por el otro, por su amigo, cuando lo que había entre ambos estaba entrando en sus últimos momentos de vida.

Los ojos de él empiezan a irritarse por mirar tanto el monitor, mientras la historia llega frase a frase a su inevitable final. Los parpados le pesan. En un rato irá a acostarse. Sabe que soñará con ella durante la mañana entera, pero aguarda, como Pip y Finn en varias ocasiones y distintos siglos, como Henry tras el punto final en sus novelas, que al despertar sepa de una vez por todas que no sólo el sueño ha terminado, para dejar, de paso, de maldecir al apreciado Nicanor Parra, que desconocía el infinito poder de sus palabras.

Por Sebastian Ocampos

Redactor del periódico E’a

Asunción del Paraguay

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