Pocos habrían acertado hace unos meses en pronosticar que instalaríamos una Asamblea Nacional Constituyente y ganaríamos 18 gobernaciones. Estas sucesivas victorias quedarán para la historia como una lección de batalla política, de manejo de tiempos y escenarios. La honestidad deberá decir que quien comandó fue Nicolás Maduro. Es necesario reconocerlo: estamos en guerra y el presidente dirige el bloque chavista. Lo hace mejor que el enemigo, que, en estos días, ha dado una muestra de desbandada pública, de lo que sucede con un ejército de generales de poca monta que se disparan entre sí y, a veces, a sus propios pies.

Hemos ganado algo vital: poder político, es decir tiempo. Además de haber reencauzado el conflicto al camino electoral. De haber fallado la táctica podríamos estar en el escenario que buscó imponer la derecha, una confrontación nacionalizada, una generalización de asedios y asaltos. En cambio, vamos hacia las elecciones municipales, luego presidenciales, sin garantías -no las hay en política- pero con pronósticos favorables. Los análisis de derechas, algunas izquierdas -¿izquierdas?- están en crisis.

Este cuadro ganado con política no significa un triunfo definitivo: no lo hay, peleamos contra los Estados Unidos. A estas horas, con un ejercicio militar a poco de concretarse en la frontera entre Perú, Brasil y Colombia, deben hacer cálculos de cómo rearmar una estrategia de toma del poder. ¿Intentarán una intervención directa y camuflada para acelerar el tiempo? ¿Apostarán al mediano plazo con la permanencia de la ofensiva económica?

Tenemos la iniciativa política. El empate se volcó a nuestro favor, y, desde esa posibilidad -ya no estamos contra las cuerdas- aparece el pedido de resoluciones económicas. Emerge, como muchos pedidos, de manera desorganizada, en redes sociales, análisis en programas de televisión, comunicados de organizaciones populares, conversaciones callejeras espontáneas. Es real, tan real como una situación material que desmejora para las clases populares -¿para alguien más?-, la base histórica del chavismo, su territorio de gestación y fuerza ante las batallas más difíciles. Los números no cierran, es una evidencia que golpea cada día.

Es evidente también -demostrarlo es una batalla comunicacional central- que la crisis económica es parte de la estrategia de guerra prolongada. Su diseño viene desde los Estados Unidos, en conjunto con una trama de poder económico nacional y transnacional, que tiene a su vez elementos/responsabilidades internas. Interno significa en el bloque nuestro. Situar únicamente el problema económico en el frente enemigo, es cerrar el análisis que puede conducir a conexiones, nuestras contradicciones, es clausurar una dimensión sin la cual no parece posible comprender por qué no logramos estabilizar la situación. ¿El enemigo es demasiado poderoso? ¿Dónde está el enemigo?

Una respuesta la dio el Presidente al afirmar que el enemigo principal es, junto con los Estados Unidos, la corrupción. A medida que el Fiscal General informa de la investigación y los arrestos emerge la dimensión económica a la que nos enfrentamos: desfalco, déficit, disminución de la producción en el área petrolera, sobrefacturación en las importaciones, robo en miles de millones de dólares. Mafias en áreas estratégicas de la economía. Pelear con armas dañadas dificulta cualquier combate.

Resulta llamativo que este nudo crítico no se amplifique comunicacionalmente, quede reducido a contados voceros y momentos breves en los medios propios. Puede explicarse por la dificultad para abordarlo en términos conceptuales -cómo se analizan las causas, el desarrollo, la profundización- la dificultad para abrir un tema que necesariamente conduce a la revisión interna, la lógica política/comunicacional que solo sabe construir un relato feliz del país, la cultura burocrática-autoritaria que cierra debates con frases maximalistas cargadas de un orden aplastante.

El enfrentamiento contra la corrupción no se ganará en lo inmediato -¿se puede derrotar definitivamente un fenómeno tan complejo?- pero permite atacar uno de los frentes principales que explican el cuadro actual. No existe una respuesta única que mágicamente pueda solucionar un problema multicausal que además de económico, es político. Y desde una mirada puesta en lo político se pueden justamente abrir algunas preguntas para intentar comprender la estrategia propia ante la guerra, una estrategia que, en este final de octubre de 2017 cuesta clarificar. No resulta claro, por ejemplo, si se busca poner un techo al aumento de precios o si se permiten aumentos que aparecen de hecho en supermercados; no queda claro tampoco si existe una voluntad de avanzar sobre quiénes nos atacan, hablo de terratenientes -que financiaron grupos paramilitares entre abril y julio-, grandes empresarios especuladores, por ejemplo, o se busca en permanencia un acuerdo al que no se llega; no se comprende por qué se entregan dólares a quienes no cumplen con su parte del acuerdo. Son algunos puntos. ¿Vamos a quitarle poder a quienes nos declararon la guerra?

Las preguntas se deben a la complejidad del escenario, el silencio sobre determinados puntos, la dificultad comunicacional, la respuesta que a veces busca cerrar el debate con la afirmación que todo está resuelto en misiones/grandes misiones/clap/carnet de la patria/0800 salud.

Casi cualquier acción puede justificarse bajo el argumento de se trata de una jugada táctica en el marco de una guerra, o que no existen condiciones para hacer otra cosa -negando que las condiciones puedan desencadenarse desde una voluntad política-. La pregunta es si detrás de la táctica existe una estrategia. Es una inquietud que se enmarca dentro del chavismo, un movimiento policlasista con miradas diferentes e intereses económicos que a veces también lo son, y centran, en este caso, la priorización del privado por sobre lo estatal y lo comunal/social. Eso conlleva implicancias políticas, ideológicas y económicas.

Se podrá argumentar que no son debates para dar hasta que no se consolide el poder político -municipales y presidenciales- o que solo la batalla contra la corrupción es en sí un frente demasiado grande. El problema es que mientras se busca el acuerdo que no resulta con los mismos que se pone como responsables de la situación, un kilo de queso cuesta 50 mil bolívares, los pronósticos no indican que el aumento se detendrá, y el discurso construido parece muchas veces impermeable a esa realidad. Resulta difícil medir el daño subterráneo, sobre la subjetividad, que causa este cuadro económico sostenido. Pero opera, trabaja en el silencio cotidiano sobre un movimiento histórico que es, para retomar a John William Cooke, la identidad política del pueblo trabajador venezolano -algo que la derecha no logra incorporar a sus análisis, aunque está presente en la idea de resetear la sociedad para poder gobernarla.

Estamos en una condición que pocos pensaban meses atrás. Tenemos iniciativa política, una unidad que se ha mantenido, una oposición enfrentada entre sí. En lo económico están condensados los ataques y las contradicciones. Creo que existe un consenso para tomar medidas de guerra ante este cuadro de guerra dirigido desde los Estados Unidos. Las necesitamos.

Por Marco Teruggi

Publicado el 29 de octubre en Hastaelnocau.

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