Cuando la estrategia del imperialismo en contra de Venezuela vive uno de sus momentos ‘peak’, con más de un centenar de muertos en las llamadas “guarimbas” convocadas por la oposición, víctimas en su mayoría chavistas o gente que nada tenía que ver con las protestas, resulta urgente reflexionar y hacer pedagogía, respecto de los hechos que están ocurriendo en uno de los países que en las últimas décadas, ha reivindicado la vía del socialismo democrático como ejemplo al mundo.

 

A grandes rasgos, podemos identificar una oposición que, no pudiendo conseguir sus objetivos por la vía democrática, ha optado por la vía violenta, armando a civiles con morteros y molotovs; diputados que marchan junto a encapuchados portando bombas para atentar contra la policía; líderes opositores como Leopoldo López, que de forma irresponsable hacen un llamado a la sublevación de las Fuerzas Armadas, que boicotean las elecciones, para luego paradójicamente, llamar a participar de las elecciones de gobernadores de fin de año.

 

Un presidente de EEUU, como Donald Trump, que impone sanciones económicas para seguir asediando al país caribeño; montajes de intentonas golpistas (tal como ocurrió con Libia); una guerra mediática emprendida por los principales periódicos y canales de televisión, lo que se suma a una estricta y sistemática guerra económica que, tal como diría en los años 70’, Richard Nixon respecto de Chile, en ese entonces mandatario de Estados Unidos, busca “hacer chillar la economía”, sin escatimar en el sufrimiento del pueblo venezolano.

 

Ante este escenario, la pregunta evidente es ¿qué busca EEUU y la CIA en Venezuela? Porque claro está, que no buscan quedarse con sus miss universo ni con sus hermosas playas.

 

Para contestar esto, es necesario mirar nuestra historia, y la historia de como el imperialismo actúa cuando hay un gobierno “insoportable” para los intereses de EEUU y las corporaciones internacionales. Pues es necesario recordar como Nixon, a través de la CIA, el llamado Comité 40 y el Departamento de Estado, hizo todo lo posible para derrocar el gobierno de Salvador Allende: un gobierno socialista, democrático, que nacionalizó el cobre y que se dispuso a hacer reformas en favor del pueblo.

 

Si bien sabemos que, cada país tiene su propia historia política y social, en lo que respecta al presidente Nicolás Maduro y el petróleo, y a lo ocurrido con el presidente Salvador Allende y el cobre de los años 70, la similitud en la estrategia de desestabilización utilizada por la CIA, es calco y copia.

 

A pesar de que, a casi 44 años del golpe de Estado en Chile, aún no sabemos todo lo que hizo la CIA para sabotear al presidente Salvador Allende, dado que los principales párrafos de los informes desclasificados por la Agencia de Inteligencia dados a conocer en el Informe Church y en el posterior Informe Hinchey, fueron tarjados, podemos saber de forma fidedigna de diversas “acciones encubiertas”, como la compra de radios; subsidios para el diario El Mercurio (luego de la reunión entre Agustín Edwards, el gerente de Pepsi Cola y el Comité 40), o los recursos económicos dados a gremios empresariales y grupos ultraconvervadores, así como el asesinato del Comandante en Jefe del Ejercito, René Schneider, lo que se suma al financiamiento previo de sus contendores para influir en la elección presidencial del 70’.

 

A través de estos informes, hemos podido conocer lo que fue el llamado “Plan Camelot”, por medio del cual, el Pentágono y la CIA, contrataron a diversos académicos de las áreas de las ciencias sociales de las Universidades de Washington y de Chile, para estudiar, por medio de entrevistas, tanto a civiles como miembros de las Fuerzas Armadas, un “mapa ideológico” a fin de identificar la posibilidad de que en Chile se diera un golpe de Estado, en lo que sería, una acción de espionaje más de EEUU en Chile.

 

Si bien, hoy no existe un “Informe Church” respecto de Venezuela, no podemos esperar 30 años para hacer un juicio en base al sentido del momento histórico que vive América Latina, donde en los últimos años han sido derrocados presidentes como Manuel Zelaya, en Honduras el 2009, Fernando Lugo, el 2012 en Paraguay o Dilma Rousseff, la presidenta de Brasil el año 2016, en lo que fuese un golpe por la vía judicial, montado por el corrupto presidente de facto brasileño Michel Temer (quien además hoy quiere suspender al fiscal general que amenazó con tener pruebas en su contra por delitos de corrupción y sobornos).

