El milagro económico de China en los últimos 38 años es inseparable del liderazgo del Partido Comunista y del sistema político de la República Popular. China ha crecido un 9,8 % anual promedio a partir de 1978, con un aumento acumulado del ingreso per cápita del 8,5 % por año.

Por eso ha extraído más de 700 millones de personas de una situación de extrema pobreza (el 75 % del total mundial en este período) y ha creado una nueva clase media de unos 300 millones de habitantes en 2017 –que serían 400 millones en 2020 y más de 1.000 millones diez años después–, con niveles de ingresos per cápita comparables a los de EEUU (35.000 dólares/45.000 dólares anuales).

También se ha transformado en la segunda economía del mundo en dólares constantes y en la primera exportadora mundial de productos manufacturados. Asimismo, el liderazgo de Xi Jinping cumple hoy un papel fundamental, verdaderamente decisivo, en la gobernabilidad del sistema global.

El cambio económico, social e internacional de la República Popular ha sido impulsado y es el resultado histórico de la política de largo plazo del Partido Comunista, ante todo a partir de 1978, cuando el liderazgo de Deng Xiaoping mostró el camino de la transformación de la nación china.

Es absolutamente esencial la afirmación del liderazgo político del presidente Xi Jinping. China se encuentra en 2017 en el momento crucial de una extraordinaria transformación económica, social y política de dimensiones históricas. Una auténtica nueva revolución dentro de la revolución china, cuyo liderazgo fundador correspondió a Mao Zedong; y la característica de las grandes revoluciones es que no son obra de burocracias por esclarecidas, íntegras y eficaces que sean, sino que requieren –esta es su naturaleza histórica– de liderazgo político.

El liderazgo político es una expresión del carisma, la personalidad y la visión de largo plazo de un gran dirigente, y este es el papel de Xi Jinping en la historia del mundo de los primeros 20 años del siglo XXI. Este criterio esencial del conocimiento político fue establecido por Max Weber en el siglo XX (“La política como vocación”).

En las condiciones de la revolución tecnológica, el proceso de globalización y la emergencia de una sociedad global creada por la técnica, no hay liderazgo sin pasión –esto es personalidad–, carisma y visión de largo plazo. Por eso el liderazgo de Xi Jinping se funda en la formulación del “sueño del pueblo chino” como síntesis de poderío, prosperidad, y mensaje mundial de un futuro compartido de una de las grandes civilizaciones de la historia con 5.000 años de antigüedad.

La experiencia china indica que no hay separación orgánica entre lo político y lo económico. Por eso, la acción del Estado es necesaria para el desarrollo económico, de modo que actúe como impulsor y guía estratégico de largo plazo.

Esto fue advertido por Samuel Huntington en la década de 1980 (“El orden político en las sociedades en cambio”): no hay desarrollo económico si no se funda en una fuerte y estable institucionalidad política. Institucionalidad, estabilidad y visión de largo plazo son los tres componentes esenciales en los que se funda el crecimiento económico sostenido.

Por eso, la experiencia china es absolutamente transmisible y utilizable por los países emergentes y en desarrollo, ante todo los de América Latina. De ahí que el XIX Congreso Nacional del PCCh, expresión de la “nueva era” en la historia china que implica su transformación en una gran potencia global, sea de inmediata relevancia para los países latinoamericanos, y en especial los de América del Sur, y de una forma directa para Argentina.

Por Jorge Castro

Presidente del Instituto de Planeamiento Estratégico (IPE) de Argentina.

Publicado originalmente el 24 de octubre de 2017 en China Hoy.

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