Hace algunos días los usuarios de la concurrida Avenida España –principal arteria que une Valparaíso con Viña del Mar, y desde allí toda la zona interior de la región– recibieron una pésima noticia: los trabajos, anunciados con bombos y platillos a fines de 2014, cuya primera etapa fue licitada y adjudicada en 2015 para ser entregada al año siguiente, y que dotarían al sector de una vía moderna, sufrían una nueva postergación. Esta vez, al parecer, mucho más larga y tediosa, todo producto de la misma gabela de siempre: no hay plata o no alcanza o la rentabilidad social no justifica los fondos que se requieren, o que hubo errores en la licitación, y blá blá blá.

 

Cuál es la novedad, si la historia de Valparaíso está plagada de postergaciones, sinsabores y explicaciones archisabidas que acaban con el mismo resultado: Valparaíso continúa sumergido en su marasmo. Valparaíso no está dentro de las preocupaciones principales de gobierno alguno; tal vez lo esté dentro de las preocupaciones adyacentes, las electorales. Basta dejar de ir un tiempo a Santiago para que al volver el visitante se encuentre con una nueva obra, una calle que aparece de la nada, un edificio público, una ampliación o remodelación de una rotonda, un paso sobre nivel, veredas embaldosadas con sus respetivas macetas ornamentales, una caletera con sus barreras anti ruido, una nueva línea de Metro; la capital siempre se remoza, crece y se desarrolla.

 

En regiones la cosa es muy diferente, el desarrollo es de menor talante; en cualquier lugar del país el paisaje urbano es como una postal, nunca cambia; sucede en Arica, Coquimbo, Temuco, y en tantas otras ciudades en donde el progreso pasa por la carretera. Ese publicitado valor de respirar un mejor aire por el solo hecho de estar en la montaña o en la costa, termina siendo tan fútil como esa tontera de que el dinero no hace la felicidad. O sea, para quien vive en una metrópoli del tamaño de Santiago, donde cuenta con acceso a todos los bienes y servicios posibles, arrancarse a la costa a airear los pulmones y coger un tono bronceado en fin de semana largo, es parte de esa prodigiosa oferta, pero en modo alguno –como sucede con las autoridades centrales– obedece a una actitud empática en relación a quienes durante el año entero pagan a precio de oro ese privilegio del aire que respiran y del sol que los tuesta.

 

Valparaíso, la región completa –desde la cordillera andina hasta el territorio insular–, es una zona de sacrificio, un lugar de segunda clase. Una conurbación prescindible en cualquier modelo de desarrollo, que puede ser postergada tantas veces como sea necesario, sobre todo cuando el argumento es que los recursos económicos reditan mayor rentabilidad social en la Región Metropolitana. Tan prescindible es la ciudad Puerto, que si fuera arrasada por un maremoto, en Santiago ni siquiera se despeinarían mientras observan el espectáculo en algún matinal. Tanto el gobierno como sus habitantes solo esperarían que las aguas se recogieran para venir a instalar sus toallas en lo que quede de arena.

 

Valparaíso tiene un lugar lleno de nostalgia etílica y poesía marina en la memoria emotiva del país, y lo que es peor, en el caso de los diferentes gobiernos, ese lugar está colmado de ambigüedad y desinterés. Desde Santiago, a Valparaíso se lo percibe como un gran burdel-letrina donde es posible emborracharse y mearse en cada recodo cubierto de estiércol, una ciudad empobrecida, mil veces incendiada y terremoteada, habitada por gente pobre e ignorante; donde el comercio sexual, el olor a fritanga, las aguas servidas y la desidia se perciben en cada gemir de calles y callejones, donde las navajas se deslizan como agujas por las gargantas de turistas y porteños descuidados, donde sin permiso municipal ni consideración alguna se puede montar una cámara de cine en cualquier ángulo y narrar historias precarias, omitiendo el valor patrimonial de su historia de casi cinco siglos; una ciudad a la que desde el centralismo se le ningunea como sede de importantes universidades estatales. En fin, a Valparaíso se le puede ofender y olvidar; prometer esto y aquello con la certeza que nadie pasa la cuenta. Nadie defiende a Valparaíso.

 

A mediados de este año el Gobierno anunció la construcción de la línea 7 del Metro para unir las comunas del sector norponiente con el barrio alto, el monto comprometido es de 2 mil 900 millones de dólares, una cifra varias veces superior al estipendio de 5 mil 290 millones de pesos que se estarían invirtiendo en la Avenida España. Cabe preguntarse si es posible sacar a Valparaíso del marasmo en que se halla desde 1975 en adelante, cuando desde su suelo emigraron fábricas y empresas y trabajadores que sustentaban su economía. Más que una arteria recarpeteada, Valparaíso necesita ser objeto de un plan de desarrollo integral; pero no solo se requiere que los gobiernos lo imaginen como Santiago y que no descarten un proyecto solo porque su RS no justifica la inversión, sino que el quebranto interno de su gente se transforme en fortaleza.

 

Medellín es un buen ejemplo de cómo se pueden hacer bien las cosas cuando lo que se busca es subvertir una realidad que se ha originado puertas adentro. Esa ciudad colombiana dio el paso hacia el siglo XXI combinando inclusión social y capital humano propio –tal como el que produce Valparaíso a través de su educación superior–, tras superar la crisis del sector textil que había sucumbido a manos de la industria cafetalera a mediados de los setenta y del narcotráfico, dos décadas después, según explica el economista colombiano Adolfo Meisel Roca.

El experto señala que a fines del siglo XX la crisis en Medellín fue severa y se reflejó en su economía, en la sociedad y en la vida política; situación que hoy ha cambiado y que la mayoría de los indicadores muestran una significativa recuperación, lográndose una profunda transformación urbana que es obra de la mayoría de sus habitantes, “quienes han elegido gobernantes que están reinventando a la ciudad: haciéndola volver a creer en su futuro”.

Meisel asegura que la red de parques biblioteca con más de 700 mil afiliados que se empezó a construir sintetiza esa trasformación cultural que ha permitido el resurgimiento de Medellín. Inversión en el capital humano de quienes habían sido excluidos. “Ese es el secreto de Medellín: incluir es el objetivo”. Un nuevo modelo para el crecimiento, la gobernabilidad y la inclusión social. El Parque Biblioteca España es hoy un ícono y sintetiza este nuevo espíritu, que ha llevado lo mejor de la arquitectura, la tecnología y la cultura contemporáneas a las comunas de Medellín.

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