Piñera & Piñera: Dos caras de la misma moneda

"El origen de esta nación, artificial y sesgada, que exhibe los peores índices de distribución de los ingresos en el mundo y que ha logrado niveles inéditos de concentración de la riqueza, le debe no poco a los hermanos Piñera".

9 September, 2016 13:09
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Los últimos registros de la encuesta CEP, sondeo elevado cual oráculo político de y para las elites durante las últimas décadas, ha entregado suficientes datos para que el complejo diagnóstico del sistema político e institucional chileno se inscriba, al menos, bajo la categoría de reservado. Una serie de dolencias, que conforman un alterado síndrome, colocan a todo el sistema en una decadencia cuyas salidas son altamente inciertas.

Las causas de esta crisis, cuyas proporciones son inéditas para las últimas décadas, se remontan a sus bases, levantadas durante el fragor de la dictadura y cimentadas y reforzadas durante las décadas posteriores. “El ladrillo” neoliberal de los Chicago Boys y toda la edificación consiguiente fue pergeñada y articulada entre salones y cuarteles por un grupo de oligarcas al alero de los militares. Un diseño armado al antojo de golpistas y oportunistas que tras pisotear el tablero democrático impusieron un modelo político y económico cerrado bajo llaves que reprodujera indefinidamente sus intereses. Desde entonces, el modelo de libre mercado, bien atado a la antidemocrática constitución de 1980 que todavía no rige, ha orientado las decisiones políticas desde entonces. El Chile actual es consecuencia directa de esos espurios orígenes.

El sistema de capitalización individual diseñado por el economista José Piñera Echeñique y puesto en práctica por la dictadura es uno de los pilares, tal vez uno de los estructurales, de este modelo. Lo son también las privatizaciones en la que participaron conspicuos rufianes como Julio Ponce, entonces yerno del dictador, y especuladores al filo de la ley como el economista Sebastián Piñera Echeñique. Sobre éstas y otras bases se erigió la plataforma sobre la que se levantó el pretencioso Chile neoliberal de la transición, modelo para inversionistas y aventureros tras el gran capital.

Los hermanos Piñera son los clásicos oportunistas que surgen durante las fiebres del oro. José, un fundamentalista del mercado sin escrúpulos y de una soberbia sin límites, levanta, con la venia del dictador y la vigilancia de botas y las metralletas, una de las mayores estafas nacionales. Con el pretexto de la creación de un nuevo sistema de pensiones, arma una máquina de expropiación de los salarios de los trabajadores para apuntalar y engrosar al gran capital. Tres décadas más tarde los trabajadores, ya jubilados o en el umbral de serlos, descubrieron el fraude. En el proceso, las AFPs y las compañías favorecidas con los fondos de los cotizantes se levantaron como poderes ubicuos por sobre gobiernos y el mismo Estado.

Sebastián es otro ambicioso megalómano. Un rufián de cuello y corbata que desde sus orígenes ha montado negocios al filo de la legalidad. Hoy, a unos 40 años del gran fraude del Banco de Talca, que lo tuvo entonces al borde de las rejas, enfrenta otro caso, si no de similar naturaleza, sí de consecuencias. La acusación de coimas a funcionarios argentinos para favorecer las operaciones de LAN cierran un círculo de negocios turbios, de grandes especulaciones y de millonarias ganancias. Con este estilo, que esconde cartas bajo las mangas y otras trampas, cuadrillas de abogados inescrupulosos y sangre fría, Sebastián Piñera levantó su imperio y ha tocado el cielo económico y político. Otros, como el caso de sus socios y compinches de Penta, no corrieron la misma suerte.

El Chile actual se ha construido sobre estas inspiraciones y prácticas. Por un lado quienes allanaron desde el interior de la dictadura cívico militar el camino a los dueños del capital; por otra parte, los jugadores, apostadores, traficantes de distintas calañas, muchos de ellos elevados hoy a la categoría de multimillonarios con fortunas amasadas sobre la especulación y la legalizada usura en pocos años.

Un país diseñado a la medida de la oligarquía, aventureros de las finanzas y apostadores de múltiples raleas. Un país amañado a sus intereses y controlado, ya no con tanques y soplones, sino con el dinero, el endeudamiento, la obsesión por el consumo, la televisión, la desinformación, la publicidad y el marketing. El origen de esta nación, artificial y sesgada, que exhibe los peores índices de distribución de los ingresos en el mundo y que ha logrado niveles inéditos de concentración de la riqueza, le debe no poco a los hermanos Piñera.

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