Pato Patín: La rabia y las cicatrices

Las canciones de Pato Patín eran una descarga. Una crítica radical al sistema económico industrial. No carente de cierto humor, sí. El entorno como un paisaje de servidumbre, de alienación. De negación de la vida.

Video. La locación es Estación Central, Santiago, en algún momento del 2011. Un muchacho delgado avanza por un pasillo formado por centenares de vagones detenidos.  En un instante, como una travesura, el flaco se encarama a uno. La cámara se queda abajo y registra cómo el otro examina el interior de la tolva, sonríe y describe brevemente el interior. Un par de segundos después, levanta la vista, cambia de expresión y se fija en el entorno: (Suponemos) Un paisaje vertebrado de vagones, en distintos grados de deterioro. Rieles y cables que se ramifican. El rostro, súbitamente serio, trasmite esa repentina atención por un sitio donde convive el transporte con la ruina, la carga con el  desperdicio, el movimiento con la parálisis final. Corte. Un momento después, el flaco está sentado sobre la plataforma de un vagón, con una guitarra de palo que evidencia trajín. Rasguea. Las cuerdas retumban y sospechamos que, desde el metal, se levanta el polvo color crepúsculo del óxido. Los trinos de los pájaros se cristalizan en el aire. El flaco, que se llama Pato Patín, canta eso de:

“Exhaustos domingos/saben a lunes/se respira esclavitud/entre la miseria y el confort”.

Cuando el video marca el minuto 3:57, el intenso rasgueo se acompaña por un sonido del entorno. Una bocina de un convoy cercano, que suena sorprendentemente acorde, como si fuera un diminuto y dramático arreglo de trompeta o cello, a esa canción que no tiene nombre. Algo se triza. Algo se desparrama. La cámara ha captado algo extraordinario. La locación funciona como metáfora. Alguien grita rebelde, menudo y solitario, en medio de un cementerio.

Que el canto tiene sentido. A Pato Patín lo escuché por primera vez en 2012, a través de amigos que me enviaron un par de enlaces en internet. Se trataba del sonograma “Sobre el alambre”. El primer tema se llamaba “Cianuro” y con voz desgarrada, el muchacho decía:

“No tengo problemas con cantar mal/Con tocar mal/Pues lo que sucede es que tengo un kilo de cianuro bajo la lengua/y si me lo trago muero. Y si lo mantengo soy un caballero en esto de gritar y gritar que el mundo se va a acabar”.

Guitarra de palo. Rabia. Energía. “Cianuro” funcionaba como un manifiesto. En ese y otros temas se abrazaban las tradiciones musicales cuestionadoras, antagonizantes. El punk, claro, de bandas como Crass, Dead Kennedys o The Ex pero también de cantautores punk como Patrik Fitzgerald y el español Manolo Cabezabolo. Además -pensaba- que la faena de Pato Patín se conectaba, primero, con la tradición de los cantores anarcos de la Guerra Civil Española, luego -en viaje transocéanico/transandino- con el tango anarquista argentino, hasta nuestra Violeta Parra más insubordinada, aquella de “Miren cómo sonríen”, “Yo canto a la diferencia” o “Maldigo del alto cielo”. O el Quelentaro de “Cesante”, “Rodrigo Rojas” y “Copla del hijo”.

Las canciones de Pato Patín eran una descarga. Una crítica radical al sistema económico industrial. No carente de cierto humor, sí.  El entorno como un paisaje de servidumbre, de alienación. De negación de la vida. En “Los Muertos” hay imágenes de seres “colgando de una corbata hacia ningún lugar” o “un río de concreto hirviendo bajo el auto”. En las “Campanas” se pregunta “cómo irá el marcador de las alegrías frente a los horrores”.  Frente a estas, la rebelión expuesta en “Sobre el alambre” y “La incertidumbre”:

“Y es más que un dolor de espalda/Y es más que una encrucijada/Y no es más que abrazar la incertidumbre con amor”. 

O “Fuego en las cabezas”:

“Ayudarán a esculpir sobre mi rostro las muecas de la vejez. Pero no desaparecerán las ansias de ver sus monstruos arder”.

