advertencias-alimentos_162947Una nueva muestra del control empresarial sobre nuestras vidas ha circulado en estos días. De manera tal vez más opaca que las colusiones, sus consecuencias a largo plazo se suman y se acumulan en el pozo séptico de los detritus del orden dictatorial del mercado. Durante los últimos días de un año poco brillante, marcado en la escena comercial por eventos como el cartel de los pollos, los desperdicios salmoneros sobre Chiloé, diversas estafas piramidales y colusiones en el mercado de los pañales, un spot de televisión concertado cual campaña comunicacional por la asociación de empresas que conforman Alimentos y Bebidas de Chile (AB Chile) fue el timbre, la cinta adhesiva, que selló el inicuo comportamiento corporativo 2016.

 

AB Chile está conformada por un grupo de empresas globales y locales controladoras de sus respectivos mercados, tales, y sólo como salpicadas citas, Coca-Cola, Agrosuper, Iansa, PF, CCU, Evercrisp, Ideal, Watts o Nestlé. En suma, un sector que factura más de US$ 30.000 millones anuales a través de la venta de productos de primera necesidad, como el pan, las pastas, los pollos o las bebidas. Esta fuerte incidencia en la vida de los consumidores, que les genera ingentes utilidades, se hace a costa de la salud de las personas.

 

Esta escena ha estado presente de manera creciente durante las últimas décadas, la que se ha ido configurando del mismo modo que el resto de los mercados. La alimentación, tal como en el retail o las finanzas, se ha desarrollado bajo el mismo esquema de libre mercado desregulado, proceso que ha conducido a una fuerte concentración de las ventas en unas pocas empresas todopoderosas. Con el control casi absoluto de sus respectivos sectores, estas corporaciones imponen, a través de una gigantesca inversión publicitaria, un tipo de producto, que es finalmente un régimen masivo de alimentación.

 

 

El modelo de mercado desregulado ha configurado un panorama con empresas gigantescas y controladoras frente a unos consumidores y otros actores, como los mismos trabajadores, cada vez más debilitados. Se trata de un poder extenso, que tiene como finalidad primordial no ofrecer un buen servicio o producto, sino obtener utilidades. Porque éstas son bienvenidas tanto en el comercio, la extracción de recursos naturales, la salud, la educación o la alimentación. Valga aquí sólo recordar las múltiples colusiones, los carteles para subir precios, la contaminación de territorios y mares, todos efectos de similares estrategias comerciales.

 

Valga aquí también como parte del negocio la salud de los consumidores. Un proceso de acumulación de capital que está apoyado sobre la acumulación de problemas en la salud de una población alienada por la publicidad y enferma por el consumo. Desde el control de los hábitos de alimentación por las grandes corporaciones, la salud de la población se ha deteriorado con aumentos dramáticos de la obesidad infantil, hipertensión arterial y diabetes, entre otros males. La ganancia empresarial se obtiene a través de la entrega al consumidor de productos adictivos, con altos índices de sodio , azúcar y calorías, además de todo tipo de dañinos conservantes y colorantes.

 

La ley de etiquetado de alimentos, vigente desde hace unos meses a pesar de largos años de tramitación, presiones y lobby de estas empresas, ha sido un primer logro de la sociedad civil pese a los escurridizos y poco confiables representantes políticos, que sorprendentemente votaron un proyecto a favor de la ciudadanía. Una ley de etiquetado que no prohíbe, sino que alerta al consumidor sobre los riesgos que implica ingerir este tipo de alimentos procesados.

 

Hace algunas semanas estas empresas, concertadas en AB Chile, oscuro gremio que preside un ex funcionario de Sebastián Piñera, el ex ministro UDI y actual lobbista Rodrigo Alvarez, lanzaron el spot de marras para boicotear la ley de etiquetados. Una campaña a la que invitaron a rostros de la televisión, seguramente tras una persuasión millonaria, para confundir a una población escasamente educada en su opción por la salud. En esa maniobra los canales de televisión, parte del mismo negocio a través de la publicidad, han sido cómplices al emitir una campaña que atenta contra la ciudadanía. Esos mismos canales, que hace apenas un mes gimoteaban con la teletón, no tienen ningún pudor en boicotear una campaña contra la salud ciudadana.

 

La condescendencia de la TV privada y falsamente pública e independiente, como lo es TVN, al aceptar sin ningún cuestionamiento un boicot a una campaña de salud los confirma, una vez más, en piezas de la misma maquinaria. Un aparato comercial y también ideológico, en el cual la lógica del mercado y de los negocios está por encima de cualquier otro posible interés.

 

Este evidente sesgo quedó doblemente al descubierto cuando estos mismos canales rechazaron una campaña de El Ciudadano para celebrar la edición 200 de su formato impreso en la cual se llamaba a la recuperación de los recursos naturales, hoy todos entregados al gran capital, comenzando por los marinos a manos de un puñado de empresas depredadoras. Tras una primera aprobación de este spot por parte de los departamentos comerciales, fue rechazado por quienes toman las decisiones editoriales. Una muestra más de la gran trenza de poderes ocultos que controla nuestras vidas.

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