Bachelet: La Cuenta Pública y sus descuentos

La última Cuenta Pública de Michelle Bachelet es también el fin de un ciclo, de una larga etapa iniciada en los albores de la transición. Su discurso, una larga lista de lo obrado y por obrar, no ha considerado los cambios sociales ni los procesos históricos que han hundido a la política y a las instituciones en un grado bajo cero. Un texto, una interpretación falseada de la realidad anclada en otros tiempos y en proyectos hoy, fracasados.

Se ha iniciado el proceso final. Michelle Bachelet, ante el Congreso Pleno y en su última Cuenta Pública, ha desplegado, como es habitual en este rito, un compendio de lo obrado, lo pensado, lo prometido y lo soñado durante su gobierno. A menos de un año de dejar La Moneda y la conducción del país, la presidenta inicia su retirada en uno de los más críticos momentos políticos de la vida moderna de Chile y, con certeza, en el peor desde el inicio de la denominada transición.

El discurso de este 1 de junio tiene características especiales. No sólo por el retorno a su fecha original o por constituir el último y cuarto de su gobierno. Su marca es levantarse como el último de una época, sellada, a su vez, por una institucionalidad cerrada y excluyente. El discurso de Bachelet es tributario y de continuidad al proceso iniciado en 1990 y cuyas raíces se hunden en la misma dictadura. Su alocución, que es una pieza más de esa larga etapa histórica, ha marcado a rajatabla a su gobierno y a su coalición contra la misma historia, expresa ésta hoy con absoluta claridad en los procesos sociales, que se movilizan en el sentido contrario a estos rituales y su sentido de entender la realidad, lo pasado y lo presente. Ante esta realidad, dura y objetiva, bien manifestada en las calles aledañas al Congreso, las palabras y gestualidades presidenciales son simple representación, imágenes móviles e inútil retórica.

La larga lista de “realizaciones”, que se ha abultado al comenzar a contar desde el 2014, caerá en el olvido al ser contrastada con un presente y futuro empantanado en un orden acotado y excluyente. El discurso de Bachelet pudo haber levantado aplausos en la mitad de la última década del siglo pasado, acaso en la primera del actual, pero aparece tarde, sesgado y tangencial a la realidad el 2017. Los procesos sociales, el deterioro de la misma política, son palabras vacías en el inventario de la Cuenta Pública.

Oímos su largo discurso esta vez más vaciado que nunca y enfrentado a la contundencia del curso de la historia presente, no en los salones interiores del Congreso sino en las consignas coreadas por estudiantes, jóvenes y trabajadores en las calles irrespirables. Porque es allí, pese a la obstinada ceguera de muchos, por donde se canaliza el presente político.

La cuenta pública, como liturgia y norma, encierra un proyecto político. Es en este sentido, más real que cualquier deseo verbalizado, en promesas o sesgadas interpretaciones, que presenciamos un acto de clausura que debiera ser también de reconocimiento del error y entrega final. Un acto, por cierto, no efectuado. Muy por el contrario, como despedida, Bachelet miró con falso orgullo hacia su pasado: “Es la octava cuenta pública como Presidenta de la República, parte de toda una vida de servicio público (…) Y podemos sentirnos satisfechos y orgullosos de lo que hemos hecho. Yo lo estoy “.

Bachelet lee su última Cuenta Pública en pleno descenso y vaticina su futura lejanía. Desaparece junto al gobierno y toda la clase política, que se consolidan en un grado bajo cero. En estos y en tantos otros casos, no hay causas coyunturales, sino endémicas, factor que las eleva como las verdaderas señales de la crisis de representación. El rechazo a la clase política no deriva de determinadas figuras ni de eventos aislados, sino de falta de respuesta a las organizaciones sociales, de empatía, de representación.

La caída de Bachelet tampoco es sólo un efecto directo del caso Caval o de la despuntada reforma a la educación. Es una consecuencia, sin duda, de los numerosos escándalos de corrupción que la rozan, pero básicamente del cambio de giro en su inicial programa electoral. Desde una propuesta basada en las demandas de la ciudadanía a una respuesta que no dista en mucho de las políticas consensuadas por la ex Concertación con los poderes económicos y otras elites. De ello, un absoluto silencio.

Durante los últimos 27 años no habíamos sido observadores de una catástrofe de tales proporciones. A la descomposición ética de la política, cruzada por las boletas ideológicamente falsas, tenemos múltiples efectos. Pero tal vez el mayor y magnificado esté en la misma Moneda: una presidenta que junto a su gobierno cae a plomo en su aprobación, que suma niveles inéditos de repudio e incertidumbre los cuales conjuga, lo que es una irracional paradoja, con un retiro progresivo e impúdico del programa. Un absurdo caso de inmolación política.

El Ciudadano
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