De San Antonio, otra vez, volvían a decirme. Como Chinoy y Kaskivano. Como Demian Rodríguez. Fue alguien de allá que me subrayó eso de cuando un lugar está en crisis, la creación (crítica) ebulle. San Antonio como la expresión del contraste chileno. Como el sitio por donde entran y salen toneladas de carga y se transan millones de dólares. Como la ciudad de las lomas cubiertas por poblaciones donde menudea la cesantía. Como el convoy que atraviesa los barrios con sus vagones llenos de cianuro, ahí piolita, al decir del poeta Roberto Bescós, autor de “La Ciudad que no es”.  Sí. Lo de Pato Patín era, otra vez, el sangrado de la herida. Que el canto tiene sentido cuando palpita en las venas.

Viaje adentro. A mediados del año pasado, Pato Patín editó un split, un sonograma en conjunto, con el músico argentino Luis Baumann, denominado “Viaje Adentro”. Cuatro canciones por cabeza. Por varias razones, este trabajo es remarcable. Fue grabado por el propio Baumann, un solista que transita por sonoridades acaso distintas a las del sanantonino. Resaltan esos discos/canciones/versiones hechas por personas que parecen distintas. Que llegan por distintos caminos y se saludan desde la distancia que decrece ante el encuentro. “Fui a verlo en una fecha en el Centro Cultural La Sala, en Buenos Aires capital”, cuenta Baumann a vuelta de e-mail. “Terminamos no sólo viéndolo tocar si no que compartimos luego dos fechas juntos; una en mi cumpleaños, con amigos/as. Se hospedó un día en casa y le ofrecí grabar ‘asi nomás’ unas canciones nuevas que él tenía. El registro fue buenísimo, con una guitarra de una vecina amiga que no afinaba casi, ya que sólo teníamos guitarra acústica en mi casa (…) Queríamos registrar esas canciones que se venían; es algo que me gusta mucho” (…) “No hubo muchas tomas; la mitad fue una sola toma; está plasmado en esencia lo que tocó ese día”, rememora.

La portada de “Viaje Adentro” da para algunas interpretaciones de esta combinación. Un par de serruchos, como 2 creadores, cada uno con sus medios, que emprenden un viaje hacia lo personal. Se lo comento a Baumann: “Lo importante no está en nosotros, si no en esa mirada profunda y desafiante de algo que no somos nosotros pero que esta ante nosotros; adentro o afuera, depende dónde nos paremos, y de cómo irrumpimos en cualquiera de esos mundos”, señala.

En las canciones de “Viaje Adentro”, Pato Patín mantiene el talante crítico, quizás a prueba de ilusiones. Parece imperar un tono más oscuro. Es potente la composición de conceptos en “Afilando el humor”:

“Si el demonio va conmigo, bienvenido/Haremos frente al vacío afilando el humor (…) Yo no vine a este mundo a limpiarte el auto, inmundo ser/Nosotros tus peones, hoy nos emborrachamos y te haremos sentir incómodo”. 

“Lo que noté desde que las escuché, en su primera fecha, fue que había una cuestión un poco mas personal o instrospectiva que en las anteriores. “Vida Corta” me parece de las mejores canciones que he escuchado en los últimos años”, comenta Luis Baumann. “Puedo opinar que Pato dice lo que sentimos muchos de nosotros/as en una sociedad hostil, o en una vida social que no nos representa, por lo menos, a un gran porcentaje de humanos, pero lo dice con una poesía directa de la que me siento familiarizado”.

“Van rodando cráneos por las avenidas/ Ayer pensé que sería un día perfecto/Me equivocaba/Los excesos me están volviendo un insensible/Tengo la posibilidad de ser un experimento/Me acerco, al borde, me asomo, me desespero”.

Los muertos. Conmueve “Cajón amigo”, contenido en el split junto a Diego Discordia (2012). Allí Pato Patín canta:

“En un floreado cajón cadavérico te estás pudriendo, lo sé. Te estás pudriendo lo sé. Lo sé porque yo también. Pero algo huele mal y no somos nosotros. No”.

La muerte, sí pero, como siempre, acompañada de la mirada antagónica al entorno. En un video  accesible desde youtube, de una presentación en el Bar Uno, Pato Patín le dedica esta canción a Cristóbal Cornejo, quien durante mucho tiempo desarrolló en estas páginas impresas y electrónicas, una atenta revisión a experiencias creativas y musicales, cuestionadoras no sólo de la realidad chilena sino de sus particulares condiciones de producción. Sirvan estas líneas para recordar tal empeño y hacer pervivir su memoria.

Felipe Montalva
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