 

Basta evidenciar la guerra mediática. Es así como en un ejemplo dantesco, el recién pasado 31 de julio, día posterior a la elección de representantes para la Asamblea Nacional Constituyente en Venezuela, una imagen de la detonación de un fuerte aparato explosivo contra la policía, fue difundida de forma simultánea en las portadas de gran parte de los diarios de América Latina y Europa, para hacer propaganda en contra del  gobierno y del proceso constituyente, en vez de usar imágenes que mostrasen a los 8 millones de venezolanos que habían ido a votar, muchos sorteando los obstáculos de la oposición.

 

Es cuestión de comparar el escándalo mediático que se generó tras la destitución de la Fiscal General, Luisa Ortega, tras una resolución en el marco de la ley de la Asamblea Constituyente y el silencio de los medios cuando Donald Trump destituyó a su Fiscal General por no apoyar el veto migratorio. Ahí no hubo comunicado de nuestro canciller Heraldo Muñoz ni declaraciones de la presidenta Michelle Bachelet.

 

EEUU ha encontrado un nuevo Irak, desde donde extraer petróleo. Pero aquí, la mentira no es que este país cuenta con bombas de destrucción masiva, sino instalar en la opinión pública que Venezuela es una dictadura, cuando hay elecciones, mecanismos de participación, poderes del Estado, Congreso y medios de todos los colores. El tiempo ha dejado demostrado, tanto en Medio Oriente, como en nuestra propia historia, que la única arma de destrucción masiva, es el propio EEUU.

 

Quienes vivimos la brutal dictadura de Pinochet y luchamos por defender la democracia, no podemos olvidar, lo que realmente significa una dictadura: miles de detenidos desaparecidos, secuestros, escasez de alimentos, filas en las Juntas de Abastecimiento, la sedición de los gremios, los atentados terroristas de grupos ultra conservadores, los montajes mediáticos, porque en Venezuela, quienes protestan no son los más pobres, sino que un sector interesado en que el petróleo esté en manos de quienes por décadas han usufructuado de este recurso.

 

 

Cuando en Chile, el 95% de los medios, todos de propiedad privada, hacen eco de este engranaje mundial de sabotaje contra Venezuela, los militantes del socialismo democrático en el mundo, no podemos confundirnos ni tragarnos las mentiras de las agencias internacionales que buscan instalar un ambiente caótico en Venezuela, con el fin de legitimar una intervención extranjera.

 

Esto pese a que se han realizado más de veintiún elecciones, a las que se suma la de gobernadores de fin de año, y a la que de forma contradictoria, la oposición sediciosa, luego del fallido intento de biocot de las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente, hoy llaman a participar.

 

Lamentablemente, nuestro Gobierno ha caído en la red de quienes quieren el petróleo venezolano, pasando nuestra Cancillería de la declaración a la acción, como el encuentro de Ministros de Relaciones Exteriores, convocado por el gobierno del empresario Pedro Pablo Kuczynski, donde participaron Argentina, Brasil, Canadá, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá y Paraguay, y donde Heraldo Muñoz ha tenido un protagonismo que ha cruzado la delgada línea roja de apoyar el golpismo.

 

Duele Chile, duele que nuestro gobierno vaya in crescendo en esta avanzada golpista internacional, haciendo declaraciones con un enorme tejado de vidrio, denostando el 41% de participación en la elección de los representantes de la Asamblea Nacional Constituyente, siendo que en la última elección en Chile, votó menos del 30% y teniendo una Constitución hecha en Dictadura; criticando al presidente Nicolás Maduro, quien tiene sobre el 45% de aprobación, mientras la presidenta Michelle Bachelet, no supera el 18%.

 

 

No es aceptable que se reciba con diplomacia, al Vicepresidente de EEUU, Mike Pence, quien de forma flagrante viene a conspirar contra Venezuela al interior de le propia Moneda, tal como lo han hecho en Medio Oriente, en este caso, al igual que en Irak y en Libia, para quedarse con el petróleo.

 

Donald Trump, dijo tener “muchas opciones para Venezuela…incluyendo la opción militar si es necesario”, lo que constituye un ataque no solo al país caribeño, sino que a toda América Latina. Sus dichos no tienen justificación alguna, más que apoderarse de sus recursos.

 

No esperemos 30 años a que la CIA desclasifique los informes sobre lo que hoy ocurre en Venezuela. No seamos cómplices del golpismo en América Latina. Dejemos que los pueblos puedan definir sus destinos sin la intervención de EEUU. Porque cuando la diplomacia de los gobiernos no funciona, la diplomacia de los pueblos es la que debe accionar para hacer claridad sobre lo que está pasando en nuestra América.

 

Por Alejandro Navarro,

Senador de Partido País y candidato a la presidencia de Chile

 

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